¿Ejercicio o dieta? Lo que nos dice un estudio sobre el aumento de peso en los niños de la Amazonía

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Un joven shuar llena de agua un guaje en el río. (Samuel S. Urlacher vía The New York Times)
Un joven shuar llena de agua un guaje en el río. (Samuel S. Urlacher vía The New York Times)

Según un nuevo y fascinante estudio sobre niños en Ecuador, cuando los niños aumentan de peso, es más probable que la causa sea comer demasiado y no tanto la falta de actividad. El estudio comparó los estilos de vida, las dietas y la composición corporal de los niños amazónicos que viven en comunidades rurales que se alimentan de la recolección con los de otros niños indígenas que viven en ciudades cercanas, y los resultados inciden en las crecientes tasas de obesidad tanto en infantes como en adultos en todo el mundo.

El estudio a profundidad descubrió que los niños de las zonas rurales que corren, juegan y recolectan alimento durante horas, son más delgados y activos que sus pares urbanos. Pero no queman más calorías en el día a día, un hallazgo sorprendente que relaciona las dietas modernizadas de los niños urbanos con su aumento de peso. Los resultados también plantean incógnitas sobre la interacción entre la actividad física y el metabolismo y por qué el ejercicio ayuda tan poco a perder peso, no solo en los infantes sino también en el resto de nosotros.

El tema de la obesidad infantil es de gran interés a nivel mundial, ya que su incidencia sigue aumentando, incluso en comunidades en las que antes era poco común. Los investigadores señalan el aumento de la inactividad en la infancia y las dietas de comida chatarra como las causas del aumento de peso entre los jóvenes. Sin embargo, no se sabe cuál de estos problemas es más importante, si la inactividad o la sobrealimentación, y esto es importante, como señalan los investigadores de la obesidad, porque no podemos responder de manera eficaz a una crisis sanitaria si no conocemos sus causas.

Esta interrogante atrajo el interés de Sam Urlacher, profesor adjunto de Antropología de la Universidad de Baylor, en Waco, Texas, quien desde hace algún tiempo estudia al pueblo shuar. Esta población indígena de la Amazonía ecuatoriana se dedica sobre todo a la recolección, la caza, la pesca y la agricultura de subsistencia. Sus jornadas son duras y demandantes físicamente, su dieta es abundante en plátanos, plátanos machos y almidones similares y su cuerpo es delgado. Los shuar, en especial los niños, rara vez tienen sobrepeso. Tampoco suelen estar desnutridos.

No obstante, Urlacher se preguntó: ¿su complexión delgada se debe sobre todo a su vida activa? Como estudiante de posgrado, había trabajado con Herman Pontzer, profesor adjunto de Antropología Evolutiva de la Universidad de Duke, cuyas investigaciones se centran en cómo la evolución puede haber moldeado nuestros metabolismos y viceversa.

Una joven carga los alimentos cosechados como parte de la tradición de caza y recolección de la etnia shuar de la Amazonía ecuatoriana. (Samuel S. Urlacher vía The New York Times)
Una joven carga los alimentos cosechados como parte de la tradición de caza y recolección de la etnia shuar de la Amazonía ecuatoriana. (Samuel S. Urlacher vía The New York Times)

En la investigación pionera de Pontzer con los hadzas, una tribu de cazadores y recolectores de Tanzania, descubrió que, aunque los miembros de la tribu se movían con frecuencia durante el día, para cazar, cavar, transportar y cocinar, quemaban aproximadamente el mismo número de calorías totales al día que los occidentales, mucho más sedentarios.

Pontzer concluyó que, durante la evolución, los humanos debemos haber desarrollado una capacidad innata e inconsciente para reasignar el uso de energía de nuestro cuerpo. Si quemamos muchas calorías con, por ejemplo, la actividad física, entonces quemamos menos con algún otro sistema biológico, como la reproducción o las respuestas inmunitarias. El resultado es que nuestro gasto energético diario promedio se mantiene dentro de una franja limitada de calorías totales, útil para evitar la inanición entre los cazadores-recolectores activos, pero desalentadora para aquellos de nosotros en el mundo moderno que descubrimos que más ejercicio no equivale a mucha pérdida de peso, de haberla (el nuevo libro de Pontzer sobre este tema, “Burn”, se publicará el 2 de marzo).

El trabajo de Pontzer se centra sobre todo en los adultos de la etnia hadza, pero Urlacher se preguntó si podrían existir compensaciones metabólicas similares en los niños, incluso entre los shuar tradicionales. Así que, para un estudio de 2019, midió con precisión el gasto energético de algunos de los jóvenes shuar y comparó el número total de calorías que quemaban con los datos existentes sobre las calorías diarias que queman niños relativamente sedentarios (y con mucho más peso) en Estados Unidos y Reino Unido. Y los totales coincidían. Aunque los jóvenes shuar eran mucho más activos, no quemaban más calorías en general.

Sin embargo, Urlacher estaba consciente de que los jóvenes shuar se diferencian de la mayoría de los niños occidentales en tantos aspectos, incluido el genético, que interpretar los resultados de ese estudio era un desafío. También sabía que había un grupo más equiparable de niños ubicados a un largo viaje en canoa, pertenecientes a las familias shuar que se habían trasladado a una ciudad comercial cercana. Sus hijos iban a la escuela con regularidad y comían alimentos comprados, pero seguían siendo shuar.

Así que, para el estudio más reciente, publicado en enero en The Journal of Nutrition, sus colegas y él consiguieron el permiso de las familias de esta etnia, tanto rurales como relativamente urbanas, para medir con exactitud la composición corporal y el gasto energético de 77 de sus hijos de entre 4 y 12 años, mientras daban seguimiento a sus actividades con acelerómetros y recopilaban datos sobre lo que comían.

Los niños shuar urbanos resultaron tener un peso mayor que sus pares rurales. Alrededor de un tercio de ellos tenía sobrepeso, según los criterios de la Organización Mundial de la Salud. Eso no se vio en los niños de las zonas rurales. En general, los niños urbanos también eran más sedentarios. Sin embargo, todos los niños (rurales o urbanos, activos o inactivos) quemaban más o menos la misma cantidad de calorías diarias.

Lo que más difería era su dieta. Los niños de la ciudad comercial comían mucha más carne y productos lácteos que los niños rurales, además de consumir almidones nuevos para ellos, por ejemplo el arroz blanco, así como alimentos muy procesados, como los dulces. En general, comían más y de manera más moderna que los niños del campo, y fue esta dieta, concluyen Urlacher y sus colegas, la que más contribuyó a que tuvieran un mayor peso.

This article originally appeared in The New York Times.

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