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En La chica de antes, una misteriosa casa se convierte en prisión que desnuda los resortes de los actos y las ilusiones humanas

Gugu Mbatha-Raw y David Oyelowo en La chica de antes (HBO Max).
Gugu Mbatha-Raw y David Oyelowo en La chica de antes (HBO Max).

La chica de antes (The Girl Before / Reino Unido/Estados Unidos, 2021). Dirección: Lisa Brühlmann. Guion: J.P.Delaney, Marissa Lestrade. Fotografía: Eben Bolter. Elenco: Gugu Mbatha-Raw, Jessica Plummer, David Oyelowo, Ben Hardy, Rakhee Thakrar, Amanda Drew, Mark Stanley. Disponible en: HBO Max. Nuestra opinión: buena.

La literatura de aeropuerto se ha convertido en una commodity imprescindible para la demanda actual de producciones en plataformas. Historias entretenidas con una intriga bien construida que se despliega en efectivas vueltas de tuerca. J. P. Delaney, seudónimo del prolífico escritor Tony Strong, es una de las marcas registradas de esa narrativa, quien ahora incursiona como guionista y cocreador de la serie que desembarcó en estos días en HBO Max: La chica de antes. Basada en la primera de sus novelas y producida por la BBC One, la miniserie de solo cuatro episodios sigue bastante de cerca el argumento literario. En el presente, Jane Cavendish (Gugu Mbatha-Raw) alquila una enorme casa inteligente construida por un misterioso arquitecto que impone reglas estrictas para sus inquilinos: en sintonía con el diseño minimalista deben traerse pocas pertenencias, cumplir a rajatabla el régimen de admisión, no poseer hijos ni libros ni mascotas, contestar extensos cuestionarios sobre gustos y preferencias para ver activados los servicios esenciales como agua y calefacción. Ese exceso de regulación tiene el beneficio de un módico alquiler en el centro de Londres.

Jane acepta el desafío porque necesita un cambio en su vida: acaba de perder a su pequeña hija y la casa del N° 1 de Folgate Street le ofrece una oportunidad inmejorable. Sin embargo, allí donde no parece haber pasado sino solo paredes despojadas y objetos sin usar, surgen los indicios de una presencia anterior. La miniserie enlaza dos tiempos y siembra las primeras intrigas: mientras Jane recorre la casa vemos a una pareja aspirar al mismo alquiler tres años antes. Emma y Simon (Jessica Plummer y Ben Hardy) también salen de un trauma, también anhelan una vida nueva. En la encrucijada de los tiempos los indicios de “la chica de antes” obsesionan gradualmente a Jane: ¿Quién era? ¿Qué paso con ella? ¿Es la casa la que vampiriza a sus habitantes o es su misterioso creador, el arquitecto estrella Edward Monkford (David Oyelowo)?

Como ocurre en casi todas estas narrativas la clave siempre está en la construcción: despertar el interés sin revelar demasiado. Al fin y al cabo las resoluciones pueden parecer previsibles en algún lugar de nuestra cabeza pero nos mantuvieron alertas y entretenidos a lo largo de todo el camino. Aquí Jane oficia de hilo conductor: atraída por la casa y su maestro de ceremonias y afectada por su reciente pérdida, sigue los pasos de Emma como los de un fantasma, y en esa búsqueda los detalles son siempre importantes. Jane y Emma tienen una fisonomía similar, el pelo castaño y enrulado al estilo afro, la tez morena, pero también las une la íntima relación que comparten con Edward. Y alrededor de la elusiva figura del arquitecto se construye la más clara amenaza: un hombre manipulador, cuyo entorno protege sus demandas, cuyo control se hace implacable. En su pasado también se aloja un secreto: la misteriosa muerte de su esposa y su pequeño hijo cuyos cuerpos descansan en los cimientos de Folgate Street.

Jessica Plummer y Ben Hardy en La chica de antes (HBO Max).
Jessica Plummer y Ben Hardy en La chica de antes (HBO Max).


Jessica Plummer y Ben Hardy en La chica de antes (HBO Max).

La puesta en escena de la miniserie recuerda la estética fría y ominosa de The Girlfriend Experience –la serie, no la película de Soderbergh-, sobre todo en la paleta de colores fríos, el desplazamiento de los cuerpos hacia el límite del encuadre y la tensión permanente que ofrecen esos espacios inhumanos. La directora Lisa Brühlmann, quien dirigió algunos episodios de Killing Eve y Servant, aquí ensaya en el interior de la casa un ambiente deslumbrante pero inanimado, cuyo ejemplo perfecto es un arbolito desnudo atrapado tras el vidrio de un jardín de invierno. Como ocurría con los entornos corporativos que deshumanizaban los sentimientos en The Girlfriend Experience –sobre todo en la dirección de Lodge Kerrigan-, aquí Folgate Street se revela como una sala quirúrgica para la disección de los deseos de sus habitantes, desplegada en una serie de cuestionarios, en la arbitraria administración de sus luces y melodías, en la ambigua experiencia de ser dueño y prisionero.

La chica de antes no se aleja demasiado de los resortes del misterio pero sí logra explorar el sustrato oculto en la experiencia de sus personajes. Tanto para Jane como para Emma la culpa que originó en ellas el trauma que las llevó a querer una nueva vida las ata a esa prisión y también a su carcelero. Permanecer en Folgate Street implica descifrar el propio enigma que las atormenta: ¿Podrían haber hecho algo distinto? La tentación de despistar al espectador hacia el final obliga a algunos efectismos, pero en el enlace de ambos relatos, sus intersecciones y coincidencias, hay una lectura interesante de los actos y las ilusiones humanas, la escapada a un mundo nuevo que resulta poblado de viejos escombros.