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Persiguiendo espíritus: Las casas museo de Ciudad de México

La Casa Azul, donde Frida Kahlo pasó gran parte de su vida, en el barrio de Coyoacán de la Ciudad de México en noviembre de 2019. (Adrian Wilson/The New York Times).
La Casa Azul, donde Frida Kahlo pasó gran parte de su vida, en el barrio de Coyoacán de la Ciudad de México en noviembre de 2019. (Adrian Wilson/The New York Times).

A las pocas horas de llegar a Coyoacán —un vecindario arbolado, tranquilo y hermoso en el sureste de la Ciudad de México—, ya estaba buscando en internet qué espacios había en el área para rentar a largo plazo. Era pura fantasía que mi familia pudiera vivir ahí. Sentía que habíamos encontrado la base ideal para explorar la Ciudad de México, un lugar que siempre me ha gustado. Con sus banquetas con árboles, las casas de colores alegres y la vegetación que se nota cuidada, Coyoacán es un oasis de tranquilidad, como una isla rodeada por la energía constante y bulliciosa de la vibrante capital del país.

El atractivo del vecindario ha sido obvio durante siglos, mucho antes de ser engullido por el crecimiento de la ciudad, de hecho, incluso antes de que fuera un pueblo cercano. Se dice que el conquistador Hernan Cortés vivió aquí alrededor de 1520 (después de la destrucción de la capital azteca), aunque obviamente no en el edificio del siglo XVIII que ahora se conoce como la Casa de Cortés. Coyoacán fue incorporado a la capital en el siglo XIX y, en 1928, fue designado distrito.

A inicios y mediados del siglo XX, Coyoacán era el Greenwich Village o el Montparnasse de la Ciudad de México. Artistas de todo el mundo iban a visitar a sus contrapartes mexicanas, y se quedaban. Gran parte de la rica historia de la zona —y su magia particular— ha permanecido y aún se puede apreciar en las casas en las que estas luminarias vivieron y trabajaron. Quizá sea supersticioso sentirse cercano a los muertos en los lugares en que vivieron, pero, si es así, es una superstición que comparten muchísimas personas.

Por pura suerte, la casa que encontramos en Airbnb fue el estudio del pintor José Orozco, uno de los fundadores del movimiento muralista mexicano, un grupo que incluía a Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y otros. En las paredes colgaban dibujos y grabados de Orozco, quien falleció en 1949, y los libreros guardaban volúmenes de reproducciones de su arte.

Muchas de las casas donde vivieron los afamados residentes de Coyoacán ahora son museos. Las casas museo nos atraen por la curiosidad que sentimos de conocer las condiciones de vida y las posesiones de una figura que veneramos o aborrecemos. He visto la baraja de cartas de Fiódor Dostoyevski, he leído los primeros borradores del discurso del Día de la Infamia de Franklin D. Roosevelt, y desde la casita en la que escribía Virginia Woolf he mirado desde el campo hacia el río en el que se ahogó. Si en efecto creemos que los fantasmas siguen habitando estas estructuras, anhelamos la tranquilidad y la soledad que nos permitirán escuchar lo que tienen que contarnos.

Por mucho la más famosa de las casas museos de este barrio es la Casa Azul, que hace honor a su nombre, donde Frida Kahlo pasó gran parte de su vida y luego falleció. En los años cuarenta y cincuenta, ella y Rivera recibieron a artistas mexicanos, surrealistas europeos, estrellas de cine, acaudalados coleccionistas de arte, expatriados y refugiados políticos.

Una habitación de la Casa Azul, donde Frida Kahlo pasó gran parte de su vida, en el barrio de Coyoacán de la Ciudad de México en noviembre de 2019. (Adrian Wilson/The New York Times).
Una habitación de la Casa Azul, donde Frida Kahlo pasó gran parte de su vida, en el barrio de Coyoacán de la Ciudad de México en noviembre de 2019. (Adrian Wilson/The New York Times).

Cuando visité la casa por primera vez —mucho antes de que saliera la película con Salma Hayek, antes de que la fridamanía, como le dicen los mexicanos, se propagara por el mundo sin fin a la vista—, yo era la única visitante además de una mochilera canadiense que lloraba al pasar por cada invitación.

Ahora es una atracción turística muy popular, es casi un lugar de peregrinaje; hay que comprar los boletos con anticipación y (casi siempre) hacer largas filas para entrar. Puedes detenerte ante las vitrinas que contienen los trajes típicos que la artista usaba y visitar su recámara que parece un altar, pero es difícil sentir una comunión personal con ella en lo que se ha convertido menos una recreación de su casa y más una exposición en forma de homenaje, con una tienda de regalos y una cita de Patti Smith escrita en una pared, palabras que es imposible que estuvieran allí cuando Kahlo y Rivera disfrutaban del lindo patio.

