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Los Fabelman, una película en la que Steven Spielberg se anima a contar su propia historia

Paul Dano, Mateo Zoryan y Michelle Williams en una de las primeras escenas de Los Fabelman
Paul Dano, Mateo Zoryan y Michelle Williams en una de las primeras escenas de Los Fabelman - Créditos: @Merie Weismiller Wallace/Universal Pictures and Amblin Entertainment

La primera escena de Los Fabelman, la nueva película de Steven Spielberg –que se estrena el próximo jueves en nuestro país– transcurre en una fría noche de diciembre de 1952 en Nueva Jersey, en la que Burt y Mitzi Fabelman llevan por primera vez al cine a su pequeño hijo. Con poco más de seis años, Sammy, como le dicen todos, no está muy convencido de querer entrar en la sala. La oscuridad y “las personas gigantes” que sabe que aparecerán en pantalla lo atemorizan demasiado. Y entonces, mientras hace la fila para ver El espectáculo más grande del mundo, de Cecil B. DeMille y para calmar su ansiedad, su papá le explica en detalle los aspectos técnicos de la proyección cinematográfica mientras su mamá apela a la poesía. “El cine es un sueño”, le dice, convencida de que ese será el argumento que tuerza la aversión del niño.

Esas dos formas tan diferentes de ver el mundo –la lógica de la ciencia frente a la imaginación del arte– funcionan como el tensor que parte el corazón del film que Spielberg definió como “una sesión de terapia de 40 millones de dólares”. Es que el film, uno de los candidatos más firmes en la actual temporada de premios en Hollywood –que seguramente recibirá más de una nominación al Oscar el martes 24– es un relato semiautobiográfico, una fábula –apropiadamente referenciada en el título–, que cuenta su fascinación con el séptimo arte y el modo en que sus lazos familiares moldearon no solo su personalidad sino también su extensa y prodigiosa obra.

Steven Spielberg junto al elenco de Los Fabelman, un retrato de su propia historia familiar
Steven Spielberg junto al elenco de Los Fabelman, un retrato de su propia historia familiar

En el transcurso de sus más de cinco décadas como realizador, se han escrito innumerables artículos periodísticos y tesis académicas sobre el impacto de la filmografía de Spielberg en el entramado emocional de los espectadores de todo el mundo. La misma cantidad de teorías se elaboraron respecto al modo en el que su historia personal funciona como una explicación ontológica de todos sus películas. Los temas que aparecen una y otra vez en sus films -familias disueltas, padres ausentes, mundos repentinamente fuera de control, el inmenso miedo a lo desconocido– trazan una línea punteada entre las diferencias de sus padres (y su divorcio) y la pantalla.

Aunque en Los Fabelman la relación de causa y efecto entre las peculiaridades de su crianza y su amor por las propiedades mágicas del entretenimiento para divertir y distraer está representada expresamente, ese lazo de alguna manera u otra siempre estuvo presente en la carrera de Spielberg, una trayectoria inmensamente exitosa tapizada de metáforas que apenas enmascaraban los sentimientos de aquel chico de Arizona que se sentía todo menos un éxito.

Desde el comienzo con Reto a muerte, su primer largometraje hecho para la TV, un frenético duelo entre un ser indefenso forzado a sobrevivir frente a una amenaza monstruosa que no comprende, el director no perdió de vista sus años en la secundaria como objeto del bullying de sus compañeros, que lo hostigaban sin descanso del mismo modo incansable que el villano de Tiburón amenazaba las costas de Amity Island. Un tiempo de incertidumbre y sufrimiento que aparece reflejado en Los Fabelmans cuando el Sammy ya adolescente, interpretado por Gabriel LaBelle, se encuentra con el antisemitismo cuando la familia se muda de Arizona al norte de California.

