Eran abuelos jubilados y se hicieron millonarios al encontrar un fallo en la lotería

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Jerry y Marge Selbee era una pareja conservadora de inicios del nuevo siglo. No bebían alcohol, no gastaban dinero en nada extravagante y vivían humildemente con sus pensiones mensuales. Pero a Jerry siempre le había gustado revolver puzles y acertijos matemáticos. Era un hobby personal que alimentó estudiando, obteniendo varios diplomas mientras era padre de seis hijos y trabajaba en fábricas con funciones que nada tenían que ver con las matemáticas.

Sin embargo, fue recién al jubilarse que puso su facilidad para los números en práctica tras detectar un error en un juego de lotería estadounidense. No solo estaba acertado en sus cálculos, sino que durante casi una década logró ganar tantas veces como para acumular 26 millones de dólares en premios. Ahora el cine nos cuenta su historia.

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Bryan Cranston y Annette Bening interpretan a la pareja en Jerry & Marge Go Large, una comedia dramática basada en la historia real que se estrenará en EE.UU. en la plataforma de Paramount+ a mediados de junio. En América Latina, Australia y Canadá se verá a fin de año cuando la plataforma llegue a dichos territorios, mientras que en España y otros países es muy probable que la veamos en cines. Dirigida por el director de El diablo viste de Prada, David Frankel, la película nos cuenta cómo Jerry Selbee logró descubrir un agujero matemático en un juego de lotería del estado de Massachussets en 2003, apostando y ganando cada vez más hasta el punto de contar con su esposa, toda su familia y el pueblo entero ayudándolo, mientras se dividían las ganancias a lo largo de casi diez años.

Jerry y Marge reflejan la típica historia de la familia tradicional de los 60s estadounidenses. Al menos ese que nos vendieron en películas y comerciales de la época. Eran novios en el instituto y contrajeron matrimonio en el último año de curso, formando una familia numerosa de seis hijos mientras él seguía el mismo camino de sus padres como empleado de fábrica y ella se encargaba de las labores del hogar. Tenían una vida modesta y sin grandes lujos, mientras Jerry trabajaba para empresas como los cereales Kellogg’s, donde su función consistía en comparar los niveles de humedad entre la marca y las cajas de la competencia. No era un trabajo que desafiara su mente curiosa y amante de los números, y por eso usaba sus ratos libres para saciar su sed por los acertijos y cálculos matemáticos.

A medida que pasaban los años obtuvo un diploma en matemáticas y negocios de la Universidad de Western Michigan y hasta un MBA (Master en Administración de Negocios). Y aunque no pudo continuar con sus estudios como le hubiera gustado debido a los deberes familiares, no podía sacarse los números de la cabeza. Es decir, si mi hobby es pasarme horas viendo series y películas, el de Jerry era hacer ejercicios matemáticos de los textos escolares que compraba.

En este punto, merece la pena destacar una curiosidad y es que durante los últimos 17 años laborales de ambos, la pareja regentó su propio badulaque, vendiendo lotería pero casi nunca jugándola. Fueron testigos de la fascinación que el juego suele provocar mientras veían cómo el pueblo gastaba $300.000 al año en tickets de lotería, dejándoles una ganancia de $20.000.

Sin embargo, no fue hasta que Jerry se encontraba matando el tiempo, sin mucho que hacer a raíz de la jubilación, que se acercó a la lotería de manera más personal, poniendo en práctica su fascinación numérica cuando un día leía un folleto sobre un nuevo juego en su estado. Mientras lo estudiaba en la cocina de su casa vio que enumeraba las probabilidades de ganar ciertas cantidades de dinero eligiendo ciertas combinaciones de números. Pero entonces, como si fuera John Forbes Nash (Russell Crowe) de Una mente maravillosa, los números le hablaron y enseguida notó un defecto o agujero en la maquinaria del juego.

El juego que descifró Jerry se llamaba Winfall. Una apuesta costaba un dólar y consistía en elegir seis números, del 1 al 49. Si se acertaba con un pleno entonces se ganaba el bote de $2 millones, o más si se hubiera acumulado. Si se acertaban menos, el premio era menor. Similar al Euromillón y tantos otros juegos de apuestas. No obstante, lo que llamó la atención de este hombre fue que si nadie ganaba y el bote se acumulaba, al llegar a $5 millones el estado distribuía el premio entre todos los ganadores que hubieran acertado, siempre que no hubiera un ganador con los seis aciertos. Es decir, que cuando el bote llegaba a su máximo había altas probabilidades de ganar un buen premio si se acertaban números. Esto solía suceder cada aproximadamente seis semanas.