De cualquier manera, vale la pena soportar al gentío, porque Kahlo tenía excelentes colecciones, sobre todo de retablos, muchos de los cuales representan salvamentos milagrosos. Además, es inevitable pensar que Frida y Diego habrían estado encantados con la afluencia, el asombro y la atención. Ambos eran ambiciosos, ambos estaban muy preocupados por su carrera y su reputación.

Quien quiera saber más sobre el ego de Rivera debería agendar una visita al Museo Anahuacalli, a media hora en taxi desde la Casa Azul. Es el monumento extraordinario que Rivera se construyó a sí mismo con la ayuda del arquitecto Juan O’Gorman. La estructura, que en su día sirvió de estudio a Rivera, alberga ahora su colección de arte precolombino, expuesta en vitrinas con una iluminación espectacular.

La Casa Azul no es en absoluto la única casa museo que se puede visitar para hacerse una idea de cómo era Coyoacán en otra época, de quiénes vivían aquí y qué hacían, y la comunidad que conformaban. Cuando el revolucionario soviético León Trotsky llegó a México en 1936, se alojó en la Casa Azul sin tener que pagar renta. Más tarde durante su exilio se trasladó a una casa cercana en la avenida Río Churubusco, donde fue asesinado por un agente de la policía secreta de Stalin, y que ahora es también un museo.

La casa de Trotsky presenta una escena más tranquila que la Casa Azul. También tiene un patio agradable, donde la relativa paz y el espacio físico hacen que sea más fácil imaginar el breve periodo en el que el revolucionario —un hombre perseguido por las autoridades rusas— encontró refugio allí. Tal vez su aura inquietante se deba a que se puede ver el escritorio en el que Trotsky estaba trabajando, supuestamente escribiendo su biografía de Stalin, cuando fue asesinado, con un piolet, por un agente soviético.

Una mañana de entre semana, mi familia y yo éramos los únicos visitantes en mi favorita de todas las casas museos de Coyoacán, la mágica y atmosférica Casa de Emilio “el Indio” Fernández. En un rincón encantador y especialmente sereno de Coyoacán, pareciera que el turismo y el paso de los años casi no han hecho merma en la antigua casa de esta estrella del cine mexicano (abierta solo los fines de semana).

Construida con piedra volcánica, la “casa fortaleza”, que ocupa gran parte de una manzana cuadrada, fue diseñada y construida en 1947 por encargo de Fernández, un director y actor que, hasta su muerte en 1986, hizo más de 120 películas y cuyo impresionante físico se dice que fue el modelo de la estatuilla del Oscar. Nacido de madre indígena (de ahí su apodo), afirmó haber luchado en la Revolución Mexicana y se exilió a Estados Unidos, donde vivió en Los Ángeles y se abrió camino en el mundo del cine, para luego regresar a México.

Estos monumentos al pasado no son la única razón para visitar Coyoacán, que cuenta con una gran oferta gastronómica, un enorme jardín botánico, un agradable zócalo y mercados de comida y artesanía. Aquí, como en gran parte de México, el pasado y el presente coexisten. Una tranquila tarde de domingo, en el Jardín Centenario, una banda tocaba para unas cuantas parejas de edad avanzada y mediana que bailaban con dignidad una especie de salsa-fox trot. Sus familias estaban sentadas alrededor, bebiendo café, comiendo esquite o elote asado; los niños chupaban paletas picantes. Todavía no hay mucho tráfico, y no es difícil imaginar los autos de lujo que bordeaban la plaza central de camino a dejar a los invitados en una de las prolongadas y asombrosas fiestas de Emilio Fernández.

Si decides ir

Las casas museo de Coyoacán ofrecen una ventana a la rica historia artística y cultural del barrio. Visitarlas es económico y, a excepción de la Casa Azul, no suelen estar saturadas de turistas. A continuación te explicamos cómo encontrarlas:

Casa Azul

Londres 247, Colonia del Carmen

Horario: Martes, jueves y sábado, de 10 a 18 h; miércoles, de 11 a 18 h. Lunes cerrado.

Entrada: Días laborales: 230 pesos (unos 11,25 dólares); fines de semana: 270 pesos. Los boletos pueden reservarse en línea, lo cual es recomendable.

Museo Casa de Leon Trotsky

Avenida Río Churubusco 410, Colonia del Carmen

Horario: De martes a domingo, de 10 a 17 horas.

Entrada: 40 pesos

Anahuacalli

Museo 150, Colonia San Pablo Tepetlapa

Horario: Martes a domingo, de 11 a 17:30 horas.

Entrada: 80 pesos; gratis con un boleto de la Casa Azul

Casa de Emilio el Indio Fernández

Ignacio Zaragoza 51, Colonia Santa Catarina

Horario: Sábado y domingo, de 12 a 17 horas.

Entrada: 100 pesos

c.2022 The New York Times Company