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Mi esposo es dos años mayor que mi hijo

NUESTRA DIFERENCIA DE EDAD DE DIECINUEVE AÑOS RESULTA PELIGROSA Y PROVOCA CHISMES, Y TAMBIÉN ES LO MEJOR QUE ME HA PASADO.

Después de más de dos años de matrimonio, seguimos teniendo citas casi todas las noches. Esto irrita a mis amigos y familiares cuando ignoro sus llamadas mientras recorro la casa, encendiendo velas y preparando la cena. A eso de las siete de la tarde, mi marido y yo nos hundimos en los cojines del sofá, con los platos en la mano, para ver una película o escuchar música. Nada extravagante, solo comodidad y romanticismo.

Nuestros seres queridos nos han dicho: “Esperen a estar juntos siete años” o “Esto es solo la fase de luna de miel. Se van a hartar el uno del otro”.

Puede ser, pero hasta ahora parece que vamos en la dirección contraria.

Este es su primer matrimonio y mi tercero. Minutos antes de nuestra lluviosa boda en el juzgado, mi futura suegra dijo: “Él será tu último amor y tú serás su único amor”.

Si me hubieran preguntado hace cinco años si volvería a salir con alguien, habría dicho: “Ni en un millón de años”. Era una mujer de mediana edad en trámites de divorcio, que dormía en la sala hasta que mi entonces marido se mudó. Nuestra separación no fue precisamente amistosa, pero tampoco fue una guerra. Creo que los dos sabíamos que se había acabado.

Acordamos que podía llevarse casi todo, excepto algunos muebles: el sofá, la mesa de centro y el tapete de yoga. De todos modos, él había comprado casi todo, así que me pareció justo que se lo quedara. Cuando se fue, sentí que mi vida estaba libre de cargas y quería que siguiera así.

Trabajo como maquilladora autónoma en Portland, Oregón, pero el negocio no iba muy bien por aquel entonces, así que, para obtener ingresos adicionales acepté un trabajo de cajera en el supermercado Fred Meyer, donde conocí a Tylan.

Me pareció guapísimo con su pelo largo, sus penetrantes ojos azules y su ropa jipi. También trabajaba en las cajas registradoras, pero era un “PAC” (persona a cargo) que también tenía responsabilidades de gestión.

Cuando llegó la pandemia, mi trabajo de maquillaje paró por completo, y pasé a depender de mi trabajo de cajera en Fred Meyer, que, como negocio esencial, permaneció abierto incluso durante lo peor del COVID.

No fue fácil. El lugar estaba abarrotado y era estresante, en ocasiones hostil e incluso violento. De vez en cuando, sin embargo, un desconocido expresaba su gratitud, lo que era como comer una cucharadita de polvo de oro, que aumentaba al instante mi sensación de autoestima.

A veces, después de las horas de trabajo, los empleados comprábamos cerveza y nos quedábamos fuera, en la acera, bebiendo bajo una farola en penumbra. En nuestros días libres, un grupo organizaba un picnic en el parque que había al final de la calle. Mi contribución solía consistir en sidra y tortilla, otros traían dulces y whisky, y los amantes de la comida compraban algo caliente en la charcutería.

Tylan solía trabajar durante esas salidas, pero justo antes de su turno pasaba a saludar. Intercambiábamos miradas secretas y de vez en cuando nos rozábamos con la punta de los dedos. Era estimulante cuando me visitaba, pero también me daba miedo. Me sentía atraída por él. Pero yo tenía 46 años, un año menos que su propia madre, y él 27, dos más que mi hijo.

En la tienda, se mostraba ingenioso y coqueto siempre que yo estaba cerca, lo que me hacía sonrojar, y yo nunca me sonrojo. Si él trabajaba en una caja y yo embolsaba productos, me sonreía y le decía al cliente: “Esta es Cat, mi fabulosa embolsadora y ayudante”.

Él me introdujo al género emo-rock y yo le introduje al oscuro slow-core. Bebíamos hidromiel, probábamos nuevas recetas y hablábamos de música, objetivos profesionales y, a veces, de nuestras vidas amorosas. La mía era inexistente y me conformaba con eso, y él estaba soltero, esperando a la persona adecuada. A veces incluso intenté hacer de casamentera, pero nunca funcionó.

Una tarde, cuando estaba en casa de Tylan, me contó chistes que me hicieron reír tanto que puse mis piernas sobre su regazo. Me pareció natural desenvolverme a su alrededor. Recuerdo la luz de sus ojos cuando ocurrió aquello: tal vez fue sorpresa, tal vez fue placer, o tal vez una combinación de ambos.

