La película más peligrosa de la historia dejó en ridículo a Hollywood

Tippi Hedren con sus animales en su recinto del Valle de San Fernando. 25 de enero de 1982. (Foto de Sanderson, Eddie/Mirrorpix/Getty Images)
Tippi Hedren con sus animales en su recinto del Valle de San Fernando. 25 de enero de 1982. (Foto de Sanderson, Eddie/Mirrorpix/Getty Images)

Ideas disparatadas hay muchas en la historia del cine. Películas inacabadas y guiones enterrados también, sobre todo por culpa de la locura técnica, el riesgo o la imposibilidad de llevarlas a cabo. Sin embargo, el día que al director Noel Marshall y a su esposa Tippi Hedren se les ocurrió rodar una comedia familiar rodeados de un centenar de felinos salvajes, nadie alzó la voz en Hollywood. Al contrario, pasaron cinco años generando titulares por estar rodando una película que se ganaría el título de la más peligrosa de la historia sin que nadie los detuviera.

Mordeduras, rasguños profundos, estadías en el hospital, huesos rotos, una reconstrucción facial… En total, se estima que unas 70 personas del equipo resultaron heridas durante un rodaje extenso que debería haber disparado las alarmas entre sindicatos y estudios. Sin embargo, si bien hay quien puede justificar que El gran rugido (1981) es el ejemplo de la permisibilidad de los años 70s, a mí no me la cuelan. El sentido común no entiende de épocas y la historia de esta producción continúa dejando en ridículo a sus responsables y todo Hollywood por mucho que pase el tiempo.

El gran rugido fue una idea más que un argumento. Se le ocurrió a Noel Marshall y Tippi Hedren cuando estaban de safari en África en 1969. Durante la travesía se toparon con una casa abandonada por una inundación habitada por leones y, de regreso a casa, imaginaron que podían hacer una película partiendo de esa base. Y así se pusieron manos a la obra. Toda la familia se sumó al proyecto, incluyendo los hijos del director y la hija de la actriz, Melanie Griffith. El sueño que tenían era plasmar la naturalidad de los animales que vieron dentro de una historia de ficción, llegando a la loca conclusión de que la única manera de conseguirlo era con felinos no entrenados.

Y así, sin experiencia ni entrenamiento alguno, comenzaron a rescatar, adoptar y comprar leones, tigres, leopardos, pumas, etc. Tal y como cuentan los hijos de Noel Marshall en un documental de 2017, Roar: The most dangerous movie ever made, convivían con ellos dentro de la vivienda familiar con la intención de que los felinos se acostumbraran a la presencia humana antes del rodaje. Marshall se impuso como el macho alfa y terminaron con unos 150 felinos, cebras y dos elefantes. Como se pueden imaginar, la casa era un desastre.

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Para poder poner semejante proyecto en marcha, cuidar y alimentar a los animales (cuyo coste supuestamente ascendía a los 4.000 dólares por semana), la pareja optó por vender todas sus posesiones. Noel Marshall había obtenido ganancias por ser el productor ejecutivo de un taquillazo como El exorcista (1973), pero evidentemente no fue suficiente. Vendieron desde sus viviendas al tapado de piel que Alfred Hitchcock había regalado a Tippi tras el rodaje de Los pájaros (1962) y se mudaron con toda la prole familiar a una caravana dentro del set. Allí estuvieron durante unos cinco años, entre leones salvajes y un rodaje que no parecía tener fin.

Fue en 1976 cuando comenzaron el rodaje aunque la historia era prácticamente inexistente: una familia que vive en una reserva natural de África rodeada de animales y con un león llamado Robbie como mascota. Fin. Lo demás eran planos constantes de leones, peleas, rugidos, sangre, garras y un Noel Marshall incitándolos al juego y la violencia para tener algo de acción. Un juego que en más de una ocasión se le fue de las manos. Es más, hace poco intenté darle una oportunidad y confieso que me costó horrores ver la película al completo. Es un verdadero caos cinematográfico, sin historia ni personajes construidos, solo leones, tigres y todo tipo de felinos actuando como animales salvajes ante las cámaras. Una y otra vez.

Construyeron el set en un desierto a las afueras de California y al no tener suficientes inversionistas, ni un estudio que avalara la producción, Noel Marshall contrató un equipo técnico de primerizos mientras él interpretaba al protagonista acompañado de su familia. Sin embargo, desde la primera secuencia dejó entrever el ridículo que estaban intentando llevar a cabo con una pelea entre felinos que Noel Marshall intentaba detener a los gritos y metiéndose entre medias. ¿El resultado? Acabó en una ambulancia con sangrado arterial en la mano después de que un león lo atacara. La mano se le infectó y tuvieron que detener el rodaje durante una semana mientras estaba internado. Así empezaban… Lo llamativo del asunto es que esa secuencia quedó plasmada en el montaje final. No solo el ataque real sino que se ve claramente la mano ensangrentada en diferentes planos.

