Carlota de Prusia: otra rebelde en la realeza alemana

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Sus habituales cotilleos la convirtieron en uno de los personajes más temidos de la Corte de Berlín. Nieta de la reina Victoria de Inglaterra e hija del efímero emperador Federico III de Prusia, Carlota de Prusia llevó una vida díscola que provocó continuos enfrentamientos con su hermano, el kaiser Guillermo II. Casada por intereses políticos con Bernardo III de Sajonia, vivió en Berlín y en Cannes aunque nunca logró escapar a la fama de chismosa que durante décadas fue cosechando. Apodada como Charly entre sus familiares, se ganó reputación de frívola entre los familiares. Sus más cercanos le guardaron siempre pocos afectos.

Carlota de Prusia
Carlota de Prusia

Carlota nació en Postdam en 1860 en los días en los días del reinado de su abuelo, Guillermo I de Prusia. Era la primogénita del entonces heredero al trono Federico III y de Victoria, princesa real, la mayor de las hijas de la reina Victoria. Su infancia transcurrió en Berlín cuando Bismarck articulaba la unificación del Imperio y una serie de sistemas diplomáticos destinados a convertir Alemania en la nación más poderosa de Europa. Tuvo siete hermanos, aunque las relaciones con ellos fueron muy tirantes. Desde niña dio muestras de un carácter irascible y caprichoso, con inclinación a crear polémica entre sus hermanos a los que ridiculizaba sin pudor. Sus continuos berrinches y brotes de rabia la convirtieron en una princesa díscola y difícil desde adolescente.

En un clima de intereses estratégicos en los que las familias reales se utilizaban como piezas de cambio para acercamientos políticos, se concertó su matrimonio con Bernardo II, entonces príncipe heredero del pequeño ducado de Sajonia-Meiningen y veterano de la guerra franco-prusiana. Se casaron en Berlín en 1878 y entre los invitados se encontraban los tíos maternos de Carlota, el príncipe de Gales -futuro Eduardo VII- y los duques de Connaught. Ella fue siempre la pieza dominante de la pareja quien, además, jamás dejó indiferente a nadie por su lengua afilada y sus insidiosos comentarios en las reuniones de sociedad. En 1879 nació su única hija Feodora, primera bisnieta de la todopoderosa Victoria de Inglaterra. Pero Carlota se dedicaba a la vida social y apenas prestó atención a la formación de la niña. Su abuela materna se quejaba en una carta de esta carencia, “el ambiente de su hogar no es el mejor para una niña de su edad (…) ¡Apenas sabe lo que es la vida hogareña!”.

Carlota de Prusia junto a su hija
Carlota de Prusia junto a su hija

El matrimonio vivió en un palacete cercano a Tiergarten hasta que, en 1893, como príncipes herederos se establecieron en el palacio ducal de Meiningen. En junio de 1914, Bernardo sucedió a su padre y se convirtieron en príncipes soberanos. Pero apenas unos días después, el atentado de Sarajevo provocaba el inicio de la guerra y el final de una era.

Carlota de Prusia pasaba largas temporadas en su villa de Cannes, el lugar de veraneo más demandado por la realeza durante el primer tercio del siglo XX. Fue aquí donde se vio directamente implicada en un escándalo relacionado con unas cartas difamatorias y la distribución de unos grabados anónimos, un tanto obscenos, en los que se hacía alusión a familiares prominentes que escandalizaron a la buena sociedad por su contenido y morbidez. Aquello hizo que las relaciones con su hermano Guillermo II se tensasen más. Quiso también arruinar la reputación de su hermana Sofía, casada con el heredero al trono de Grecia y abuela de nuestra emérita. Además, las relaciones que mantuvo con su prima, la reina Missy de Rumanía, fueron nefastas.

Carlota de Prusia fue un personaje excéntrico en la vida de la realeza. Se quejaba continuamente y con aspavientos, de mareos, náuseas y convulsiones; era caprichosa, fumaba y hacía importar todo su vestuario desde París, la capital de la moda. El pintor húngaro Felipe de László le realizó varios retratos en los que, aunque no guapa, si se la refleja en la altivez que la caracterizaba.

Carlota de Prusia falleció en Baden-Baden el 1 de octubre de 1919, tras la derrota alemana en la Gran Guerra y cuando los Hohenzollern ya habían perdido el Imperio.Sus restos descansan en el palacio de Altenstein, en Turingia.