"Somos discriminadas porque parimos y criamos": la crueldad de una sociedad que abandona a sus madres

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En el muro de una amiga de Facebook, psicóloga, madre y esposa, llamada Mónica Álvarez, saltó hace pocos días un recuerdo en el que decía «Estoy segura de que los griegos se robaron el concepto de "Atlas". Quien lleva el mundo sobre sus espaldas somos las amas de casa. Trabajo, hijos, estudio, hogar... Tomaron el concepto, quitaron la imagen de la mujer, pusieron un tío cachas, y a hacer historia».

(Getty Creative)
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En pocas palabras, y en clave de ironía, Mónica resumió un problema muy complejo y grave en nuestras sociedades que ha afectado a las mujeres a lo ancho y largo del mundo en distintas gradaciones. Un orden que engendra desigualdad y somete a las mujeres a violencia estructural global. Los hombres en general disfrutan de tiempo para sentarse a hacer nada, para dedicarse al autocuidado, a su desarrollo personal y económico, mientras las mujeres vamos cada día sin parar llevando el peso de todas las funciones de cuidados que nadie paga, en franca desventaja de oportunidades de cara al autocuidado, el propio desarrollo personal y logro de estabilidad patrimonial y económica. Sin duda se trata de una injusticia contra las mujeres invisibilizada socialmente.

Soy mujer, madre de dos mujeres y esto me importa mucho. Las relaciones de poder planteadas a lo largo de la historia de nuestra civilización ubica al sexo femenino por omisión y en distintas formas, implícitas y explícitas, dentro de una posición de mayor dependencia y vulnerabilidad frente a los hombres. Las cifras publicadas por organismos internacionales facultados en la materia lo demuestran claramente. Habrá excepciones en las que ocurra a la inversa, pero somos las mujeres las más afectadas a escala poblacional.

¿Cuánto hemos avanzado en las reivindicaciones reales de nuestros derechos?

Es verdad que hace apenas un siglo no podíamos ir a la universidad, ni votar, ni acceder a espacios laborales fuera del hogar, que incluso nuestro patrimonio heredado pasaba al control del cónyuge u otro varón designado, que nuestros esposos, padres o hermanos tenían la potestad de autorizar cualquier movimiento, decisión o transacción sobre nuestras vidas, bienes, etc., aún siendo mayores de edad, pero en el siglo XXI todavía el acceso de las mujeres a la propia autonomía económica y la seguridad patrimonial, sigue siendo precario respecto a los varones. Ganamos menos que los hombres en los mismos puestos de trabajo. Somos discriminadas porque parimos y criamos. Las funciones de maternidad y crianza no encajan dentro de un orden laboral productivo diseñado por y para el sexo masculino. Nos empobrecemos económicamente al devenir madres y al ocuparnos de criar a nuestros hijos. El ejercicio de la maternidad y de la crianza o cuidado de los niños por la propia madre, a pesar de ser vital para el desarrollo de nuestra especie, no es reconocido, protegido ni remunerado. Las mujeres nos invisibilizamos socialmente y perdemos más autonomía económica con la maternidad.

(Getty Creative)
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Es cierto que en algunas sociedades hemos avanzado bastante hacia el reconocimiento de ciertos derechos pero todavía queda mucho camino por recorrer. No estamos en la Edad Media sin embargo en las calles algunos varones se creen aún con derecho de hostigarnos con provocaciones sexuales que se manifiestan desde comentarios obscenos hasta tocarnos una nalga o un seno... qué decir entonces de lo que ocurre en espacios privados.

Es común que nos manden a callar sutil o explícitamente, que banalicen o invaliden nuestras opiniones o criterios por el solo hecho de ser mujeres. La misma opinión emitida por un varón tiende a ser aceptada con más credibilidad porque se le otorga por descontado mayor autoridad, experticia o sapiencia que a una mujer. ¿Cuántas veces citamos a autores y cuántas a autoras, por ejemplo, para refrendar una posición, criterio u opinión sobre cualquier asunto? ¿Cuántas veces en medio de intercambios de opiniones los hombres y las mismas mujeres validan el criterio del cuñado, del colega de trabajo varón o del yerno y desestiman las opiniones o criterios de su mujer, amiga o hermana?

En el terreno doméstico, como lo ha explicado en clave de ironía Mónica Álvarez, los números indican que seguimos siendo las mayores responsables de la carga incluso aun aportando tanto o más que nuestras parejas al presupuesto familiar, lo que se traduce en mayor desgaste y menos oportunidades para el desarrollo personal y la construcción de autonomía económica para el sexo femenino.

