Dirigir a los Beatles fue parte de su larga y sinuosa carrera

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HUDSON, Nueva York — Claro que quería hablar con Michael Lindsay-Hogg sobre los Beatles. Todo el mundo quiere hablar con él de los Beatles, sobre todo por el papel protagonista que tuvo en “The Beatles: Get Back”, el documental épico de Peter Jackson que se estrenó el otoño pasado en Disney+.

En enero de 1969, Lindsay-Hogg era el joven y temerario director de cine que intentaba cautivar y persuadir a John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr a pesar de sus compromisos contrapuestos mientras creaban canciones nuevas y daban su último concierto en una azotea de Londres. Poco después de eso, empezó a dar forma a sus casi 60 horas de filmación en el documental “Let It Be”, una película que no ha estado disponible en gran parte desde su estreno en cines en 1970.

El material que filmó Lindsay-Hogg, así como las más de cien horas de audio que grabó con su equipo, algunas de ellas con micrófonos ocultos, cobraron vida de nuevo cuando Jackson lo limpió y lo volvió a editar para su serie de casi ocho horas. McCartney y Starr, junto con la mayoría de los críticos, aclamaron “The Beatles: Get Back” como un correctivo optimista a la versión más sombría de Lindsay-Hogg.

Entonces, ¿le gustaría hablar de su época con los Beatles?

“Fue una pequeña parte de una larga carrera”, aseguró en la sala de su casa de tres habitaciones de la época de la Guerra Civil en Hudson, Nueva York.

Tenía algo de razón. En el llamado Swinging London, término general que se aplica a la escena de la moda y la cultura que floreció en Londres en la década de 1960, Lindsay-Hogg se hizo de un nombre como el creador del video musical, dirigiendo películas promocionales, como se llamaban entonces, para The Beatles, The Rolling Stones y The Who cuando todavía faltaba una década y media para que existiera MTV. A principios de la década de 1980, volvió a ser pionero, como codirector de “Retorno a Brideshead”, una adaptación de once horas de la novela de Evelyn Waugh, precursora de dramas televisivos prestigiosos como “Los Soprano”. También es director de escena, pintor y autor nominado al premio Tony. Ah, y Orson Welles podría ser su padre biológico.

Casi son demasiadas cosas que relatar. Con razón hizo una petición, emitida con voz inexpresiva: “Por favor, que todo el artículo se trate de mi trabajo como pintor”. Pero, al final, en el transcurso de tres entrevistas, llegamos al tema de John, Paul, George y Ringo.

El tercer hombre

Lindsay-Hogg, de 82 años, vive con su esposa, Lisa Ticknor Lindsay-Hogg, exmodelo de pasarela y agente de castin, en una casa estrecha de color crema en este pueblo junto al río enclavado en colinas verdes y exuberantes. Las habitaciones dan la sensación de estar habitadas, con montones de libros que se elevan sobre las mesas y paredes cubiertas de pinturas, muchas rescatadas de mercados de segunda mano, y fotografías de su carrera ecléctica.

“Yo soy el maximalista”, comentó. “Lisa es la organizadora”.

Entre la decoración hay carteles de proyectos pasados, como “Agnes of God”, una obra de Broadway que dirigió en 1982 y por la que Amanda Plummer ganó un Tony, o “Objeto de seducción”, una película de 1991 que Lindsay-Hogg escribió y dirigió, con las actuaciones protagónicas de John Malkovich y Andie MacDowell. Una escultura de cabeza de conejo descansa sobre un aparador. La consiguió en Harare, Zimbabue, cuando rodó “Graceland: The African Concert” de Paul Simon en 1987.

Tres gatos le sirven de entretenimiento diario. “Es una estrella de cine en potencia”, cuenta Lindsay-Hogg cuando una gata negra llamada L’il Mew me roza la pierna.

Aunque nació en Manhattan y se educó en Choate, la escuela preparatoria de Connecticut, Lindsay-Hogg pasó seis años de su infancia en Hollywood, mezclándose con William Randolph Hearst, Olivia de Havilland y Humphrey Bogart.

Su madre era la actriz Geraldine Fitzgerald, que actuó junto a Laurence Olivier en “Cumbres borrascosas”, de William Wyler, en 1939. Su padre —según su acta de nacimiento— era Sir Edward Lindsay-Hogg, baronet de Rotherfield Hall en East Sussex, Inglaterra. El joven Lindsay-Hogg heredó el título tras la muerte del padre en 1999.