Desencuentros cercanos de cualquier tipo

Casi como si cada una de sus películas lidiara con algún trauma específico de su infancia, en su primera película para cine, Loca evasión –la reunión de una familia separada por las circunstancias– Spielberg evocaba su fantasía de reparar lo que la separación de sus padres había roto, un tópico que también aparece en Encuentros cercanos del tercer tipo, que él mismo catalogaba, al menos hasta ahora, como su película más personal. Para aquel relato que empezó a escribir a los 17 años imaginó al protagonista, Roy Neary –el personaje que interpreta Richard Dreyfuss– como un reflejo de su abandónico padre, alguien dispuesto a poner su obsesión por sobre su familia: en el caso del señor Spielberg era su trabajo; para Roy, el espacio.

Más allá de sus intenciones de hacer del cine su terapia –la única vez que recurrió a ella fue cuando visitó al psiquiatra de su padre en busca de un certificado que le evitara ser reclutado para la guerra de Vietnam–, en aquella película, que le consiguió su primera nominación al Oscar como mejor director, hasta su inconsciente aportó un granito de arena para alinear la ciencia ficción con el drama familiar. Así lo confirmó el propio Spielberg en una de las entrevistas que le hizo hace años James Lipton en el programa Inside the Actor’s Studio y que las redes suelen rescatar cada tanto para deleite de los fanáticos de ambos.

En la charla, Lipton le pregunta al director respecto de la decisión de hacer que la comunicación entre los extraterrestres y los humanos en el clímax de Encuentros cercanos del tercer tipo fuera a través de música generada por computadoras. “Tu padre era ingeniero en computación, tu madre era música. Cuando la nave espacial aterriza, ¿cómo se comunican los alienígenas y los terráqueos?”, inquiere Lipton. Y el director sonríe, dice que le gusta la pregunta y contesta con un suspiro: “Ya lo respondiste”. “Hacen música a través de las computadoras y así pueden comunicarse”, explicita Lipton, a lo que el director agrega: “Me gustaría decir que esa era mi intención, representar a mi madre y mi padre en ese contacto, pero no fue hasta este preciso momento en que me di cuenta de lo que hice. Te lo agradezco”. Una confesión que resuena más fuerte al ver su nueva película, una obra construida a base de recuerdos, nostalgia y enormes dosis de ensoñación y fantasía. Como todos los films de Spielberg, aunque en Los Fabelman el dolor aparece sin ocultarse.

Gabriel Labelle y Michelle Williams en Los Fabelman
Gabriel Labelle y Michelle Williams en Los Fabelman - Créditos: @Merie Weismiller Wallace/Universal Pictures and Amblin Entertainment

Con Los Fabelman, escrita por Spielberg junto a Tony Kushner –habitual colaborador desde los tiempos de Munich decidió descorrer la cortina para que el público fuera testigo de aquello que lo hizo ser quién es, de su inspiración y de su talento innato para convertir sus fantasías en imágenes comprensibles y disfrutables para todos. Antes de la película en la que Michelle Williams interpreta a Mitzi (una versión desgarradoramente frágil de su madre Leah) y Paul Dano es Burt (avatar de su papá Arnold), el director solía explicar su temprana avidez por la cámara y su prolífica carrera con una frase más bien críptica: “No era divertido ser yo en las pausas entre una filmación y otra”.

Lo decía en Spielberg, el documental realizado en 2017 por Susan Lacy –disponible en HBO Max– en el que también aparecen sus tres hermanas menores recordando las pequeñas “pruebas” a las que las sometía el niño Steven, que las encerraba en un armario junto a una calavera para escuchar sus gritos. “Antes nos asustaba a nosotras, ahora asusta al mundo”, se reían ellas, su primer público. Volvieron a serlo cuando el director tuvo listo el primer corte de Los Fabelman. Después de todo, lo que cuenta ahí –despojado de los disfraces de los géneros que tan bien sabe utilizar– es también la historia de ellas. Aunque, claro, como ocurre con todas sus películas, una vez más la fábula es un poco el cuento de todos los que alguna vez fantasearon con convertir sus mayores temores en un tiburón atrapado; a sus padres en extraterrestres amorosos y a sí mismos en intrépidos arqueólogos listos para emprender la próxima aventura sin que se les caiga el sombrero.