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Queda mucho por hacer hasta lograr que el hecho de nacer mujer no se asocie a condiciones de desventajas, a la pobreza, a mayor vulnerabilidad ante el abuso de poder y, por tanto, a vivir en una necesidad constante y agotadora de empoderamiento.

Cada vez más mujeres deciden no ser madres

De hecho muchos países del llamado Primer Mundo presentan cifras alarmantes de demografía negativa Las mujeres que eligen no ser madres lo hacen por muchas razones, pero tengo la percepción de que la mayoría lo está haciendo porque han visto o porque intuyen sin ser muy conscientes de los detalles, que devenir madres las lanzaría casi automáticamente a una situación de mayor precariedad, las empobrecería, las dejaría prácticamente solas sacando adelante la crianza, reventándose para cuidar a los hijos, cumplir con el trabajo y con las labores domésticas con poco o casi cero apoyo social, familiar o de la pareja, siendo que la gran mayoría de hombres aún no termina de asumir como propia la responsabilidad doméstica y la función de los cuidados equitativamente.

Los niños no tienen la culpa

Cuando la maternidad nos sorprende como una experiencia agotadora que nos deja sin tiempo ni espacio para satisfacer nuestros deseos, anhelos o necesidades, una experiencia que nos relega a la subordinación y la pérdida de autonomía en todos las áreas de la vida, cuando la maternidad nos empobrece económicamente, los adultos achacamos la culpa a los niños, como si fueran criaturas que fagocitan nuestra energía, tiempo y dinero porque piden demasiado.

Pero la culpa no es de los niños. La culpa —si es que de culpa puede hablarse— es de la sociedad sexista y exitista centrada en la competencia y la productividad deshumanizada, extraviada de su esencia cooperativa y altruista. La culpa es de la civilización que aísla a las madres, que niega apoyo a la maternidad impidiendo que la función biológica y social más importante de la humanidad se despliegue como una experiencia placentera, sostenida con abundante apoyo práctico, emocional y económico. La culpa es del sistema que invisibiliza a la mujer, la deja sola, sin recursos económicos ni apoyo emocional una vez se hace madre porque deja de ser "productiva" y "competitiva” cuando decide dedicarse a criar y cuidar a sus hijos. Sin embargo es más correr el bulto a los niños calificándolos de tiranos, insaciables, sobredemandantes, destructores de sueños y oportunidades del desarrollo de sus madres.

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La maternidad es una elección no una imposición

Cualquier mujer tiene derecho a sentirse libre de decidir si tener o no hijos, pero merecería poder hacerlo sobre la certeza de que ser madre no implica empobrecerse, precarizarse, subordinarse económicamente a un marido, aislarse, hacerse invisible y aún más vulnerable. Cualquier mujer tiene derecho a decidir ser madre o no serlo sobre la certeza de que una maternidad presente, conectada, disponible, contará con el sostén emocional, práctico y económico de su entorno. Que ser madre no excluye el desarrollo de la mujer como persona, al contrario, que ser madre es una experiencia enriquecedora y empoderante. Una mujer no debería renunciar a la maternidad por verse atrapada en sociedades deshumanizadas que banalizan la función de los cuidados oportunos, adecuados y amorosos de las criaturas, sociedades que no dan cabida a la crianza mamífera, como tarea valorada y protegida.

Paradójicamente, sin embargo, se presiona socialmente a las mujeres para que además de que sean profesionales exitosas e independientes, tengan hijos.

¿Qué mujer en edad de procrear no se ha visto presionada con comentarios como estos?: “¿y mis nietos cuándo?, ¿y cuándo encargan hermanito para la primogénita?, ¿y la parejita para el hermanito, a qué esperan?”...

¿En cambio cuántas veces han escuchado propuestas como estas?: “¿quieres tener hijos?, ¿tienes como cuidarlos, cómo mantenerlos?, yo te puedo comprar un apartamento y pagarte una pensión mensual de dos mil quinientos dólares hasta que tu hijo tenga cinco años, así no lo tienes que dejar todo el día al cuidado de terceros mientras te matas trabajando doce horas para gastar casi todo tu sueldo en cuidadores y escuelas infantiles que sepan atender a los niños como realmente necesitan… yo te apoyo con el peque y con la carga de trabajo doméstico 24/7... no estás sola, dime que necesitas de mí ahora…”

No veo a personas, empresas y gobiernos cerrando filas para proteger y sostener maternidades respetadas, ni crianzas de calidad para los seres humanos que luego echaremos al mundo.

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