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“Es la televisión, estúpido”: los pequeños detalles que hicieron ganar o perder los debates presidenciales

Debate Presidencial 2023 en Santiago del Estero.
Debate Presidencial 2023 en Santiago del Estero. - Créditos: @MAXI FAILLA

Una inesperada y simple pregunta lanzada al aire por Howard K. Smith sepultó -aunque no para siempre- las aspiraciones presidenciales del poderoso candidato republicano. Ese día, el 26 de septiembre de 1960, miles de espectadores estaban frente al televisor blanco y negro mirando el debate más importante de la historia: John Fitzgerald Kennedy versus Richard Nixon.

“¿Se siente usted bien, señor Nixon?”, consultó algo preocupado el periodista de la CBS News ante una imagen personal de aspecto frágil. Nixon había llegado a la contienda retórica como vicepresidente de Dwight Eisenhower, un hombre maduro, fuerte y serio, pero que ante cámara parecía pálido, deslucido y algo sudoroso. En el otro extremo, el joven Jack aspiró profundo. Nadie lo dijo nunca, pero podemos imaginar que interiormente supo que había ganado. Poco más tarde, Kennedy se convirtió en el primer presidente moderno de los EE.UU. El contraste visual entre su aspecto relajado y enérgico en la pantalla y el de Nixon, estragado y nervioso, según numerosos analistas, resultó fundamental para el triunfo demócrata de ese año. La historia de los debates presidenciales transmitidos por televisión empezó a escribirse ese día a través de pequeños grandes detalles.

Nixon y Kennedy, en el primer debate
Nixon y Kennedy, en el primer debate - Créditos: @YouTube

Hoy, precisamente 63 años después, se realizará la segunda disputa entre candidatos a presidentes transmitido por la TV argentina correspondiente a este proceso electoral. Ya pasó un debate. Y dejó gusto a poco, cabe agregar. El elenco conformado por Patricia Bullrich, Javier Milei, Sergio Massa, Juan Schiaretti y Myriam Bregman actuó mucho, argumentó como pudo dentro de tiempos acotados –que resultan eternos-, pero no logró tocar la fibra emotiva, condición crítica del espectro televisivo. Ninguno de los candidatos pudo activar al menos levemente la sustancia emocional interna de los espectadores ni eclipsar en los mismos términos a los otros candidatos. El rating del primer debate alcanzó 42 puntos sumados todos los canales. O sea, una enormidad en tiempos donde el mayor rating logrado por un programa este año fue de 22 puntos con Gran Hermano.

Candidatos
Candidatos - Créditos: @Pablo Lobato

La televisión es show. No importa quién aparezca en pantalla. Algo debe ocurrir más allá de las exposiciones. En ocasiones, una cara funciona o no funciona en la televisión, salvo que la dimensión del personaje fagocite la luz del LCD. Parece simple, pero resulta de una complejidad misteriosa. En estos contextos hasta Albert Einstein podría haber perdido cualquier debate de TV frente a un charlatán. No es justo ni injusto, sencillamente, es “la televisión, estúpido”.

El lenguaje comunicacional en un estadio de debate incluye apariencia visual, habilidades de comunicación efectiva, gestualidad y contacto visual, cautela en la crítica y respuesta directas. Habilidades, todas juntas, que no suelen comprarse en el kiosco de la esquina.

Para conocer un poco mejor lo que ocurrió el domingo pasado y lo que podría suceder esta noche hay que recorrer el archivo. Milei, uno de los grandes protagonistas del show porque estimula cierta expectativa morbosa. Dada su naturaleza de nativo televisivo tiene algunas herramientas muy incorporadas en su trasiego por paneles y sets de los distintos canales. En una entrevista con LA NACION, antes de que fuera el candidato más votado en las primarias contó que su gran maestro había sido Mauro Viale. “Él me enseñó a estar en la tele. Yo lo quería mucho. Conmigo se portó maravillosamente bien, a pesar de nuestras discrepancias ideológicas”, explicó antes de señalar que Viale le había enseñado “el truco” de los medios: “Yo tengo la mala costumbre de llegar siempre antes a las citas. Un día llego temprano al canal y me encuentro con Mauro. Los dos teníamos tiempo y nos pusimos a charlar. ‘Mirá, yo te voy a explicar cómo es el truco acá –me dijo-. Vos tenés que pensar en un round de boxeo. Tenés que exponer tu idea en tres minutos, pero en el primer minuto tenés que meter una piña de nocaut, tirar un título construido de una manera tal para que quede el zócalo, que no tenga fisuras, para que no te rompan el argumento’”.

