Guillermo del Toro y su 'Callejón de las Almas Perdidas', una película que se le va de las manos

Si hay un cineasta moderno en México que es considerado lo más parecido a un dios (o, para no exagerar, un tótem bueno), sin duda se trata de Guillermo del Toro, quien a lo largo de su carrera — que inició en el legendario programa 'Hora Marcada'— siempre ha tenido una fascinación persistente por lo macabro y los monstruos, por lo que no sorprende que, para crear su más reciente largometraje, se sienta atraído por el clásico del film-noir 'El Callejón de las Almas Perdidas', insistiendo caprichosamente en hacer un remake del filme de 1947 protagonizado por el trágico Tyrone Power.

Guillermo Del Toro y Kim Morgan en la premiere de 'El Callejón de las Almas Perdidas' en Nueva York. (Photo by Evan Agostini/Invision/AP)
Guillermo Del Toro y Kim Morgan en la premiere de 'El Callejón de las Almas Perdidas' en Nueva York. (Photo by Evan Agostini/Invision/AP)

Del Toro puede salirse con la suya siempre, porque es un artista muy influyente y el resultado es una película interesante, siniestra, atmosférica, con un elenco de grandes estrellas... que sin embargo, se siente menor al compararla con, por ejemplo, 'El laberinto del Fauno', que aún hoy es su obra maestra.

Basada una novela publicada en 1946 por William Lindsay Gresham, la cinta es una observación extremadamente sombría de la parte más oscura de la condición humana, ambientada en el mundo de las ferias y carnavales ambulantes. La película original, producida bajo el restrictivo Código Hays de Censura en Hollywood, solo sugiere y se refiere al sexo y la violencia que sustentan este mundo y las motivaciones de los personajes que lo habitan, pero no muestra nada y quizá eso es lo que hace que la cinta de Edmund Goulding funcionara tan bien: los horrores más inquietantes se creaban en la imaginación del espectador.

En la versión de Del Toro pasa lo contrario: todos los detalles sangrientos y escalofriantes y sensacionalistas y salaces (lo que le da mayor matiz a la narración) se muestran como fenómenos de feria, del tipo que al director fascinaban cuando era un niño en las ferias locales a las que acudía; para que el espectador los inspeccione con una mezcla de fascinación y repugnancia.

Esto no necesariamente hace que esta sea una mejor versión de la historia; más bien, lo que sucede aquí es que al sacarlo todo a la luz, le resta su capacidad de espantar (y permanecer con el público después de la proyección), ya que esta muestra casi rococó de fenómenos y gente fea por dentro (aunque no por fuera) acaba por eliminar la influencia de la imaginación de la audiencia y vuelve la experiencia algo espeluznante, sí, pero finalmente banal, aunque esto también recae en algunas de las interpretaciones.

Bradley Cooper (que en mi opinión personal es probablemente el tipo más sobrevalorado y con mejor agente en Hollywood) es el protagonista, Stanton Carlisle, un vagabundo en los Estados Unidos en la postguerra, con un pasado misterioso y sangriento, que tropieza con un carnaval ambulante y consigue un trabajo como feriante.

'Nightmare Alley' (Searchlight Pictures/Disney)
Bradley Cooper es Stanton Carlisle en 'Nightmare Alley' (Searchlight Pictures/Disney)

Observador, cínico y audaz, pronto se une a Zeena (la sublime Toni Collette que aquí podría haber sido aprovechada mejor, Ari Aster ya demostró lo que puede hacer en un filme de género con su impactante trabajo en 'Hereditary'), una médium de segunda que realiza un acto con su esposo alcohólico, Pete (el gran David Strathairn). Valiéndose de la vanidad y los instintos más básicos de Zeena y Pete, Stan se congracia con la pareja antes de estafarlos y huir tras robarles hábilmente el engañoso código verbal que han desarrollado para su acto, y de paso se lleva con él a una jovencita del personal, Molly (la insufrible Rooney Mara, lacia, inexpresiva y acartonada, yo no me explico cómo es posible que siga siendo llamada por directores importantes).