Jerry hizo sus cálculos mentales y en menos de 3 minutos desde que leyera el folleto descubrió que cualquiera que esperara a la lotería especial con el bote máximo, podía tener un premio de los gordos (siempre que se apostaran cantidades altas). Es decir, si una persona acertaba tres números solía ganar $5 en la lotería semanal, pero si esperaba al bote máximo, entonces eran $50. La primera vez que puso a prueba su teoría no obtuvo ganancias. Gastó $2.200 comprando 2.200 tickets pero ganó $2.150. Sin embargo, Jerry lo definió como mala suerte y probó de nuevo semanas más tarde cuando el pozo volvió a subir al máximo. Gastó $3.400 y ganó $6.300. La siguiente ocasión apostó $8.000 y ganó $15.700.

Fue entonces cuando Jerry se atrevió a compartir el descubrimiento con su esposa, una mujer que odiaba el juego y a la que no le gustaba tomar grandes riesgos que afectaran sus finanzas. Pero Marge confiaba en él y se sumó a su campaña.

Jerry creía que no estaba engañando a nadie. O al menos así lo reflejan las entrevistas y artículos sobre el caso. Estaba convencido de que el estado sabría del agujero en su sistema, creyendo que probablemente estaba diseñado de esa manera para hacer que la gente apostara más cada ciertas semanas. Después de todo cada ticket de un dólar dejaba al estado unos 35 céntimos de ganancia. De esta manera, los dos abuelos jubilados comenzaron a pasar sus días viajando entre los pueblos vecinos para poder hacer sus miles de apuestas. Se pasaban, literalmente, horas imprimiendo miles tickets en las máquinas, uno tras otro. Y luego otras más revisando los números cuando se daban a conocer las cifras ganadoras.

Las ganancias comenzaron a acumularse y seis meses después de comenzar la idea, Jerry invitó a sus seis hijos a participar. Más tarde a sus amigos del pueblo creando una corporación que manejaba el grupo. Lo formaban sus hijos, amigos y vecinos, desde un policía al vicepresidente del banco local, tres abogados y hasta el contador de Jerry. Dos años más tarde conseguían ganancias semanales de $160.000. No obstante, la suerte iba a cambiarles. Y es que el estado decidió cancelar el juego de Winfall pero, un mes más tarde, Jerry supo de otro juego similar en Massachussets que duplicaba el coste de la apuesta a $2 el ticket y el bote se repartía al llegar a los $2 millones. Y se lanzó a la aventura conduciendo 1.100 kilómetros con su esposa para poder hacer sus apuestas.

La pareja continuó apostando durante cinco años más, haciendo el largo viaje unas seis o nueve veces al año. En 2009 habían amasado más de $20 millones en tickets ganadores, con unas ganancias netas de $5 millones (cuando descontamos impuestos y gastos). Pero ellos casi no levantaban la perdiz. Seguían viviendo sus vidas de siempre, en la misma casa y sin grandes gastos mientras sus hijos usaban las ganancias para pagar los estudios de los niños, algunos amigos pagaron sus deudas y otros directamente se iban de viaje o arreglaban sus casas. Sin embargo, había un problema: los Selbees no eran los únicos que habían descubierto cómo ganarle al juego. Un grupo de estudiantes de tecnología de la universidad de Massachussets estaba haciendo lo mismo, haciendo apuestas mayores y ganando millones. No obstante, en lugar de darles más ganancias, el hecho de que hubiera tantas apuestas en general les hacía bajar los beneficios al haber más ganadores.

Fue en 2010 cuando una reportera investigativa del equipo Spotlight del Boston Globe (los mismos que destaparon el escándalo de abusos sexuales en la iglesia católica que cuenta la película ganadora del Óscar) recibió una pista sobre el posible escándalo que se cocía en el submundo de la lotería. Y si bien en un principio los oficiales del estado hicieron de cuenta que no sabían nada del agujero en el juego o de la existencia de grupos apostando en masa (según Highline), cuando el nuevo tesorero del estado supo de la investigación periodística, enseguida se tomaron cartas en el asunto, suspendiendo licencias. Pero ya era tarde, el reportaje se publicó en julio de 2010 y causó conmoción en el país al desvelar que los jugadores casuales estaban financiando a grupos que estaban haciendo fortunas por el agujero en el juego.

La polémica derivó en una investigación que terminó librando de culpa o sombra villanesca a los jubilados: y es que si bien se decidió que los Selbees y otros grupos habían incumplido ciertas normas, como operar las máquinas ellos mismos o apostar fuera de horas, lo cierto es que confirmaron que durante años el departamento de lotería del estado de Massachusetts simplemente miró hacia otro lado. 

Jerry y Marge jugaron por última vez en enero de 2012, antes que el juego se retirara de circulación. Al final, terminaron su periplo habiendo ganado $27 millones en nueve años con una ganancia neta de $7.75 millones, dividiendo su fortuna entre ellos, sus hijos y todos aquellos que participaron.

No eran genios matemáticos ni expertos en la materia, pero lograron hacerse millonarios siendo abueletes avispados. La pareja ahora tiene entre 83 y 84 años y viven de una jubilación holgada como la que jamás hubieran imaginado.

Fuente: Highline (2018); 60 Minutes (2019), Insider (2019)

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