“Técnicamente, podría ser un ‘Sir’, pero a diferencia de Mick y Elton, no me lo he ganado”, explicó Lindsay-Hogg, refiriéndose a sus amigos Mick Jagger y Elton John.

La cuestión de la paternidad lo ha acechado durante mucho tiempo. Su madre, nacida en Irlanda, debutó en los escenarios estadounidenses junto a Orson Welles en una versión nueva de “Heartbreak House” (1938), de George Bernard Shaw. La producción fue dirigida por Welles en el Mercury Theater, el teatro de repertorio de Nueva York que él había cofundado. Cuando Lindsay-Hogg era adolescente, su madre le contó los rumores de que Welles, mejor conocido por su clásico cinematográfico de 1941 “Ciudadano Kane”, era su padre biológico.

Décadas más tarde, su madre, que entonces padecía de Alzheimer, confirmó de manera enigmática que Welles era su padre, y luego pareció contradecirse. Lindsay-Hogg obtuvo una respuesta cuando habló con Gloria Vanderbilt, una amiga de su madre con la que había salido en la década de 1980, mientras trabajaba en su libro de memorias “Luck and Circumstance” (2011).

“Gloria me dijo: ‘No sé si decirte, porque le prometí a tu madre que no lo haría, pero ya está muerta. Geraldine me dijo que Orson era tu padre’”, recordó. Hizo una pausa. “Ya lo superé”, afirmó. “No importa quién haya estado en su cama esa noche”.

‘La séptima carrera’

Lindsay-Hogg no ha abandonado del todo el mundo del espectáculo. En los últimos años ha dirigido varios episodios de la serie web de comedia “Tinsel’s Town”, sobre una estrella de YouTube en Hollywood, y está escribiendo el guion de una película que espera dirigir, ambientada en Nevada en 1946.

En la pared junto a la escalera había dos retratos en blanco y negro de Jagger cuando tenía 20 años, ambos fotogramas del programa británico de música pop de la década de 1960 “Ready Steady Go!”, donde Lindsay-Hogg inició su carrera como director a los 24 años, años después de desertar de Oxford. En el tercer episodio que dirigió, los Rolling Stones interpretaron “Play With Fire”, y Jagger causó una gran impresión de inmediato.

En 1968, en la época del lanzamiento del álbum de los Rolling Stones “Beggars Banquet”, Jagger le pidió que dirigiera una película de un concierto para televisión. Semanas más tarde, Lindsay-Hogg llamó a Jagger y le dijo, como él mismo recuerda: “Solo voy a decirte estas palabras: ‘El circo de Rock and Roll de los Rolling Stones’. Y lo entendió. Simplemente sonaba bien”.

La producción, filmada durante un agotador rodaje de un día en un plató londinense, incluía actuaciones de The Who, Jethro Tull y un supergrupo llamado Dirty Mac en el que participaban John Lennon, Eric Clapton y Yoko Ono. The Rolling Stones cerró el espectáculo. Ahora considerada un clásico, la película se archivó hasta 1996, cuando se estrenó en el Festival de Cine de Nueva York.

“A fines de enero de 1969, mientras filmaba ‘Let It Be’, le mostré un borrador a Mick, Keith y Allen Klein”, relató, refiriéndose al guitarrista Keith Richards y al mánayer del grupo en ese momento. “Cuando terminó, pensaron que la actuación de The Who estuvo genial, pero no pensaron que los Stones fueran tan buenos. Keith dijo: ‘Si se llamara “El circo de Rock and Roll de The Who”, no me importaría’”.

La aparición de Lennon fue una pequeña sorpresa. Lindsay-Hogg había estado trabajando con los Beatles desde 1966, cuando dirigió películas promocionales para las canciones “Paperback Writer” y “Rain”. Dos años más tarde, dirigió los videos de las canciones “Revolution” y “Hey, Jude”.

Complicaciones en la grabación de ‘Let it Be’

A finales de 1968, McCartney le pidió que dirigiera un especial de televisión destinado a acompañar el álbum que la banda estaba a punto de grabar. Lindsay-Hogg estaba entusiasmado, pero sabía por experiencia que “cuatro Beatles serían cuatro opiniones”.

