El lado oscuro de lo que pasó en el mar con la pandemia; no todo fueron aguas cristalinas

Paloma García Castillejos
·4  min de lectura

2020 ha sido un año de cambios: de la oficina a la casa, del restaurante a la cocina, de la conglomeración al aislamiento pero ¿y las actividades primarias? La pandemia también revolucionó la forma en la que la pesca sucede y esta industria tampoco se escapa a la crisis económica.

Con las primeras imágenes de Venecia sin turistas y sus aguas cristalinas -por primera vez- que dejaban ver delfines, se formaron ideas en el imaginario colectivo de que el mar, sin pescadores, luciría igual y los ecosistemas se regenerarían. Nada más lejano de la realidad que eso.

Industrias como el atún, la sardina y la trucha de cultivo tuvieron daños colaterales a raíz de la crisis sanitaria; además del problema de salud, la economía y el cierre de las fronteras para exportación presentaron retos importantes en la pesca.

La pandemia y sus daños a la pesca de litoral

La industria sardinera es uno de los principales motores de la pesca en mar abierto en México y su comercialización comprende gran parte de productos procesados, enlatados y congelados.

Antonio de la Llata, Presidente del Comité Nacional de Pelágicos Menores, afirma que los retos ante la crisis en su sector surgieron desde varios frentes. Esta industria genera 8,300 empleos directos y 45,000 indirectos en todo el país.

En primer lugar, aproximadamente el 30% de los participantes de la cadena que compone esta actividad económica dejaron las labores por ser población de riesgo durante el confinamiento. Mantuvieron su salario pero la empresa perdió la capacidad de producción a volumen manteniendo los costos.

pesca en pandemia
pesca en pandemia

Un sube y baja operativo

Con los vientos en contra, la actividad a gran escala siguió operando y el verdadero problema surgió a la hora de comercializar los productos. Por un lado, la demanda de enlatados se disparó y por otra, escasearon los compradores de harinas y aceites que sirven como alimento para otras especies animales.

Había que abastecer al mercado de los enlatados pero había que hacerlo con menos presupuesto y empleados. En contraste con ellos, los otros procesados regresaron al almacén sin generar un peso de ganancia.

El incremento del dólar jugó un papel importantísimo en ambos problemas: la compra de materias primas, los impuestos y el paro causaron que los costos de producción se elevaran sin tener la posibilidad de subir también los precios.

En los supermercados, después de la crisis por papel de baño y líquidos sanitizantes siguió la escasez de alimentos no perecederos; latas, conservas y carne congelada fueron tan solo algunos de los productos que no podían faltar en una compra de pánico. Esto, evidentemente, desbalanceó al mercado pesquero.

Por otro lado, la producción de harinas y aceites sufrió exactamente el efecto contrario; al cerrar las fronteras de los países que consumían el bien nacional, dejó de haber comercialización y hubo una pérdida importante de ingresos.

La pesca no sabe de pandemias pero la industria sardinera se mantuvo firme como sucede desde hace más de 60 años.

Antonio de la Llata

Acuacultura rural, los daños colaterales

No solo la pesca en mar abierto fue víctima de la crisis económica que sucedió a consecuencia de la pandemia. En los criaderos de trucha, tilapia, bagre, pescado blanco, rana y otras especies de agua dulce, la situación es bastante parecida.

Citlali Gómez es miembro de la campaña #PescaConFuturo y además propietaria de un proyecto de acuacultura rural en Zitácuaro, Michoacán. En entrevista para Animal Gourmet, también habló acerca de los retos de cara a una nueva normalidad después de la crisis.

Primero los productores de cultivo se apanicaron con el COVID y dejaron de producir pero la gente siguió consumiendo. De pronto, la demanda creció y fue necesario abastecer el mercado y los consumidores buscaron alternativas locales y sustentables.

Citlali Gómez

Esto supone un área de oportunidad en la industria mexicana pero también un gran riesgo ante las adversidades externas. Al igual que sucedió en mar abierto, el tipo de cambio elevó los costos de producción de la acuacultura rural y muchos proveedores tuvieron que cesar sus actividades.

Además de los retos que vinieron con la pandemia en la pesca, también se sumó el recorte presupuestal y los incentivos desde el gobierno para la industria. Sin ese subsidio, los pescadores artesanales no tienen el poder adquisitivo suficiente para operar y realizar sus labores.

Sin embargo, hay una luz al final del túnel. Estos pescados, comercializados en su mayoría en congelación o frescos, comenzaron a tener visibilidad en supermercados, al alcance de toda la población. Aunque una de las principales fuentes era la industria restaurantera y hotelera, el colapso dio cabida a buscar otro tipo de compradores.

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