Estrenos de cine: La crónica francesa es frenética, excesiva y rabiosamente personal

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La crónica francesa, de Wes Anderson
La crónica francesa, de Wes Anderson

La crónica francesa (The French Dispatch, Estados Unidos/2021). Dirección y guion: Wes Anderson. Fotografía: Robert Yeoman. Edición: Andrew Weisblum. Elenco: Frances McDormand, Benicio del Toro, Tilda Swinton, Adrien Brody, Léa Seydoux, Timothée Chalamet, Lyna Khoudri, Saoirse Ronan, Jeffrey Wright, Mathieu Amalric, Steve Park, Bill Murray, Owen Wilson, Elisabeth Moss, Willem Dafoe. Duración: 103 minutos. Calificación: apta para mayores de 13 años. Nuestra opinión: muy buena.

Con el paso de los años, Wes Anderson ha ido refinando más y más su estilo hasta llegar a un presente en el que su cine parece estar a “punto caramelo”: La crónica francesa es un depurado de sus virtudes más evidentes -puesta en escena prodigiosa, imaginación visual desbordante- y también una prueba más de su autoindulgencia: no es sencillo procesar la cantidad de información que circula en esta película abrumadora que rinde un particular homenaje -por lo excesivo y desmelenado- al periodismo de la época en la que todavía no había aparecido la condena del clickbait: pensemos en The New Yorker, The Atlantic, The Paris Review e incluso la edición original de la revista Rolling Stone.

The French Dispatch es el título original de este film ovacionado en la última edición de Cannes durante los ¡diez! minutos posteriores a su exhibición y también el de un suplemento especial de una revista imaginaria editada en la Francia de provincias entre las décadas del 50 y el 70. La película tiene la estructura de una edición especial que presenta un obituario, una guía de viajes centrada en París -la ciudad donde actualmente vive el director texano- y tres artículos sobre asuntos poco convencionales: el perfil de un psicópata que se convierte en el pintor más influyente del mundo sin salir de la prisión, la crónica de unas protestas estudiantiles contada en primera persona por una reportera veterana que tiene un amorío con un joven activista y el relato de la aventura de un chef asiático que colabora con un comisario en la búsqueda de su hijo secuestrado.

Si ya el dispositivo narrativo luce recargado con el despliegue minucioso de esas historias, las secuencias de animación, las constantes digresiones (un cúmulo incesante de lo que serían las notas al pie de un libro frondoso), los saltos del color al blanco y negro, los cambios en los formatos de pantalla y el gran caudal de voces en off que complementan una parafernalia visual asombrosa, la cantidad de detalles que suma Anderson en cada escena pretende un espectador cómplice y superdotado. El escenario de esta narración barroca es París, pero esta vez se llama Ennui, que en francés significa aburrimiento, y el personaje que encarna uno de sus actores fetiche, Bill Murray, está construido con retazos de grandes figuras del periodismo cultural norteamericano como William Shawn y H. L. Mencken, estandartes de una profesión en la que alguna vez fue importante saber quién fue Friedrich Nietzsche o alentar a John Fante para que desarrollara su carrera literaria.

La redacción francesa de la revista imaginaria que homenajea el film de Anderson
La redacción francesa de la revista imaginaria que homenajea el film de Anderson


La redacción francesa de la revista imaginaria que homenajea el film de Anderson

En lo estrictamente cinematográfico, el diálogo que el director de Los excéntricos Tenembaum y La vida acuática abre en esta oportunidad tiene interlocutores claros: Ernst Lubitsch y Jacques Tati, maestros de la comedia estilizada y súperelaborada.

Una mirada perezosa podría atribuirle un clima de frivolidad a la película, pero en realidad Anderson se planta como un artista obstinado en sus convicciones y reacio a cumplir con el canon: no hay aquí explicaciones superpuestas, intrigas sostenidas artificialmente ni golpes de efecto usados como combustible para las emociones, como abundan en las series.

La crónica francesa es la declaración de principios más radical hasta la fecha de un cineasta empeñado en sobrevivir en su propio mundo. Aun cuando es legítima la percepción de cierto regodeo en ese testarudo programa estético, lo que resuena en los 100 minutos de esta obra mágica y delirante es una voz única, por momentos difícil de seguir y sobre todo de emular.

Por si faltara algún condimento más, la banda sonora del film -que pertenece al francés Alexandre Desplat, ganador de un Oscar por la música El Gran Hotel Budapest- incluye un delicioso cover de “Aline”, hit del pop francés grabado en 1965 por Christophe que le permite a Jarvis Cocker (el carismático exlíder de Pulp) disfrazarse un ratito con el look elegante y sugestivo de Serge Gainsbourg.

En una entrevista que concedió en Francia a mediados de este año, Anderson dijo que durante la pandemia -que de hecho lo obligó a postergar el estreno de la película- dedicó buena parte de su tiempo a revisitar las filmografías de Alfred Hitchcock y Luis Buñuel. No caben dudas de que hay algo de la osadía, el humor cáustico y la voluntad de provocación de esos dos gigantes del cine que puede detectarse en su propia caligrafía. La discusión en torno a Wes Anderson ya debe exceder las pequeñas batallas para establecer si es bueno o malo. La categoría a la que ha ingresado es la de los fuera de serie.

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