Buscando las nubes de Úbeda

Una televisión más pobre, sin tanto énfasis en el espectáculo. Un estudio desnudo, un atril robusto y primitivo para Bernardo Neustadt; dos escritorios largos y descoloridos, humo de cigarrillos y tonos marrones y grises fue el escenario del recordado debate entre el por entonces senador por Catamarca y jefe de la bancada peronista, Vicente Saadi -lo viejo- y el canciller Dante Caputo -lo nuevo-. El 15 de noviembre de 1984 los dos políticos inauguraron los debates telvisados en la argentina a partir a partir de las distintas posturas frente al plebiscito nacional por el canal de Beagle. De aquella noche épica para la TV lo más recordado fue la extravagancia de Saadi -entre otras disrupciones estéticas- cuando le pidió a Caputo que no se fuera por “las nubes de Úbeda” . Inmediatamente la opinión pública tomó la frase del senador como una cosa hilarante. Si ese debate lo ganó Caputo, por lejos, Saadi hizo un aporte memorable a la fraseología popular. El formato de aquella discusión televisada fue muy distinto del actual. Los protagonistas podían discutir argumentos sin tantos reglamentos, al estilo old shool, y mucho más divertido.

No hay una sola técnica, a juzgar por las diferentes experiencias en los debates. Pero la primera impresión pesa en la pantalla. Los espectadores a menudo hacen juicios iniciales basados en la apariencia física de los participantes, incluyendo su vestimenta, postura, expresiones faciales y gestos. En este sentido un análisis a vuelo de pájaro nos ubicó a un Milei en tonos oscuros y a una Bregman, en las antípodas, con un saco verde y camisa blanca. ¿Qué quiere decir esto? Tal vez nada o, tal vez, mucho. Milei eligió un atuendo acorde a lo que él considera expresa mejor su estilo y, también, en una visión posible, reflejaría más acertadamente el clima dark de época. En cambio, la candidata del FIT buscó convalidar sus credenciales de feminista global con su saco verde y cierto aire a Hillary Clinton. Bullrich comunicó lo que ella entiende mejor para el contexto: austeridad ante todo, al modo Angela Merkel. Massa, por su parte, eligió la neutralidad de quien cuanto menos llame la atención por el lado estético, mejor. Juan Schiaretti se inclinó por un atuendo sobrio, clásico, de un hombre con experiencia y maduro.

A la hora del encendido de los reflectores, el formato del debate posibilitó lucimientos y claroscuros. Quizá uno de los aciertos de esta temporada es la inclusión de la pregunta y el botón rojo entre los participantes. La pantalla partida entre el que pregunta y el que responde le otorga cierto dramatismo al momento televisivo. Sucede que quien escucha la respuesta tiene el micrófono desactivado, con lo cual, en esos segundos infinitos todo depende de su gestualidad. Milei fue por el lado de los rictus y Bullrich aprovechó para tomar agua directamente de una botella. No obstante, es un lapsus crítico que, por ahora, no fue aprovechado totalmente por los candidatos. Habrá que ver si esta noche eso cambia.

Cabe recordar que no siempre hubo debates presidenciales en la Argentina. Esta costumbre fue inaugurada por ley en 2014 y terminó materializándose en las elecciones de 2015 que tuvieron a Mauricio Macri y Daniel Scioli como animadores principales. Desde ese año, o sea, no hace mucho, la democracia argentina incorporó el debate televisivo como una condición para acceder a la presidencia.

De aquella oportunidad, entre Macri y Scioli, quedaron inmortalizados -si es que algo así puede ser inmortal- dos momentos que no tuvieron nada que ver con los argumentos políticos y técnicos que esgrimieron los candidatos. La frase “en qué te han transformado, Daniel” y la escena final del beso entre el candidato de Cambiemos con Juliana Aguada, mientras Scioli parecía perdido en el escenario con su pareja de entonces, Karina Rabolini, lejana, de fondo, selló la suerte de la contienda en términos telvisivos. Pequeños detalles, pero decisivos.