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RESEÑA: Carmen | Una historia de amor y rebeldía

RESEÑA: Carmen | Una historia de amor y rebeldía
RESEÑA: Carmen | Una historia de amor y rebeldía

“En los desiertos no te salvaste de la desgracia, las fatídicas pasiones se encuentran en todas partes. Y no hay defensa contra el destino”. Con estas palabras escritas en 1824 Alexander Pushkin cerraba uno de sus trabajos más notorios, el cual serviría de inspiración para uno de los títulos más importantes en la historia de la Ópera, así como su aria insignia. La opera prima de Benjamin Millepied, se había hecho la tarea de un difícil proceso de traducción con su Carmen (73%) y adaptación que buscaba alejarse de su origen, pero hacer eco de sus motivos y temáticas en una “muerte estética” sin fin.

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Se trata de una reimaginación —plenamente libre— de las obras, Carmen, novela de Próspero Mérimée y los poemas narrativos de Pushkin, Los gitanos, obra en la que el mismo Mérimée se inspirará para su historia. Y aunque en menor medida, y aún siendo “negada” por su director, la cinta también hace eco de uno de los lemotivs más importantes en la ópera homónima de Georges Bizet, de manera singular con L'amour est un oiseau rebelle (El amor es un ave rebelde).

Ya desde la primera escena es notorio que se busca crear una construcción visual y sonora impactante que, a pesar de ser difícil de conjugar con el imaginario hostil del desierto, logre transmitir la intensidad y el drama de la historia. Las imágenes utilizadas en la primera escena, echan mano de la danza como recurso narrativo de manera imponente y provechosa para ambientar el contexto del cual parte la historia, pero al mismo tiempo crean una fluidez paralela enhebrada el entorno áspero de la trama principal.

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Pero también es cierto que esta es un arma de doble filo a lo largo de la cinta, pues si bien por momentos la historia se complementa a la perfección con estas imágenes en otras parece contar una historia desconectada de la travesía de los protagonistas. Sin ser del todo gratuitas, el espectáculo visual se muestra en ocasiones ajeno al tempo de este relato.
Y es que los personajes de la historia se encuentran atravesados por la muerte y la tragedia, pero también están llenos de sueños y pasiones. Debido a lo anterior, estos podrían ser los únicos componentes que viajan intactos desde Pushkin, Mérimée, Bizet y Millepied. La Carmen de Melissa Barrera y el Aidan de Paul Mescal encarnan ese encuentro fortuito con el amor en un escenario de lo más adverso.

En esta nueva versión, la historia se aleja de los arquetipos de los escritos originales y sitúa a Carmen en el violento contexto de la frontera, con raíces ligadas a la cultura gitana que marcarán el ritmo —sobre las tablas— de la crónica de una tragedia anunciada. Por otro lado, Aidan, lejos de ser el personaje de un torero presa de los celos, es retratado como un hombre que lidia con sus propios demonios, con las pocas herramientas que cuenta un veterano de guerra, mientras sufre del síndrome de estrés postraumático que lo “marca con sangre” desde temprano en la historia, al igual que la más explícita simbología que Carmen lleva sobre su cabeza.

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Aquí entran en juego diversos factores, como el de un —virtual— miembro de un grupo paramilitar entrenado para exterminar migrantes que de pronto encuentra su vida entrelazada a la de una mujer que huye de la violencia al sur de la frontera, quien atraviesa el luto y el desarraigo desgarrador por la misma causa.

Pese a que la obra no logra aglutinar con éxito todos sus elementos en su ejercicio de respuesta estética que satisfaga completamente la reinterpretación de la narrativa original, se reconoce que las claras intenciones de actualizar el tema. Desde esta óptica, la migración en la frontera entre México y Estados Unidos es un punto a favor en la historia, ya que aborda un tema relevante y socialmente sensible que sí posee puntos tangiblemente unidos al pathos narrativo de Carmen como obra artística y a su respectiva relevancia en el mundo real, como lo es la crisis migratoria y todas las manifestaciones sociales que la acompañan.

El pathos de Carmen se origina en su búsqueda constante de libertad y autodeterminación. Es una mujer que se rebela contra las normas y convenciones de la sociedad, y se niega a ser controlada por otros. Su deseo de independencia la lleva a enfrentarse a las restricciones del mundo que la vio nacer y a desafiar las expectativas impuestas sobre los migrantes, particularmente siendo una mujer. Este anhelo de libertad la impulsa a encontrar una relación romántica y pasional, a la par que no la termina por alejar de las situaciones peligrosas y turbulentas. La historia parece querer “culpar” de esto a su alma gitana —más allá de que sí queda claro su vínculo directo con ella o no—, al siempre encontrarse observada por la mirada de una tercera que inquietante y reiterativamente se lo recuerda la audiencia.

