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Estrenos de teatro. María e Isabel (una tragedia isabelina) muestra un juego político e histórico, contado con astucia y agudeza

María e Isabel, con Juan Carrasco, Nacho Vavassori, Lucas Avigliano y Tomás Daumas
María e Isabel, con Juan Carrasco, Nacho Vavassori, Lucas Avigliano y Tomás Daumas - Créditos: @Gentileza

Autor: Roberto Perinelli. Espacio escénico y dirección: Guillermo Ghio. Intérpretes: Nacho Vavassori, Juan Carrasco, Lucas Avigliano, Tomás Daumas. Vestuario: Pheonia Veloz. Banda sonora: Miguel Ruhr. Luces: Tamara Josefina Turczyn. Asistencia de dirección: Claudio Santibáñez. Sala: Teatro del Pueblo, Lavalle 3636. Funciones: domingos, a las 20. Duración: 60 minutos.

Entre 1800 y 1804 el autor alemán Friedrich Schiller concibió una saga de tragedias históricas. La primera de ellas es María Estuardo (le siguen La doncella de Orleans, La novia de Mesina y Guillermo Tell) en la que propone un encuentro entre María y su media hermana Isabel I a quien ésta mantenía recluida en un castillo en las afueras de Londres a causa de considerarla una mujer muy peligrosa que podría llegar a quitarle el trono de Inglaterra. Una sucesión de intrigas y malos manejos del poder habían obligado a María a dejar Escocia y esperaba que Isabel se compadeciera de ella y le posibilitara dejar de ser su prisionera. Siguiendo la opinión de los consejeros de Isabel, María Estuardo fue decapitada.

Roberto Perinelli retoma la historia de Schiller y recrea un juego delirante en el que sigue ciertos acontecimientos históricos pero su desafío mayor es encontrar la voz exacta en cada uno de esos personajes femeninos que aquí están interpretados por hombres . Y cuando nos referimos a la voz estamos haciendo hincapié a ese relato que cada una de ellas irá desandando para justificar sus acciones e intenciones ante la otra y así aportarle mayor vigor al encuentro que, en verdad, nunca sucedió. Schiller fantaseó con él y lo plasmó en una de sus obras emblemáticas. Perinelli lo retoma y lo lleva a un ámbito absurdista, desenfadado. Y aprovecha también para señalar algunas cuestiones políticas, indudablemente provocadas por la relación de estas mujeres y la construcción del posterior poderío inglés.

Tanto Vavassori como Carrasco aceptan que la ridiculez de sus construcciones formales no dan lugar a concebir una relación meramente farsesca; Avigliano y Daumas aportan una buena cuota de ritmo
Tanto Vavassori como Carrasco aceptan que la ridiculez de sus construcciones formales no dan lugar a concebir una relación meramente farsesca; Avigliano y Daumas aportan una buena cuota de ritmo - Créditos: @Gentileza

El encuentro entre María e Isabel I es seguido de cerca por dos campesinos que poco comprenden lo que acontece frente a sus ojos pero a quienes Isabel I, antes de retirarse de escena, les dejará un mensaje muy claro respecto de su futuro en tanto habitantes del reino.

Ataviadas con unos vestuarios extravagantes, diseñados por Pheonia Veloz , que no hacen más que ampliar el grado de desparpajo en el que se plantea el espectáculo Nacho Vavassori (María Estuardo) y Juan Carrasco (Isabel Tudor) comienzan resultando dos personajes escapados de un cómic pero, mientras van relacionándose, sus discursos van posicionándolos de otra manera. El director Guillermo Ghio los conduce por un camino que no resulta sencillo de sostener. Dos figuras deformadas en sus caracterizaciones que pueden ingresar en momentos de mucha tensión y allí no hay lugar para esbozar una mínima sonrisa. La crueldad de Isabel se impone a la debilidad de María quien juega ciertas cartas con alguna astucia. Pero más astutos resultan autor y director a la hora de concretar ese juego bizarro que en ningún momento escapa a resultar una muestra de teatro político muy contemporáneo.

Tanto Nacho Vavassori como Juan Carrasco logran componer a sus personajes aceptando que la ridiculez de sus construcciones formales (vestuario, maquillaje, pelucas) no dan lugar a concebir una relación meramente farsesca. Por el contrario, ellos exponen un compromiso interno que, en varias situaciones, es sumamente elocuente.

Resultan también creativos los pequeños juegos en los que se involucran Lucas Avigliano y Tomas Daumas, dos plebeyos por momentos irrespetuosos, que hasta con su música aportan una buena cuota de ritmo a la acción.

Con pocos, pero muy definitorios elementos, Guillermo Ghio construye un espacio escénico en el que da forma a una campiña inglesa en la que domina la síntesis y en la que los personajes se mueven con mucha soltura.