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Queens of the Stone Age demostró la vigencia de su estilo rockero en tiempos turbulentos

Veintisiete años después de haber sido creado, el grupo Queens of the Stone Age mantiene su vigencia y un nivel de creatividad que suele desaparecer en muchos artistas con el paso del tiempo.

Es, además, una de las pocas agrupaciones de su generación dedicada al rock puro y duro que conserva la capacidad de convocatoria en lo que respecta a las grandes audiencias, como lo probó el contundente concierto que ofreció el sábado pasado en el Kia Forum de Inglewood.

Pese a que las tribunas lucían considerablemente despobladas poco antes de su presentación, cuando la tarima era ocupada por las dos bandas que abrieron el espectáculo, el panorama cambió por completo poco ante de que el quinteto estelar apareciera en el mismo escenario, ofreciendo ante nuestra vista lo que lucía como un lleno total.

Nada mal para unos representantes de un género que, según las malas lenguas, se encuentra de retirada, y que, en honor a la verdad, ha visto seriamente mermado su alcance comercial ante el paso arrollador de las modalidades urbanas y del pop más complaciente.

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En realidad, el rock ‘underground’, es decir, ese que surgió en los ‘backyard parties’ y en los clubes pequeños, y que rechazó siempre las reglas del sistema, sigue vivito coleando, manteniéndose en el mismo circuito y atrayendo a nuevas generaciones impulsadas por un espíritu semejante al de sus antecesores.

Pero estamos hablando de Queens of The Stone Age (QOTSA para los amigos), un grupo que sí logró meterse de un modo u otro en las filas del ‘mainstream’ y que formó parte de la última gran ola popular del género guitarrero por estos lares, al lado de colegas como The Strokes, Audioslave y The White Stripes.

Es por eso tan llamativo que el combo haya brindado una actuación que, a pesar de apelar a un repertorio con una cantidad considerable de canciones antiguas, no se sintió nunca como un acto de nostalgia, sino como el producto de una fuerza viva que, por supuesto, se ha mantenido también activa en el plano discográfico. Su placa más reciente, “In Times New Roman…”, se lanzó a mediados de este año, y fue celebrada por los entendidos debido a sus saludables afanes experimentales.

A estas alturas, QOTSA tiene un repertorio lo suficientemente fuerte y diverso como para sostener un concierto largo y satisfactorio, que fue justamente lo que sucedió en el Forum a lo largo de dos horas. Y tiene también la virtud de manejar una propuesta que, pese estar completamente libre de aspavientos y de trucos escénicos -no hubo proyecciones, vides ni nada por el estilo-, mantiene constantemente entretenidos a sus seguidores, alternando momentos de hard rock inclemente y psicodélico con pasajes eminentemente bailables y cargados de muchísimo ‘swing’.

Todo lo dicho depende mayormente de la labor desarrollada por su líder, vocalista y guitarrista Josh Homme. Este no es un ‘frontman’ convencional, y no solo en el sentido de que es capaz de hacer solos excepcionales e inmediatamente reconocibles, sino también en lo que tiene que ver con el manejo de su voz, porque no grita casi nunca y manejo en cambio un registro apacible que recuerda ocasionalmente al de David Byrne, pero que no deja por ello de ser distintivo y posee otra clase de recursos (como el uso de un efectivo ‘falsetto’).

El carismático y conversador Homme, que formó parte de la legendaria banda de ‘stoner rock’ Kyuss, ha sido el único miembro estable de QOTSA a lo largo de la Historia, aunque la formación actual ha existido desde 2013 e incluye a Troy Van Leeuwen, quien se integró en 2002, luego de formar parte del influyente grupo A Perfect Circle. Van Leeuwen es también un excelente guitarrista, y sus propios solos se combinaron a veces con los de Homme para la obtención de resultados sobresalientes.

El grupo es también una caja de sorpresas en lo que respecta al contenido de sus letras, que resultan siempre misteriosas y abiertas a toda clase de interpretaciones, aunque evitan las cuestiones sociales y políticas. “My God is the Sun”, que se escuchó casi al inicio del show, es no solo un tema de poderío instrumental incuestionable, sino también una aparente loa al astro rey que tiene sentido cuando se considera que su compositor (Homme, claro está) no es adepto a ninguna religión institucional (aunque, en realidad, ha dicho en más de una ocasión que la fe que maneja se encuentra enfocada en la música).

