Mauro Caiazza: "Bailando es un programa que maneja una energía densa, mucha competitividad"

Pablo Mascareño
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Mauro Caiazza apuesta a los nuevos sonidos fusionados con el tango
Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno
Mauro Caiazza apuesta a los nuevos sonidos fusionados con el tango
Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

Un tal Mauro Caiazza. Personaje atípico. Participó dos años en Bailando por un sueño, fue novio de Jimena Barón y logró el codiciado reconocimiento público. A la velocidad de la luz, o quizás más rápido, irrumpió en los medios, su nombre circuló por los gossip shows, le pidieron selfies en el subte y, con discreción, se mandó a mudar de ese universo de constelaciones vanidosas. Prefirió volver a lo suyo, el tango, y darse el gusto de fusionarlo con otros géneros y hasta atreverse con la composición y el canto. A fin de año lanzó De fuelles y flores, el EP en el que plasmó un ADN muy particular: un poco de bandoneón y algo de trap, conjunción urbana riesgosa que le permitió rebautizarse para atravesar el desafío: KAIA ZA SAN.

"Soy un bailarín que canta y hace su propia música", dice a LA NACION el artista de Pérez, la localidad cercana a Rosario donde nació y comenzó con su afición por las danzas folklóricas rompiendo el molde y dejando en claro cuál sería su camino, bien alejado de los aires camperos y más cercano a una esquina del Abasto periférico y nocturno.

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"Sentí el deseo de hacer música para cantar y bailar, de mostrar un todo. Esto soy yo con mi música, mi baile y mi sonido", explica en torno a este trabajo integral en el que no deja de lado los significados de la danza, pero le suma el lenguaje de la oralidad. "Cuerpo", "Pizza casera", "Desorientao" y "En la mía" son los cuatro cortes que conforman De fuelles y flores, el EP enriquecido en la diversidad, difícil de caratular: "Tiene una base de trap y de música urbana, pero también hay un bandoneón sonando", define el artista que hoy deposita sus energías en la difusión de su flamante EP y en la vuelta a la escena de Freestyle, su compañía de danza.

-¿Por dónde transitan las letras?

-Traté de escribir con mucha honestidad y profundidad, sin prejuicio y sin pensar a quién le podía gustar. Fue una tarea emocional que me conectó conmigo mismo, tiene que ver con vivencias, como todo lo autobiográfico. Es un poco eso. Tengo dos canciones que son una especie de desahogo, una es casi de protesta. Y las otras dos son más chill out.

-¿Contra qué te rebelás en la canción de protesta?

-Para mí fue muy fuerte lo de la cuarentena, porque fue la primera vez que paré de bailar desde que comencé a los once años. Psíquicamente fue duro y físicamente estoy peor. Ahora comencé a entrenar de nuevo en el gimnasio y estoy volviendo a ensayar, pero tengo miedo de no volver al estado físico que tenía antes.

El cuerpo es un tema que lo atraviesa. Cuida su alimentación basada en productos naturales y lejos de todo aquello de manufactura artificial: "No te puede caer bien algo que está adentro de una lata desde hace un año". Además, cada día practica yoga en busca de ese equilibrio entre cuerpo y emocionalidad. Sin embargo, siente que las articulaciones alguna factura tienen para pasarle: "Tengo 35 años y muchas lesiones. El trabajar en la tele, estar todo el tiempo muy exigido, se siente".

-¿Frenar la actividad moderó las dolencias?

-Cuando uno para baja el tono muscular y se comienzan a sentir mucho más las lesiones. Frenar diez meses es terrible para un bailarín. Tengo un hombro desgarrado desde el 2014, cuando estuve en una producción con Gustavo Santaolalla en Canadá y, luego de eso, tuve que reemplazar al protagónico durante 14 funciones.