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Otro aspecto fundamental del pathos de Carmen es su búsqueda de amor y conexión emocional. Aunque es una figura que puede llegar a leerse por medio de la seducción de su baile, también es vulnerable y se muestra en la búsqueda de un amor auténtico y genuino —filial o romántico. Sin embargo, el destino parece tenerle deparado un final que va de la mano con la violencia vista ya desde el inicio de su viaje.

La ambivalencia emocional de Carmen también contribuye a su pathos. Es un personaje que oscila entre la alegría y la tristeza, la pasión y la desesperación. A través de su pathos, Carmen encarna la lucha constante entre sus deseos, sus sueños y las realidad condicionante de su vida. Pero ya no marcada por caprichos y deseos carnales, como lo indica la tradición literaria que lleva en el nombre, sino desde una suerte dictada por el mundo y de la que ella busca escapar.

Pero no podemos dejar de lado que gran parte de la narración sucede a partir de una gran cantidad de exuberantes coreografías, que a su vez pueden interpretarse como un portal hacia un mundo distinto al que habitan los personajes, uno de ensoñación o fantasía donde sus problemas no existen y dónde es posible alcanzar un “ final feliz”.

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Así, la reinterpretación de Carmen (73%) como un reprise estético y musical busca aprovechar las técnicas narrativas de la ópera para profundizar en la historia y enriquecer la experiencia teatral en sus secuencias de danza plagadas de colores que sirven de antítesis a la crudeza del desierto. Y es que, aunque la historia se nutre de estas obras también se alejan mucho de la Carmen que encumbraría a María Callas, donde, al igual que en la ópera tradicional, la música se convierte en un elemento narrativo que refuerza temas y motivos —pasión y tragedia—, desarrolla a sus personajes principales confrontándolas a estas, e idealmente debería proporcionar una cohesión estructural.

Es así como en esta reimaginación de Carmen, la música se convierte en un lenguaje expresivo que resalta los temas centrales de la historia. Mediante el uso de reprises, se establecen melodías y motivos recurrentes asociados con los personajes, las emociones y las ideas fundamentales de la trama —las pasiones y la tragedia. Estas repeticiones crean cierto sentido de unidad y coherencia, permitiendo al público identificar y conectar con los elementos temáticos clave de la historia, que por momentos resulta un salvavidas narrativo en un tercer acto que parece perder el rumbo por momentos —aunque luego remonte con una excelente número musical a lo Amor sin Barreras (94%).

Asimismo, los reprises son utilizados para el desarrollo de los protagonistas, más concretamente su relación romántica, pues aquello que los une también es lo que los destruye, sin importar que estos sólo sean víctimas de sus experiencias de vida. A través de la repetición de temas musicales y coreografías, se pueden destacar los cambios emocionales, las motivaciones y los conflictos internos de Carmen y Aidan, a manera de ventana hacia el crecimiento o la regresión de los personajes, brindando al público una visión más profunda de su viaje emocional y psicológico.

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La intensidad dramática y la resonancia emocional de estos también se ven reforzadas por este marco de danza y música, con pasajes musicales en momentos climáticos o puntos de inflexión cruciales, se crea una mayor tensión, urgencia o catarsis, en un pulso constante de pasiones. Sin embargo, no escapará al espectador el hecho de que toda la estética desbordante tiende a desdibujar al trabajo interpretativo de su elenco protagonista—por otro lado, tan en sintonía con el papel de Rossy de Palma.

Y es que con dos nombres que se encuentran entre lo más sobresaliente de Hollywood en la actualidad, con proyectos como Aftersun (96%) y el exitoso regreso de Scream (78%), realmente tiene un dejo de oportunidad desaprovechada con la química de los personajes. Este hecho es aún más notorio en el personaje de Mescal, quién constantemente lidia con el hecho de encontrarse ajeno a la toma de decisiones sobre su propio destino, y aquellas que sí elige terminan en catástrofes, resultando así en un gran tramo de la historia en un simple espectador más a la estética del viaje de Carmen.

No obstante, al tratarse del primer largometraje por parte del director, quien hasta el momento había contado con una carrera totalmente dedicada al mundo de la danza profesional y las coreografías cinematográficas, es posible que en el futuro cercano nos pueda deleitar con una versión de su mirada con “esquinas bien pulidas” y menos distanciada del guión. Al final del día, lo que nos ofrece en esta película tiene un bono extra de valor por su alto grado de dificultad, con un festín visual que se roba la atención del público.

A pesar de que esta versión de Carmen se queda corta por poco para llegar a ser un filme completamente redondo, no se puede negar que sus escenas de apertura y cierre son sumamente impactantes y estarán grabadas en la mente mente de sus espectadores por un largo tiempo. Sin muchos más adornos, esto las convierte en una experiencia única que no debería ser pasada por alto.

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