Lo del sol está claramente relacionado al origen de Homme, quien nació y se crió en Palm Springs, California, y que es uno de los pioneros del llamado ‘desert rock’, un subgénero que es practicado también en cierta medida por QOTSA y que, además de su pesadez y de sus tonalidades psicotrópicas, se basa en escalas inusuales que desafían la percepción del oyente incluso cuando se empeñan en provocar el baile.

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Ese fue justamente el caso de tres piezas que se escucharon el sábado: la nueva “Emotion Sickness”, que, sin ser brillante, es una fascinante combinación de sonoridades extrañas y pinceladas de rock’n’roll de los ‘50; la maravillosa “I Sat By the Sun”, tan pegajosa como inspirada; y la infaltable “Little Sister”, dueña de uno de los riffs más reconocibles en la historia de la música contemporánea.

No todo tuvo la misma intensidad, al menos en términos de velocidad, como sucedió con “Carnavoyeur”, una impresionante reflexión sobre la mortalidad que Homme compuso mientras lidiaba con una forma indeterminada de cáncer, aparentemente superada. En este corte, proveniente del nuevo disco, él mismo asumió una tendencia más bluesera y oscura de la habitual, mediante el uso de un estilo vocal semejante al del gran David Bowie.

También hubo composiciones generosamente entregadas al rock’n’roll añejo que mencionamos arriba, como la animada “The Way You Used to Do”, marcada por un encantador patrón de ‘boogie’, y la sensual “Make It Wit Chu”, tan inspirada por los Rolling Stones que, en ocasiones recientes, ha sido fusionada con el clásico “Miss You”. Incluso en el aspecto físico, Homme tiene algo de Elvis y de James Dean que no se preocupa en ocultar.

No podían faltar, por supuesto, los ‘hits’ que se escucharon insistentemente en la radioemisora KROQ a inicio de la década del 2000, y que pertenecen todos al tercer álbum, “Songs for the Deaf” (2002).

Para sacarse un peso de encima desde el comienzo, los QOTSA empezaron el concierto con “No One Knows”, cuya intensidad es suficiente para ponerle las pilas a cualquiera; pero reservaron para el cierre “Go With the Flow”, otra pieza esencial del rock contemporáneo, y “A Song for the Dead”, un arrebato de rapidez que merecía un ‘slam’ que nunca se dio.

La actuación de Homme y compañía fue antecedida por un imperdible set de Spiritualized, la banda británica formada a inicios de los ‘90 que sigue siendo hasta el día de hoy un emblema del rock experimental, el ‘shoegaze’ y la psicodelia.

Pese a que eran teloneros, los ingleses tuvieron la oportunidad de permanecer cerca de una hora en el tabladillo, lo que les permitió ofrecer una muestra razonable de su arte ante los asistentes que se encontraban ya en el auditorio.

Sin preocuparse realmente por las expectativas que podían haberse generado entre quienes conocían su obra, el vocalista y guitarrista Jason Pierce hizo lo suyo sin levantarse de la silla que ocupaba y empleando el estilo lánguido de voz que lo distingue.

Claro que, desde allí, encabezó un apasionado ataque sonoro que se inició muy a lo Stooges, con la garajera y ruidosa “She Kissed Me”, pero que se metió inmediatamente después en terrenos mucho más apacibles con la interpretación de “Shine a Light” y “I’m Your Man”, dos canciones lentas y sugestivas que lo encontraron secundado por dos coristas.

El r’n’r desprolijo pero infeccioso regresó con “The Morning After”, resaltado por los aportes de una persistente armónica. La calma retornó con “Here It Comes (The Road) Let's Go” y sus delicadas inflexiones blueseras, sucedida por una inesperada y mucho más tranquila versión de “Silent Night”; y los trámites concluyeron con la extensa “The A Song (Laid in Your Arms)” y sus arranques de estruendo guitarrero. Valía la pena llegar temprano.

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Este artículo fue publicado por primera vez en Los Angeles Times en Español.