Caiazza se refiere a Arrabal, el espectáculo creado por Santaolalla que fue éxito en Canadá. De esos gustos, el bailarín tiene varios: trabajó en cine con Eugenio Zanetti, recorrió más de 30 países bailando tango, entre ellos China y Rusia, se involucró con el flamenco en Las Vegas y participó de America's Got Talent en Hollywood. En 2018 ganó el premio a mejor coreografía en los Premios Tango y, un año después, obtuvo el galardón como bailarín internacional en los Lukas Awards de Londres. Con todo, el parate pandémico aceleró su búsqueda hacia otras estéticas: "La danza es mi forma de expresarme y no lo podía hacer, por eso me puse a escribir". Como a todo artista, el ingreso económico se frenó con las consecuencias lógicas que diezmaron su economía doméstica. Ya no hubo shows ni las presentaciones en vivo en La Catedral, uno de los íconos del tango en Buenos Aires: "Va a ser muy difícil remontar un año sin recibir un peso y estando lleno de deudas. Es duro para todos, conozco bailarines hiper talentosos, que han recorrido el mundo y que hoy trabajan en Glovo, que no tiene nada de malo, pero ellos son bailarines".

-Hablás de deudas...

-Vivo de ahorros, endeudándome. Básicamente dije: "No pago más nada". No sé cómo voy a salir económicamente, pero estoy feliz con lo que estoy haciendo. El futuro es una incógnita, quizás me vaya afuera.

Uñas pintadas y collares. Mauro Caiazza se encarga de atravesar el tango con estética propia
Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

Chico de tapa

"No me considero mediático", se define el vecino de San Telmo, mapeo coherente para alguien que sigue, con licencias, los pasos de Virulazo, Mayoral y Miguel Ángel Zotto. A su modo, fusiona el entorno de edificios de comienzos del siglo pasado con un departamento iluminado con las luces de su show y hasta con máquina de humor.

-No te considerás un personaje mediático, pero lo fuiste.

-Fue una vidriera.

-La exhibición tiene que ver con eso.

-Con el tango viajé por todo el mundo, pero llegó un punto donde me pude comprar mi casa y necesité quedarme acá, estabilizarme. De hecho, así me di cuenta cuál era mi propio lenguaje de baile, fue un proceso de varios años. Una vez que encontré eso, me di cuenta que, si bien me conocía el ambiente del tango, era muy difícil expandirme, porque la gente, en general, no entra en ese mundo. En esa búsqueda se me dio poder ingresar en la tele y trabajar dos años en ese medio.

En la edición 2017 de Bailando por un sueño fue partenaire de Mariela Anchipi, a quien había conocido en Stravaganza, la obra de Flavio Mendoza. La cosa no terminó bien entre los dos. Al año siguiente compartió el certamen con Jimena Barón, con quien se puso de novio conformando una pareja sensualmente llamativa y requerida por los medios. Ella, a diferencia de él, disfrutó siempre del alto perfil frente a las cámaras. "Hace dos años que me separé y me siguen involucrando con ella, pero yo no tengo ni contacto, no me interesa, nosotros cortamos la relación y ya, cada uno siguió su camino. Es muy difícil que la gente entienda que uno tiene una vida que va por otro lado, hay quien piensa que solo interesa eso".

-¿No mantenés ningún tipo de contacto con tu ex pareja?

-No hay nada.

-¿Por qué?

-Lo decidió ella así.

-Con su hijo tenías muy buen vínculo.

-Para mí era muy importante.

Mauro Caiazza y su relación con Jimena Barón en 2018 - Fuente: eltreceMauro Caiazza y su relación con Jimena Barón en 2018 - Fuente: eltrece

-¿Cuál es el balance que podés hacer de tu paso por el programa de Marcelo Tinelli? ¿Pesa más el debe o el haber?

-Gané mucha experiencia, pero no me veo en un futuro trabajando en la tele, sosteniendo eso. No es en lo que me quiero desarrollar.

-¿En qué aspectos de tu carrera te querés desarrollar?

-En mi arte, en lo que a mí me interesa. Luego de la exposición y sintiéndome más seguro en lo mío, le dediqué toda la energía a mi búsqueda. Tengo mi compañía, que funciona de manera independiente, en La Catedral, y ahora indago en las herramientas del canto.

-¿Qué rescatás y qué fue lo más tortuoso de la exposición pública?

-Lo mejor fue poder encontrar el camino para desarrollar mi arte, formar mi compañía y que un nuevo público venga a conocerme como artista.

-¿Qué fue lo no tan bueno?

