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¿Por qué tantos milénials están yendo a Mongolia?

Espectadores conducen junto a un niño que compite en una carrera de caballos durante el Festival Naadam, una reunión de pueblos nómadas en Mongolia. (Lauren Jackson vía The New York Times).
Espectadores conducen junto a un niño que compite en una carrera de caballos durante el Festival Naadam, una reunión de pueblos nómadas en Mongolia. (Lauren Jackson vía The New York Times).

Era casi medianoche, una tormenta azotaba una carretera de terracería en medio de Mongolia. Aun así, el río parecía manejable.

Mi primo Cole Paullin y yo estábamos buscando un lugar para acampar, y yo estaba agotada tras un largo día vadeando arroyos en nuestro camión alquilado de cuatro por cuatro.

“Me parece bien”, comenté. “Adelante”.

Cole aceleró y las ruedas delanteras se precipitaron por un terraplén invisible y se estrellaron contra las rocas que había debajo. Estábamos encaramados en un ángulo precario, y la mitad delantera del camión estaba sumergida. El agua entraba por una rendija de la puerta y me mojaba los pies. Imaginé que nuestro depósito de alquiler se escurría río abajo.

Atraídos por el ruido, dos jóvenes se acercaron desde un campamento cercano. Uno vadeó el agua hasta la cintura en dirección al auto con un mensaje escrito en Traductor de Google: “Esto es peligroso”. Estaba demasiado avergonzada para asustarme.

Le presté mi impermeable mientras hacía algunas llamadas. Por suerte, había cobertura de celular. Al cabo de una hora, llegó un hombre con un camión y una correa de remolque. Dimos marcha atrás a toda velocidad mientras él aceleraba para sacarnos del río.

Vista desde la carretera asfaltada que serpentea hacia el oeste desde Ulán Bator, la capital de Mongolia. (Lauren Jackson vía The New York Times).
Vista desde la carretera asfaltada que serpentea hacia el oeste desde Ulán Bator, la capital de Mongolia. (Lauren Jackson vía The New York Times).

“Fue como Disneylandia, hermano”, comentó Cole, de 27 años, con un tono que recuerda a Los Ángeles, su ciudad natal. “Qué viaje”.

Cole y yo vivimos en continentes distintos —él en Filadelfia y yo en Londres—, pero una vez al año nos reunimos en algún lugar nuevo para hacer una excursión al aire libre. Este año, decidimos recorrer Mongolia en auto durante una semana.

En la última década, las personas milénials como yo —nacidas aproximadamente entre 1981 y 1996— hemos estado buscando lugares remotos como Mongolia, mientras que otros turistas abarrotan Santorini, la Torre Eiffel y el Coliseo. Puede que sea una reacción a un mundo cada vez más condensado en nuestros teléfonos, donde el mismo puñado de destinos aparece una y otra vez en las cuentas de Instagram y los blogs de viajes. Lo que hemos ganado en accesibilidad, lo hemos perdido en serendipia.

El gobierno mongol ha intentado sacar partido de este deseo de viajes menos comisariados. Ha invertido en una campaña de mercadotecnia digital dirigida a personas de entre 23 y 40 años. También ha invitado a influentes de las redes sociales a venir a Mongolia y publicar videos de los valles verdes del país, los lagos azul Caribe y las dunas de arena naranja. Según una encuesta de 2019 citada por el Ministerio de Turismo de Mongolia, el 49 por ciento de los visitantes del país eran menores de 40 años.

Los operadores turísticos están atendiendo este creciente interés, pues ayudan a los jóvenes a ver el Festival del Águila Dorada, una reunión anual de cazadores nómadas —hombres y mujeres— y sus águilas; a unirse al Mongol Rally, una odisea en auto a través de Europa y Asia; o a montar en el Mongol Derby, una carrera de caballos de aproximadamente 966 kilómetros.

“El mundo es cada vez más pequeño, y todo el mundo busca la nueva frontera”, afirmó Sangjay Choegyal, residente de 36 años en Bali, que ha visitado Mongolia ocho veces. “El próximo lugar es Mongolia”.

Un imán para los que buscan aventuras

Cuando Cole y yo llegamos a Ulán Bator, la capital, a finales de julio, la fila para extranjeros abarrotaba la nueva sala de inmigración del aeropuerto.

Olivia Hankel, una joven de 25 años de Oregón, había venido a entrenarse para el Mongol Derby. Willie Freimuth, un estudiante de paleontología de 28 años de Carolina del Norte, había vuelto por segundo año para estudiar fósiles. Y Choegyal había volado con unos amigos para hacer un viaje por carretera al valle del Orjón, una exuberante extensión del centro de Mongolia.

“Cuando se habla de un viaje a Mongolia, siempre se llena bastante rápido”, afirmó Choegyal.

El año pasado, Mongolia recibió casi 250.000 visitantes, más de seis veces la cantidad del año anterior, cuando el país salía del aislamiento pandémico. La mayoría de esos visitantes procedían de países cercanos, como Rusia, Corea del Sur y Kazajistán. Pero el número de visitantes de Europa y Estados Unidos aumentó más de un 500 por ciento entre 2021 y 2022.

