El drama de los niños en Ucrania; peor que la guerra es quitarles sus figuras de apego

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Finales de febrero del 2022, Vladímir Putin invade Ucrania. Como en todas las guerras la población civil es la más perjudicada. En medio de la perplejidad y las emociones intensas por el impacto de la noticia, aparecieron en los programas informativos de la televisión europea, escenas de padres que entregaban a sus hijos a desconocidos para que los sacaran del país, con el propósito de “protegerlos del conflicto” mientras se quedaban defendiendo a Ucrania.

La mayoría de los periodistas que presentaban estas noticias y que entrevistaban a sus protagonistas, así como la audiencia que las comentaba en redes, romantizaron estas iniciativas de entrega de menores valorándolas como gestos heroicos por parte de sus padres.

Frente a este escenario, lo primero que se vino a mi cabeza fueron las mafias de trata de personas, de explotación y abuso sexual de menores, de tráfico de órganos y tantas otras agrupaciones delictivas o individuos con ruines propósitos, que desde ese momento ya estarían pescando en río revuelto. Veía con mucha preocupación cómo el conjunto de los testigos no era capaz de detectar el riesgo, y se ofendía cuando les hablaba desde el punto de vista de los menores explicando el escenario al que los exponíamos con tales decisiones.

Además de calificarlas como decisiones “valientes y altruistas”, las personas argüían que en el marco de una emergencia se hace lo que se puede y que nadie tiene el derecho de juzgar a estos padres, mucho menos cuando se desconocen sus apremios y condiciones reales. Estos y otros argumentos se centraron en validar la posición de los adultos sin tomar en cuenta el punto de vista de los menores.

Voluntarios se encargan de asistir e niños ucranianos que llegaron a un centro de refugiados en Málaga, España. Abril 20, 2022. REUTERS/Jon Nazca
Voluntarios se encargan de asistir e niños ucranianos que llegaron a un centro de refugiados en Málaga, España. Abril 20, 2022. REUTERS/Jon Nazca

Otro comportamiento que me inquietó bastante por parte de los medios de comunicación así como de algunas personas y organizaciones que realizan voluntariados en estos contextos de catástrofes sociales, ha sido el uso y tratamiento de la información que publican aportando fotografías, videos y datos con detalles sobre lugares, condiciones o situación de familias, mujeres y menores, exponiéndoles a una mayor vulnerabilidad frente a cualquier organización delictiva o individuo con intenciones de aprovecharse.

Al margen de posturas patrióticas o políticas, siempre intentando poner a los niños y niñas en el centro de las consideraciones y decisiones como las víctimas más vulnerables, dependientes y urgidas de nuestra protección, cabría preguntarnos: ¿Qué hace que una persona en situación extrema entregue su vida para salvar a la patria antes que entregarla para salvar a sus hijos e hijas?, ¿por qué el conjunto de testigos romantiza o valora como heroicos estos actos?, ¿por qué nos cuesta mantener los intereses de los menores en el centro de nuestras consideraciones y decisiones?, ¿qué tienen que ver estas acciones y decisiones con las propias vivencias infantiles?

Entregar la vida para salvar a la patria antes que para salvar a nuestros hijos

Podemos decir sin miedo a exagerar que todos los adultos, unos más que otros, venimos de infancias mucho más lastimadas de lo que podemos recordar. Infancias cuyas vivencias nunca fueron percibidas por nuestras figuras de referencia, por tanto tampoco fueron validadas, acompañadas ni nombradas. Infancias donde en lo cotidiano vivimos un montón de entregas por parte de mamá o papá quienes desde sus propias historias infantiles lastimadas no lograron conectarse con nosotros ni sincronizarse con nuestra esencia, sentires, necesidades infantiles. Por tanto, nos dejaron muchas veces solos, con miedo, llorando en la cuna o en la escuela para que nos adaptáramos y poder descansar, poder irse a trabajar o dedicarse a atender las prioridades impuestas por la sociedad adultocentrista.

Algunos niños fueron evacuados de la frontera en Zhytomyr en la región de Kryvyi Rih, donde se quedaron en el Vilshany Orphanage for children para niños con discapacidades, April 15, 2022. REUTERS/Serhii Hudak
Algunos niños fueron evacuados de la frontera en Zhytomyr en la región de Kryvyi Rih, donde se quedaron en el Vilshany Orphanage for children para niños con discapacidades, April 15, 2022. REUTERS/Serhii Hudak

Una frase que explica descarnadamente esta entrega cotidiana, la escribió cierta vez el pediatra y autor Carlos González,: si no se atreve a dejarle a esa persona las llaves de su casa, las llaves de su coche o su tarjeta de crédito, ¿cómo se atreve a dejarle a su hijo?" Y es que separar a un menor de sus padres, de su entorno afectivo, de sus figuras de apego, no es un tema menor. La verdad es que no solamente desconocemos las reales necesidades de los niños y niñas sino que las descartamos diariamente tanto en situaciones de normalidad así como en situaciones de emergencia extrema. Lamentablemente en los contextos de conflicto la separación de menores de sus familias es muy frecuente.