“Darles una idea era como poner un trozo de carne en la jaula de un animal”, comentó. “Uno de ellos lo agarraba, lo olía y se lo lanzaba al siguiente para que le diera un mordisco”.

Después de diez días de rodaje, quedó claro que la producción que había imaginado —un concierto en un lugar estéticamente cinematográfico, con la propuesta de Lindsay-Hogg de hacerlo en un anfiteatro de Libia, así como un programa aparte que documentara los ensayos para que sirviera como una suerte de avance— no iba a realizarse. Al final, hizo lo que pudo para salvar parte de la idea original, y llevó a los Beatles a la azotea del edificio de Savile Row que albergaba a Apple Corps, la compañía de medios del grupo. Allí tocaron un glorioso concierto a la hora del almuerzo mientras los transeúntes miraban con curiosidad desde las aceras de abajo.

A partir de las decenas de horas que no se incluyeron en “Let It Be”, Jackson convirtió a Lindsay-Hogg en un personaje importante en “The Beatles: Get Back”; sus esfuerzos por mantener el ímpetu contra todo pronóstico proporcionaron a la serie de tres partes una línea narrativa. Sin embargo, cuando la serie empezó a transmitirse, Lindsay-Hogg se encontró en una posición vulnerable: el hombre acostumbrado a un papel detrás de las cámaras ahora estaba bajo los reflectores.

Los Beatles se saltaron el estreno, y “Let It Be” nunca ha sido editada en DVD o ha formado parte de plataformas de transmisión en continuo. La mayoría de los admiradores la conocen por las cintas de video desgastadas, y su reputación se ha visto afectada por los comentarios de Starr y McCartney. “No había alegría en el proyecto”, dijo el año pasado el baterista de los Beatles en “The Late Show With Stephen Colbert”.

Lindsay-Hogg no está de acuerdo con esa valoración.

“Hay momentos de gran dulzura”, aseguró. “No importa dónde pongas la cámara, no importa cómo lo edites, se querían. Cualquiera que vuelva a ver ‘Let It Be’ se dará cuenta”.

Lindsay-Hogg cree que el tono que alcanzó no está realmente tan lejos del de

“The Beatles: Get Back”, que le pareció “estupenda”. El relato de Jackson, añadió, tenía la ventaja de ser cinco veces más largo, con imágenes y sonido mejorados por la tecnología del siglo XXI. Lindsay-Hogg lo comparó de esta manera: “Jackson tenía un lienzo que cabía en un cuadro de Rubens, y yo tenía un lienzo que cabía en un pequeño cuadro de David Hockney”.

El 20 de julio de 1969, el día en que Neil Armstrong pisó la Luna, los cuatro Beatles y algunos miembros de su familia asistieron a una proyección privada de una primera edición de “Let It Be” en la plaza Hanover. Parecían encantados, dice Lindsay-Hogg. Después, él y su novia de entonces, la actriz británica Jean Marsh, fueron a cenar tarde a Provans, un restaurante del barrio londinense de Fulham, con Paul y Linda McCartney, Lennon y Ono, y el ejecutivo de Apple, Peter Brown.

“Fue una comida amistosa”, recordó. “Tomamos un par de botellas de vino y sobre todo hablamos de nuestras diferentes infancias. Estaban contentos por todo, en efecto, de lo contrario no habrían organizado la cena”.

“Eran hombres adultos, no los Fab Four de principios de la década de 1960”, añadió. “Y les parecía bien que se les mostrara navegando relaciones que eran antiguas pero cambiantes”.

En su opinión, la película fue víctima de un mal momento. Cuando se estrenó en mayo de 1970, los Beatles se habían separado. Los admiradores, traumatizados, la vieron como “una película de ruptura: ‘¡El divorcio de mamá y papá!’”, opinó.

Apple ha dicho en el pasado que tenía planes de reeditar “Let It Be” en algún momento, y Lindsay-Hogg cree que merece nuevos ojos; pero no se detiene en su época con los Beatles, ni en el pasado en general, señaló.

“Tengo muy buena memoria”, dijo. “Puede que sea porque nunca tomé todas esas drogas. Pero soy muy poco nostálgico. Para mí, la nostalgia es como el vermú que no pongo en mi martini”.

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