“Creo que se puede tener una experiencia mucho más interesante, transformadora y atractiva en un retrete mongol que en el Taj Mahal”, señaló Tom Morgan, fundador de Adventurists, una empresa que organiza viajes extremos en el país. Y aconsejó: “Es mejor no planear”.

Una tienda de acampar con cuatro ruedas

Cole y yo no habíamos planeado gran cosa. Llegamos solo con nuestras mochilas y una reserva de auto de alquiler de Sixt, que no estábamos seguros de que fuera real. Las oficinas de Sixt en Mongolia funcionan mediante transferencia bancaria y, antes de llegar, habíamos enviado más de 2000 dólares a su cuenta. Me preocupaba que pudiera ser una estafa.

Nos sentimos aliviados cuando llegamos a Sixt y vimos que tenían nuestra reserva. Entonces nos dieron la mala noticia: un grupo anterior había destrozado el todoterreno que habíamos solicitado. Un viaje de 4828 kilómetros por las numerosas pistas de tierra del país había destrozado la parte inferior del auto. El agente nos ofreció una camioneta UAZ de fabricación rusa equipada con una tienda de campaña en el techo. No tenía estéreo y el aire acondicionado era un débil chorro de aire caliente, pero era robusta.

Tuvimos suerte de conseguirla. En Sixt estaba casi todo ocupado, al igual que otros proveedores de la ciudad.

“Hemos agotado las plazas tres veces esta temporada. Así que añadimos más fechas”, explicó Max Muench, de 31 años, cofundador de la empresa de viajes Follow the Tracks. Su empresa, que empezó a organizar viajes el año pasado, ayuda a los clientes a reservar autos y les da tabletas con mapas descargados que pueden utilizar para navegar sin conexión a internet. “Especialmente ahora, después de la pandemia de COVID, la gente quiere volver a sentir la sensación de libertad”, opinó. “Y la buscan en el vasto vacío de Mongolia”.

Nómadas guiados por Google Maps

Pronto descubrimos cómo era ese vacío.

Aproximadamente la mitad de los más de 3,2 millones de habitantes del país viven en la superpoblada capital, una maraña de carreteras y nuevos rascacielos que se extienden en todas direcciones. Pero alrededor de una cuarta parte de Mongolia sigue siendo nómada y vive en la estepa sin bordes, en gers o yurtas, tiendas redondas hechas de madera, lona y pieles de animales o tela. Se desplazan con sus rebaños hasta cuatro veces al año.

Al salir de la ciudad, guiados por Google Maps, el cielo era tan amplio que el horizonte parecía curvarse. Una manada de caballos roía la hierba y agitaba la cola para espantar a las moscas. Buscábamos a los parientes lejanos de la caballada mientras dirigíamos el camión hacia el Parque Nacional Hustai, un refugio para lo que el Instituto Smithsoniano llama los últimos caballos verdaderamente salvajes que quedan en el mundo.

Tras casi una hora por una carretera de tierra, nos detuvimos ante una pequeña y polvorienta puerta de entrada. Le pregunté al director del parque nacional, Batzaya Batchuluun, si a los visitantes les costaba encontrar el lugar. “La mayoría viene con un guía. Pero los jóvenes como tú empiezan a venir solos”, me dijo. “Tienen teléfonos. Al final llegan aquí”.

Mongolia está sorprendentemente conectada. A pesar de los largos tramos entre aldeas, tuvimos servicio de internet móvil en gran parte de nuestro viaje (con una tarjeta SIM mongola). Un día, mientras observaba a los camellos en el desierto, pude incluso hacer algo absurdo: probar suerte con Ticketmaster para conseguir entradas para la gira The Eras de Taylor Swift. (Como tantos otros, me llevé un chasco).

El gobierno mongol ha estado trabajando para ampliar el acceso a internet para ciudadanos y turistas. Se calcula que el 84 por ciento del país tiene acceso a internet, y los gers suelen tener paneles solares que mantienen cargados los móviles de cada familia. El gobierno también ha trabajado para pavimentar las carreteras que unen a Ulán Bator con los destinos más populares.

Y entonces llegó una araña

Tras días de conducción lenta y todoterreno, por fin llegamos al resplandeciente lago azul de Ubsugul, nuestro destino final. Queríamos pasar la noche en un ger, así que llamamos a Erdenesukh Tserendash, un pastor de caballos de 43 años apodado Umbaa. Su número estaba en Facebook.

Umbaa, su mujer y sus dos hijos nos acogieron en una de las tiendas de su familia, iluminada con focos conectados a baterías de auto. Para cenar, la familia sirvió carne hervida de oveja y caballo en una bandeja comunal con zanahorias y patatas. Después de cenar, abrieron los huesos y chuparon el tuétano, y antes de acostarnos, tomamos té con leche de yak. Mientras estaba allí tumbada, a la luz del móvil, noté algo en mi cara y me di un manotazo. Era una araña del tamaño de una moneda de 25 centavos.

Al día siguiente, Umbaa nos llevó a dar un paseo a caballo de un día entero. Cabalgamos por prados de flores silvestres, vimos renos y subimos a una montaña con vistas al lago, para comer tomando el sol, un final idílico para nuestro viaje.

c.2023 The New York Times Company