Menores desplazados no acompañados

La abogada Marta Busquets Gallego, catalana especialista en Derechos Humanos, comentó en entrevista para mi cuenta de Instagram, que a pesar de lo establecido por los tratados internacionales, desgraciadamente con demasiada frecuencia, los menores se ven separados de sus familias, “algo que resulta absolutamente tremendo”. Para aportar datos se refirió a un proyecto de la Unión Europea donde tuvo la oportunidad de participar, en el que investigaciones sobre el conflicto de Siria arrojaron evidencias de miles de niños desaparecidos durante el trasiego desde su país hasta Europa.

Busquets manifestó el miedo que le causaban las iniciativas espontáneas entre personas que, con las mejores intenciones, pretenden responder a una emergencia sin valorar los riesgos que estas “ayudas” pueden entrañar para los menores. Habló de su preocupación ante las convocatorias para buscar personas dispuestas a acoger en Europa a menores no acompañados de Ucrania, refiriéndose al ejemplo de un grupo whatsapp de más de 900 integrantes sin protocolos de seguridad, filtros, fiscalización, investigación o seguimiento de los posibles voluntarios que allí se encontraban.

“Sabemos que son una minoría pero también sabemos que hay gente que es pedófila que se mete en estos lugares (iniciativas de voluntariados) porque buscan criaturas en situación vulnerable…”, explicó la abogada. Por muy buena intención que se tenga para ayudar a los menores en contextos de emergencia, no podemos vulnerar sus Derechos Humanos. Busquets señala que los Derechos Humanos no son un lujo a disfrutar en condiciones normales, “pensar que en situación de catástrofe pueden irse a la porra, es un error”. Nos invita a entender que justamente en estas condiciones es cuando más debemos hacerlos cumplir. Es muy peligroso usar la excusa de una emergencia para saltarnos los protocolos de protección.

La abogada catalana se refirió a fuentes como libros, reportajes y documentales sobre la segunda guerra mundial que aportan evidencias sobre la experiencia de menores en Europa separados de sus familias para ser enviados a otros países con familias de acogida y que recogen las declaraciones de algunos de estos menores en su etapa adulta quienes mirando en retrospectiva coinciden en que hubieran preferido quedarse con sus madres, en sus entornos afectivos. Para estas personas, lo más tremendo había sido la separación, y aseguran que hubieran preferido quedarse bajo los riesgos de la guerra con sus madres o sus figuras de apego, antes de haberse ido a otro país, donde fueron a parar con desconocidos que no los trataron bien.

En situaciones de peligro los niños y niñas por estrategia básica, biológica recurren a sus figuras de apego para sentirse a salvo, con lo cual sacarlos de su entorno afectivo puede suponer un trauma mayor que la misma guerra.

Tanto cuando el Estado le retira tutelas a las familias como en situación de desplazados dentro de contextos de emergencia humanitaria, es necesario preguntarse si el Estado o las familias de acogida se encuentran mejor preparados para proteger y compensar las necesidades de los menores en situación de riesgo. Sea el lugar de destino de las criaturas un centro de menores o sea una familia de acogida, ¿existe personal suficiente y bien capacitado para atender sus necesidades?, ¿las infraestructuras están en las condiciones idóneas?, ¿hay posibilidad de crear vínculos de apego seguro con las figuras sustitutas encargadas de cuidarlos?, ¿tienen estas personas la disposición emocional y las herramientas o recursos para acompañar el trauma que traen estos niños y niñas? “Si vamos a sacar a un menor de su contexto afectivo debemos asegurarnos de que les ofrecemos algo mejor”, resalta Marta Busquets.

Sin duda, separar a los menores de sus madres, padres o familiares para “salvarlos de la guerra” o de otras condiciones extremas no garantiza que les estemos haciendo un bien. Ni siquiera garantiza que comporte para ellos un mal menor. De allí que incluso en situaciones extremas, los tratados internacionales, leyes y protocolos de protección de menores priorizan la permanencia de niños, niñas y adolescentes con sus familias. Incluso en situaciones de emergencia humanitaria que implican evacuaciones rápidas, la premisa es centrarse en no separarlos.

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