Cuando solo éramos amigos y compañeros de trabajo, la diferencia de edad no era un gran problema. ¿Pero como compañeros sentimentales? Cuando empezamos a salir, estaba aterrorizada. Nuestra diferencia de edad de diecinueve años me parecía traicionera, el tipo de cosa sobre la que la gente chismea y calumnia. Me preocupaba que la gente pensara que era perturbador y me llamara asaltacunas. Los pocos que conocían nuestra relación me preguntaban a veces: “¿Cómo lo hicieron?”.

Yo me ponía a la defensiva al responder y sentía la necesidad de decir: “Simplemente ocurrió. Yo no le busqué, ¡él me buscó a mí!”.

Como coreana adoptada en Estados Unidos, nunca me he sentido en la corriente dominante y he adoptado una vida atípica, criando a mi hijo por mi cuenta y sin ceder a las presiones convencionales. Además, la pandemia había sacudido la vida de la gente de muchas maneras, por lo que las personas empezaron a evaluar su trabajo, sus matrimonios, su felicidad, o la falta de ella. Aun así, me costaba ver un futuro con Tylan porque nuestra diferencia de edad era un tabú demasiado fuerte para mí.

Sin embargo, él era implacable. Decía cosas como: “Es solo un número, Cat. Te amo, e incluso amo esas líneas alrededor de tus ojos”.

Antes no sabía que tenía patas de gallo, pero ahora sí, junto con una nueva serie de preguntas: ¿Estaría bien si no tuviéramos hijos? ¿Me seguiría queriendo cuando me salieran más patas de gallo?

Sabía que ese tipo de romance tenía complicaciones, pero no estaba segura de que Tylan las tuviera. Si seguíamos juntos, iba a verme envejecer, quizá tener problemas médicos relacionados con la edad y cualquier otra cosa. ¿Cambiaría entonces de opinión sobre mí? Había supuesto que la mediana edad era sinónimo de confianza y estabilidad, pero aquí estaba yo, sintiéndome pequeña e insegura.

También estaba la cuestión de conocer a sus amigos y a su familia. Tylan decía cosas como: “Te querrán porque yo te quiero”. Pero yo sabía que amarme sería más aceptable si tuviéramos una edad más cercana. Incluso diez años mayor es mucho más aceptable que diecinueve. No se oye hablar de parejas con tanta diferencia de edad, sobre todo cuando la pareja mayor es una mujer.

Durante el primer año, conseguimos mantener nuestra relación en secreto. Nos bañamos desnudos en el río a medianoche, nos besamos en un saco de terciopelo gigante y acampamos en una tienda hecha con sábanas. Y entonces ocurrió una noche: Tylan se arrodilló y me propuso matrimonio. Me quedé atónita y por un momento muda. No fue sino hasta que Tylan dijo “¿sí?” cuando asentí con la cabeza y balbuceé: “¡Sí!”.

Tylan me propuso matrimonio con un anillo de dulce. Yo también le regalé uno. Cada pocos meses, cambiábamos nuestros anillos de compromiso por otros nuevos de una tienda de baratijas, de una tienda de novedades y de una tienda de metafísica al final de la calle. A estas alturas, ya vivíamos juntos y los compañeros de trabajo empezaban a sospechar de nuestra relación. Sobre todo por nuestros dedos enjoyados.

Al final, se corrió la voz y sorprendió a todos nuestros conocidos. Yo ya se lo había dicho a mi hijo, que al principio se opuso. Cuando intentaba hablar con él, me decía: “No estoy preparado, mamá. Esto es demasiado raro para mí”.

Casi me sentía como si estuviera confesando un pecado y, sin embargo, incluso con todas las oscuras narrativas que me rondaban por la cabeza, también me sentía bien. Comprendía las reservas de mi hijo, así que le di tiempo. Pero no tardó mucho. En cuanto vio la alegría en mis ojos y oyó las risas nocturnas en el salón, se encariñó con Tylan. Creo que mi hijo nunca me había visto tan contenta y viva con otra persona.

El día de nuestra boda, me dijo: “Mamá, me alegro mucho por ti. Tylan es un buen tipo. Lo apruebo”. Oír su validación me llevó de vuelta a aquellas cucharaditas de polvo de oro, pero, esta vez, la cuchara era un cucharón de sopa.

Mi matrimonio está lejos de ser convencional, pero es perfecto para nosotros. Tylan saca lo mejor de mí, y me gusta pensar que yo hago lo mismo por él. Soy una mujer con una historia y experiencias que le entusiasman, y él es un hombre con nuevas perspectivas y sensibilidad que me enseña muchas cosas. Eso no es algo que se encuentre con facilidad en la misma franja de edad.

Sí, a veces me sigue preocupando lo que piense la gente. Pero si ven mis patas de gallo estos días, sabrán que sonrío mucho.

c.2024 The New York Times Company