El peligro tras el consejo universal tan extendido del "sé tú mismo"

Jennifer Delgado
·5  min de lectura

El mayor logro en la vida es ser uno mismo, en un mundo que está tratando constantemente de hacerte alguien diferente”, escribió Ralph Waldo Emerson. Y no andaba desacertado, pero su reflexión solo cuenta la mitad de la historia. Si queremos crecer como personas, superar nuestros límites y desarrollar nuestras potencialidades no podemos ser simplemente nosotros mismos, necesitamos ser nuestra mejor versión. Y la diferencia no es meramente terminológica.

Serás lo que crees que eres

Cuando nacemos no tenemos idea de quiénes somos. Nuestra personalidad se va formando con el paso de los años. Cada vez que nos exponemos a diferentes experiencias recogemos datos sobre nosotros mismos. Así vamos constatando si somos atrevidos y valientes o, al contrario, si somos más cautelosos y recelosos.

La retroalimentación que nos brindan quienes nos rodean también contribuye a formar nuestra personalidad. De hecho, no es extraño que terminemos incorporando en nuestra identidad las etiquetas que nos han puesto nuestros padres, maestros y amigos, sobre todo durante los primeros años de vida.

Esas experiencias - y lo que dicen sobre nosotros - se van acumulando en nuestra memoria autobiográfica, que es una especie de almacén donde no solo atesoramos nuestras vivencias a lo largo de la vida, sino también lo que somos, el núcleo duro de nuestra identidad.

El problema es que muchas de esas etiquetas se convierten en convicciones que nos limitan. Nos identificamos con ellas y las incluimos en nuestra personalidad, de manera que podemos terminar convenciéndonos de que somos personas tímidas, aburridas o poco creativas.

Quien está convencido, por ejemplo, de que no es bueno en Ciencias o en Letras, se esforzará menos para comprender esas materias porque piensa que “no vale la pena”. Por eso, lo pensemos sobre nosotros se convierte en una profecía que se autocumple y que reafirma la imagen que ya hemos elaborado.

La tendencia a reforzar la identidad, tanto lo bueno como lo malo

“En nuestra sociedad lo opuesto al coraje no es la cobardía sino la conformidad” – Rollo May [Foto: Getty Creative]
“En nuestra sociedad lo opuesto al coraje no es la cobardía sino la conformidad” – Rollo May [Foto: Getty Creative]

Diferentes estudios han demostrado que preferimos relacionarnos con aquellas personas que confirmen la imagen que tenemos de nosotros mismos. Una investigación realizada en la Universidad de Stanford comprobó que quienes tienen una autoestima baja suelen elegir parejas que tienen una imagen más desfavorable de ellas y son más críticas, mientras que quienes tienen una autoestima saludable eligen a parejas que les vean bajo una luz más positiva.

Esos descubrimientos dieron pie a la teoría de la autoverificación de William Swann, según la cual no solo tenemos la tendencia a autoconfirmarnos sino que también queremos que los demás nos vean a través de nuestra lente, ya sea positiva o negativa.

En general, los esfuerzos de autoverificación son adaptativos y funcionales ya que fomentan sentimientos de coherencia, reducen la ansiedad, mejoran el funcionamiento del grupo y erosionan los estereotipos sociales. Sin embargo, para quienes poseen una imagen propia negativa e inadecuada la autoverificación puede frustrar el cambio positivo y hacer que sus circunstancias en la vida sean más duras de lo que deberían ser”, apuntó Swann.

En realidad, todos anhelamos esa autoverificación porque las evaluaciones externas que coinciden con la imagen que tenemos de nosotros mismos hacen que todo parezca más coherente y predecible, lo cual nos transmite una sensación de seguridad. Validar nuestra identidad nos proporciona estabilidad a lo largo de la vida, confiriendo cierto orden y lógica a nuestras experiencias.

Sin embargo, cuando nos apegamos a etiquetas demasiado rígidas que supuestamente definen quienes somos corremos el riesgo de terminar convirtiéndonos en esclavos de nosotros mismos. Nos impedimos crecer escudándonos tras la excusa de que “somos así”. No aprovechamos nuestras potencialidades porque nos mantenemos atados a un “yo” que sigue cometiendo los mismos errores y replica los mismos tipos de relaciones.

Por eso debemos asegurarnos de intentar ser nuestra mejor versión, una versión que se actualiza constantemente para superarse a sí misma y que va cambiando según las circunstancias.

Identidad desarrolladora, la clave del crecimiento

Volver la vista atrás para intentar analizar y comprender por qué somos como somos no siempre es un ejercicio útil. La idea de reconstruir nuestra historia personal hasta llegar a un trauma olvidado de la infancia puede ser tentadora ya que nos brinda un “culpable” pero lo cierto es que nuestra identidad suele ser el resultado de diferentes experiencias de vida.

Generalmente no hay una causa con mayúsculas, sino muchas causas pequeñas. Repasar nuestro pasado puede conducirnos hasta el evento desencadenante, ese que más nos golpeó emocionalmente, pero no nos revelará todos los pasos que nos han llevado a ser cómo somos.

Por eso, la mejor estrategia para que nuestra identidad no se convierta en un lastre consiste en centrarnos en el presente. Un excelente ejercicio es preguntarnos: ¿qué haríamos si no fuéramos tan tímidos/miedosos/impacientes/rígidos/arrogantes/perfeccionistas? Quizá descubramos que esa etiqueta que arrastramos desde hace años es un límite para nuestro desarrollo y/o felicidad.

Necesitamos darnos cuenta de que el niño asustado o el adolescente tímido que fuimos no nos puede definir en nuestra vida adulta. Necesitamos aceptar que muchas veces los principales obstáculos están en nuestra mente porque al “ser nosotros mismos” nos condenamos a representar siempre al mismo personaje que repite el mismo guion.

El crecimiento auténtico es aquel que proviene de la autoconciencia, y a menudo eso implica reconocer partes de nosotros que no nos gustan, enfocarnos en nuestras debilidades y defectos. En ese punto tenemos dos opciones: adoptamos una postura conservadora pensando que “estamos hechos así y que no podemos cambiar” o abrazamos una identidad desarrolladora y trabajamos para cambiar todo lo que no nos gusta o limita.

El secreto es sencillo: esforzarnos cada día por ser la persona que nos gustaría ser.

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