Código en la mano, Carlisle se abre camino para salir del submundo de las ferias y los fenómenos, para incursionar en los elegantes nightclubs en la mejor zona de la ciudad, donde presenta "su" acto psíquico y también se encuentra con su perdición: la formidable Cate Blanchett como la perversa, retorcida, sensual e irresistible psicoanalista Lilith Ritter (todo film-noir que se respete debe tener una femme fatale memorable como Gene Tierney en 'Laura' o Faye Dunaway en 'Chinatown'; aquí la Blanchett se convierte en la verdadera razón para ver la película, y es una lástima que la mayoría de sus escenas sean con el inepto de Cooper que no está a la altura).

'Nightmare Alley' (Searchlight Pictures/Disney)
Cate Blanchett como Lilith Ritter en 'Nightmare Alley' (Searchlight Pictures/Disney)

Este par de monstruos deleznables pero bonitos, al ver una oportunidad en el otro, llegan a una especie de trato. Ella le proporcionará a Carlisle los secretos más íntimos de su clientela adinerada, y éste usará sus "poderes espirituales" para "conectarlos" con sus queridos difuntos del más allá. Su objetivo es el rico y cascarrabias Ezra Grindle (Richard Jenkins, excelente en un papel muy sin embargo), investigando su oscuro pasado para robarle su dinero. Pero Carlisle tienta al destino usando el código usurpado, para ponerlo al servicio de su avaricia — y de aquí no cuento más para no hacer spoilers.

Todo esto se muestra en pantalla con la atención característica de Del Toro para la creación de atmósferas, la minuciosidad del diseño de arte y los efectos visuales. El carnaval es un lugar de abyección y desesperación, pero con una esperanza turbia en el fondo; llueve casi constantemente sobre los borrachos y fenómenos que han forjado una familia bajo las lonas, acogidos por su patriarca, el cruel y avariento Clem (Willem Dafoe, en lo que es un cameo glorificado, pero de gran impacto). En contraste, el sofisticado mundo de Lilith Ritter (para todo aquél que conozca las leyendas judeocristianas el nombre es obvio), reboza de ricos diseños Art Deco y lujosos decorados. El choque de ambos mundos es el conflicto de la historia, pero aquí Del Toro parece más concentrado en que todo lo visual apantalle, mientras la historia va perdiendo lustre hasta que empieza a telegrafiar los momentos clave.

El oficio cinematográfico de Del Toro, que luce ostentosamente, es sin duda impresionante, al igual que el despliegue de star power de sus actores, pero de alguna manera parece que todos (o casi, salvo Blanchett, que abraza el camp de su personaje con inusitado brío, igual que cuando fue la mezquina Lady Tremaine en la 'Cenicienta' de Branagh o la espectacular villanaza Hela en 'Thor: Ragnarok', dirigida con maestría por Taika Waititi) hacen imitaciones de arquetipos de personajes de cine negro en lugar de revelar algo sobre los personajes mismos, que en sí, son desagradables sin excepción.

Esto recae en el guión, que firman Del Toro y su nueva pareja, Kim Morgan; se trata de una adaptación que descuida las maquinaciones mentales y emocionales de cada personaje, ofreciendo en su lugar exposición mediante explicaciones para lo que deberíamos imaginar.

En 'El espinazo del diablo' y 'El laberinto del Fauno', películas con menos presupuesto, Del Toro no era tan didáctico ni condescendiente. Por lo mismo, la película se hincha de escenas innecesarias y llega a la pesada duración de dos horas y media, que va perdiendo el interés muy rápido por irse con rollos dizque "existenciales" y clavarse en las texturas visuales.

Sí, Guillermo del Toro es un gran artista de la cinematografía, y un experto sin igual en hacer cine de época, pero aquí se clava tanto en lo que le gusta, que se engolosina y su película, que es un proyecto muy personal para él acaba siendo menos efectiva que el original, y es que aquí lo que ocurre es que a Del Toro la película se le va de las manos; todo exceso de libertad creativa es riesgoso y aquí es inevitable recordar aquella frase que decían las tías (y que seguro Del Toro debe haber oído más de una vez en su niñez atiborrada de monstruos y ensoñaciones): "lo poquito encanta y lo mucho harta".

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