-Bailando es un programa que maneja una energía densa, mucha competitividad. La gente tiene una energía como de otro planeta, es algo muy loco, pero aprendí muchísimo ahí adentro. Miraba cómo trabajaban los técnicos, los vestuaristas, la producción. Para un apasionado del trabajo eso es muy bueno. Son experiencias para aprender, además de trabajar.

-¿La exposición fue compleja de transitar?

-No es fácil. Hay gente que te tira buena onda y otra que no. Yo me manejo en patineta por la ciudad o viajo en subte, y ver que te sacan fotos es raro.

-¿Te sentías vulnerable ante la mirada ajena?

-Me sentía muy desprotegido, pero cuando estuve con ella, que es una mina que trabaja desde hace tantos años, ella me ayudó mucho. El primer año de hacer tele, no entendía.

Caiazza no menciona a Jimena Barón y prefiere el distante "ella". Aunque no se detiene en ningún tipo de críticas, deja en claro que fue una etapa concluida hace tiempo. Finalizada como su paso por la televisión: "Con Marcelo Tinelli trataba de ser normal, siempre pensé que no me iba a salir ser gracioso ante él. Lo disfruté, fue una etapa que dio sus frutos. Pero la exposición fue lo más fuerte".

-¿Por qué hablas de "energía rara"?

-Era un programa que no consumía y al que entré de una manera muy fácil: a mí me llamaron, no hice casting, no fui a tocar la puerta. Estuve dos meses para decidir si lo iba a hacer porque no comparto muchos valores. Básicamente me di cuenta que hay un montón de gente que quiere estar ahí y que va a hacer lo que sea para estar. Me llamaron de Sex y de la producción de Flavio Mendoza, y si tengo que trabajar lo haré, pero yo voy por una búsqueda artística. El medio me vuelve a eso porque me conocieron ahí, y lo entiendo.

-¿No volverías a trabajar en televisión?

-No me veo volviendo, pero si necesito trabajar o es una propuesta que me agrada, puede ser. Aprendí que, como soy bailarín, me llaman para acompañar a una figura, pero hoy no sé si puedo acompañar a alguien porque tengo mi propia búsqueda. Ya está, ya lo hice, ahora sigo mi camino. Es muy importante hacer lo que uno quiere en la vida, porque es muy frágil y corta.

En La Catedral, la milonga donde se presenta con su compañía Freestyle, impone su estilo ante la sonrisa de Carlos Gardel
Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

-Te iniciaste bailando en tu pueblo a los 11 años. ¿Fuiste víctima de los prejuicios?

-Mis amigos varones que bailaban folklore conmigo no decían que bailaban porque les daba vergüenza, pero yo no lo ocultaba. Es más, cuando bailé por primera vez sentí una seguridad inusual y que era bueno haciendo algo. Nunca nadie me dijo algo negativo por bailar. Mis viejos me apoyaron, pero tenían miedo que pasara hambre. Llegué sin nada y me las arreglé viviendo en algún hostel y en pensiones, ganaba dos mangos o nada.

-En el universo del tango, ¿tampoco sufriste rechazos?

-Me han puteado por bailar en zapatillas, pero cuando empezaron a ver lo que hacía, que había un trasfondo sólido, se generó el respeto. Además, seguimos, aún hoy, frecuentando a la gente de 80 años que va a las milongas.

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Remeras holgadas, collares en su cuello, uñas pintadas. Aspecto rocker con aires de rapero callejero. Si caminase por algún recoveco del Bronx neoyorquino no desentonaría con el contexto a puro hip hop. Sin embargo, lleva el tango en la sangre y, aunque se atreva a fusionarlo con sonidos traspolados de otras territorialidades, en su arte converge esa esencia identitaria: "Llegué a un punto en el baile donde me siento muy cómodo con un estilo propio. Me veo con mucha honestidad, aunque me estudié a todos los bailarines que hubo, incluidos a todos mis profesores. Hice un recorrido con el baile que me hace sentir sólido, puedo salir a bailar lo que sea y donde sea, incluso improvisando. He improvisado en las milongas más tradicionales y también con la música electrónica".

-No es poco tratándose de un espacio estricto, exigente y muy cerrado.

-Tener el aval del ambiente no es fácil.