En otra ocasión, una leona detectó que algo se movía debajo de una red de camuflaje y le dio un zarpazo. Era un camarógrafo escondido bajo tierra que estaba tomando planos inferiores de los animales. Pero el hombre terminó en el hospital con 200 puntos en el cráneo y de baja durante dos semanas.

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Tippi Hedren también resultó herida, fracturándose el tobillo cuando una pierna se quedó enganchada en la trompa de un elefante. Hasta Melanie Griffith pagó las consecuencias sometiéndose a una reconstrucción facial tras el ataque de un león pequeño. Pero no solo ellas, en el documental estiman que unas “100 personas o más” fueron tratadas en un hospital. Noel Marshall tuvo que someterse a una cirugía porque creían que iban a tener que amputarle la pierna tras el ataque de un león en la pantorrilla.

El problema que destacan en el documental, y se puede ver claramente en la película, es que el director potenciaba la violencia de los animales a favor de la acción pero sin medir las consecuencias. Por su capricho de conseguir “naturalidad” salvaje, puso en riesgo a toda su familia y equipo al completo. Tomó riesgos que una persona en su sano juicio profesional jamás haría. Ya sean los años 70, 80 u ahora. Además, al no tener sindicatos representándolos, prácticamente hacían lo que querían. Riegos y peligro incluido.

La estupidez fue mayor cuando sucedió lo que era probable. Resulta que habían construido el set junto al cauce de un río, y si bien cuentan en el documental que no tenían permitido construir en este tipo de lugares, lo hicieron igual al tratarse de una necesidad temporal. Incluso cuando el lugar tenía un historial de inundaciones. Pero entonces sucedió: una lluvia torrencial aumentó el caudal del río y una pared de agua destrozó la represa que habían creado. El set quedó destruido. No solo eso, rompió la valla que protegía las jaulas de los felinos y comenzaron a escapar de sus jaulas. Robbie, el león protagonista, murió por un disparo de la policía cuando creían que iba a atacar a una persona del equipo. Dos leonas fueron sacrificadas por el personal de Control Animal porque, según Tippi Hedren, “habían olvidados los tranquilizadores”.

Habían pasado varios años metidos de lleno en un rodaje infernal. Tenían el 95% de la película terminada pero el set estaba destrozado y el león familiar había fallecido. Les costó sudor y lágrimas pero decidieron confiar en que la taquilla estaría de su parte. Tras ocho meses de recuperación y conseguir un préstamo de varios millones, lograron acabarla. Pero nada fue cómo imaginaban.

Corría el año 1981 y la verdad es que ningún estudio quiso comprarla. No sabían cómo venderla, si como comedia familiar, aventura animal y cinta de acción y, al final, solo un puñado de países cerraron acuerdos de distribución. La pérdida fue abismal con $2 millones recaudados sobre los $17 millones que había costado hacerla (NY Post). Nadie quiso estrenarla en EE. UU. y estuvo guardada en un cajón durante 34 años hasta que un distribuidor pequeño le dio salida en algunos cines en 2015.

Con la presión terminada y liberados del infierno salvaje, Noel y Tippi finalizaron su relación a un mes de acabar el rodaje. Sin embargo, la actriz centró toda su atención en la protección de los animales que habían rescatado, transformando el set en un santuario que todavía sigue activo. Se trata de la Reserva Shambala que financia a través de su fundación, The Roar Foundation.

En pocas palabras, fue un milagro que nadie muriera. Me resulta increíble que realmente pudieran pensar que iban a poder rodar una película con 150 felinos salvajes y salir airosos en el intento. El gran rugido demostró que el capricho de Noel Marshall fue el disfraz del egoísmo de un director cegado en su visión que no supo medir el peligro, riesgo y consecuencias. Después de semejante entrega y desastre, no volvió a dirigir nunca más, falleciendo en 2010 a los 79 años. Sin embargo, creo que esta producción también refleja el ridículo de un Hollywood que no hizo nada por detener la locura y el peligro al que decenas de trabajadores se estaban sometiendo por amor al cine, pasión o deseos de crearse una carrera en la industria.

Les llevó cinco años rodarla, se pasaron de presupuesto, muchas personas resultaron heridas y, para colmo de males, fue un desastre de taquilla. Habrá pasado a la historia como la película más peligrosa de la historia, pero me atrevo q decir que también es de las más ridículas con una intención que, si se pone un poco de sentido común, no tiene ni pies ni cabeza.

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