Streaming: Borat no corre riesgos a la hora de burlarse de los norteamericanos con su humor cloacal

Hernán Ferreirós
·4  min de lectura

Borat Subsequent Moviefilm (EEUU, 2020). Dirección: Jason Woliner. Elenco: Sacha Baron Cohen, Maria Bakalova, Mike Pence, Rudy Giuliani, Tom Hanks. Duración: 98 minutos. Disponible en: Amazon Prime Video. Nuestra opinión: regular.

Borat, el personaje creado por Sacha Baron Cohen, salió de la televisión y llegó al cine y a la fama global en 2006, gracias a la exitosa película titulada con su nombre. El film es un mockumentary, o falso documental, que registra el viaje iniciático por los Estados Unidos de este periodista de Kazajistán -en la versión de la película, una nación tan retrógrada que su mayor festividad es "la cacería del judío"-. A través de la confrontación con personas reales de una sociedad en apariencia menos retrógrada que la suya, Borat cándidamente deja ver que las diferencias no son tan enormes: logra, por ejemplo, que todo un bar de rednecks se ponga a cantar el estribillo "tiremos al judío al pozo / para ser libres de una vez".

Buena parte del film es humor cloacal pero muy efectivo, cuyo punchline suele ser la ignorancia de este periodista del Tercer Mundo de las reglas más elementales de la civilización (también por eso, resulta paternalista y, a su modo, discriminador). Si tiene una relevancia política, proviene de la pretendida veracidad de aquellas escenas "documentales". Muchas situaciones de la película están abiertamente guionadas; otras parecen espontáneas, pero es difícil saber hasta qué punto lo son. En todo caso, resultaron lo suficientemente verosímiles para convencer a sus espectadores de que el antisemitismo estaba mucho más presente en la sociedad norteamericana de lo que parecía.

Catorce años más tarde, el mundo es otro. En esta tardía segunda parte, Borat sigue utilizando la misma "caja de herramientas", aunque ya no funciona del mismo modo porque sus víctimas y sus intenciones también son otras. En primer lugar, este nuevo film no revela nada que estuviera oculto. Algo equivalente a cada exabrupto o teoría conspirativa absurda enunciada allí puede escucharse hoy en cadenas de TV o es infinitamente replicado en redes sociales. Baron Cohen no usa la sátira para abrirnos los ojos ante una patología del poder o de la sociedad que no conocíamos: sencillamente se burla de la precariedad intelectual de algunos de sus interlocutores, siempre representantes de la middle America identificada con Donald Trump.

Cerca del comienzo del film, Borat ingresa a una ferretería y pregunta al vendedor cuántas garrafas de gas cree que se necesitan para asfixiar a unos gitanos. El hombre contesta dubitativamente que con las que lleva está bien. La película supone que deberíamos reírnos nerviosamente o espantarnos porque el empleado no se escandaliza ante la pregunta del personaje. Lo que en verdad sucede, si se mira con más detenimiento, es que -en caso de que la escena sea real- una celebridad expone a un trabajador para que los espectadores puedan regodearse de su superioridad moral. Lo más probable es que el hombre respondiera de tal modo para ser amable y librarse lo antes posible de semejante demente. Los racistas y sexistas desenmascarados aquí son, además del ferretero, un peluquero, una decoradora de tortas, una secretaria, una vendedora de ropa y, en el segmento más eficaz, un pastor que maneja una clínica pro-life dispuesto a barrer bajo la alfombra una violación con tal de evitar un aborto.

La única "víctima" de Borat que se sale de esta demografía es el exalcalde de Nueva York y abogado de Trump Rudy Giuliani. Un escena registrada con cámaras ocultas lo muestra con una mujer más joven (Maria Bakalova, quien interpreta a Tutar, la hija de Borat) en un dormitorio. Antes del estreno y tras la viralización de una foto que lo muestra con una mano dentro de sus pantalones y tirado en una cama, algunos medios hablaron de "situaciones comprometedoras". La foto es un dispositivo de marketing. Lo que se ve en la película es muy distinto a lo que se sugiere.

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Por todos sus chistes -algunos realmente graciosos- sobre la necesidad de enjaular a las mujeres por la noche y las canciones sobre "cortar en pedazos a periodistas, tal como hacen los sauditas", entre otros tópicos políticamente incorrectos, la película siempre apuesta a lo seguro y jamás corre riesgo alguno, porque en definitiva no manifiesta nada que no coincida con las ideas del progresismo, dominantes en el medio cultural norteamericano y excluyentes en Hollywood.

En toda la película aparece una sola persona negra: es la presencia más humana y sensata del film, la única que jamás se ve ridiculizada. La razón es clara: en tiempos de Black Lives Matter, un blanco tiene prohibido hacer chistes sobre negros. Y el humor de Baron Cohen no está para desafiar tabúes. En la película, en cambio, no faltan los "deplorables" con remeras de "All Lives Matter" acerca de los que hay permiso para decir cualquier cosa y así se hace.

Para dejarlo claro: no se está diciendo que sea un demérito ser antirracista y antitrumpista, sino que esta película se pretende irreverente y transgresora pero, calculadamente, jamás ejerce esos atributos sobre aquello que su propia tribu considera intocable. La transgresión ejercida con permiso es un contrasentido: es obediencia o cinismo.