Cambia el chip de la “autotortura”: necesitamos amor, no más violencia, no más dolor

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“El arte de dejarte en paz”, es el título del audio de un training que hice recientemente con la escritora y terapeuta Cristina Romero Miralles, y que llamó poderosamente mi atención y me hizo gravitar a escucharlo antes que al resto de los audios disponibles. Por lo regular, usamos la frase “déjame en paz” refiriéndonos a otra persona que nos perturba o la escuchamos de otra persona que se siente molesta, acosada, abrumada por nosotros. Pero leer y luego escuchar la frase “déjate en paz” me ha puesto frente a algo poderosamente transformador.

Dejarte en paz ciertamente es un arte que toca aprender después de haber instalado un viejo patrón con fuertes raíces que condicionaron a autoexigirte, juzgarte, esperar de ti algo distinto a lo que eres, a lo que quieres o estás en condiciones de hacer o de dar, desmontar un condicionamiento que te ha hecho sentir insatisfecha o insatisfecho, incompleto con lo que eres o con lo que tienes, que te hace ser dura contigo misma.

Ese patrón se instaló por la falta de amor incondicional de nuestros padres hacia nosotros durante la infancia. Quedó grabado a fuego con el trato y las palabras de mamá y de papá, quienes constantemente nos obligaban a ser lo que ellos esperaban como requisito para ganarnos su amor o reconocimiento, nos presionaban a complacer sus deseos para no disgustarlos so pena de retirarnos su mirada o su comunicación, nos empujaban a llegar a algún lugar, a conquistar alguna meta como condición para hacernos sentir reconocidos.

(Getty Creative)
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Esta es la herencia por la ausencia del amor incondicional de nuestros padres que no supieron ver la perfección que al nacer ya venía en lo que somos, en el milagro que éramos y que se manifestaba repetitivamente cada día mediante el trato que nos dieron, las palabras que nos prestaron, y que luego internalizamos como un diálogo con nosotros mismos y que ahora nos repetimos de forma constante y sin darnos cuenta, sin dejarnos en paz, sin saber darnos la paz que merecemos.

La buena noticia es que podemos cambiar este mecanismo de “autotortura” que llevamos tan internalizado al punto de que nos cuesta tanto registrarlo. ¿Cómo?, reprogramando ese diálogo interno. Pero antes tenemos que registrar la forma en que pensamos de nosotros o cómo procesamos la autovaloración frente a nuestras experiencias cotidianas.

Cómo lograr hacer “pausa”

La propuesta es que –sobre todo cuando estés en momentos en los que te sientas alterada o alterado, cuando algo o alguien te angustie o te inquiete– en lugar de dejarte llevar por la inercia, pulses el botón de pausa, te hagas consciente de tu respiración, la lleves a un ritmo más lento y profundo para inducirte a la calma y así puedas observar lo que te estás diciendo a ti misma, a ti mismo: no voy a llegar a tiempo, no me doy abasto, no soy suficiente, lo estoy haciendo mal o todo me sale mal, no me soporto, qué mala memoria la mía, cómo se me pudo olvidar, ¿seré tonta, cómo se me ha ocurrido hacer esto?, todo tiene que quedar perfecto lo antes posible, mientras más cosas hago o más metas alcanzo más valgo, no puedo con esto, qué torpe me siento… Date cuenta de cómo lo que te dices contribuye a tratarte mal, a convertirte en tu propio acosador o acosadora y a ponerte más obstáculos para procurarte una vida más amorosa y digna.

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Mantente atenta o atento a ese diálogo, sobre todo en momentos en que ocurren cosas que disparan tu estrés, en que tus hijos o hijas hacen o dicen algo que te molesta, cuando se te quema la cena, tienes una dificultad o conflicto en el trabajo, cuando se te hace tarde para salir de casa y llevar a los niños a la escuela… Poco a poco ve aumentando el espacio y los momentos de observación consciente de tu diálogo interno. Cada vez que te pilles diciéndote a ti misma o a ti mismo todas esas cosas que te juzgan, que te sobre exigen, que te maltratan, te culpabilizan… cambia el diálogo interno por una forma más benevolente y amorosa de tratarte. Pon más palabras amables y más amor en circulación.

Mantente atenta, atento cada vez que puedas sobre cómo te dices las cosas, registra aquello que te dices internamente para que puedas cambiar hacia palabras más respetuosas con tu propia persona, para ser más condescendiente contigo, cuidar lo que te dices, cuidar la forma en que te tratas, las exigencias que te haces, observar el modo en que dejas de darte cariño, cuidados, el modo en que te hostigas cada día.

Regálate la posibilidad de transformar esa voz interior en una que sea capaz de valorar tus esfuerzos, de transmitirte que más allá de cualquier preocupación hay un enorme inventario de cosas maravillosas en ti que mereces reconocer, aplaudir, que mereces cuidar de ti y darte ese amor incondicional que nunca recibiste.

Que quizás eso que te angustia tanto en gran medida es por la forma en que has aprendido a tratarte o valorar a partir del patrón arraigado desde tu infancia. Busca formas de bien pensarte y bien decirte para darte la paz que necesitas.

Crea un stock de palabras de aliento para decirte a ti misma o a ti mismo en esos momentos que te pilles tratándote mal. Piensa en cómo tratarías a una amiga o a un amigo que esté pasando por una dificultad y usa esa misma benevolencia para contigo.

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Ámate incondicionalmente cuando no te hayan salido las cosas como lo estabas esperando, cuando estés angustiada, desolada, cuando no cubriste tus metas. Abrázate y encuentra las palabras que te reconforten y te devuelvan la paz y la fe en ti misma, en ti mismo. Amplía la mirada y abre el corazón para dejar de machacarte y comenzar a darte paz cuando más lo necesites. Trátate con cariño incluso al darte cuenta de que a pesar de tus intentos te ha vencido otra vez el automático y has vuelto a fustigarte.

Si no lo hacemos, ¿cómo podríamos poner a circular respeto, calma, buenos tratos, amor y benevolencia hacia los demás? Si ni siquiera nos damos cuenta de lo duro que somos con nosotros mismos, ¿cómo podemos dejar de proyectarlo en nuestros hijos?

Cuando el diálogo interno atropella constantemente nuestra autovaloración, cuando percute una sucesión interminable de ataques a lo que hacemos, sentimos, decidimos, necesitamos, nos incapacitamos para sentir amor incondicional, compasión y benevolencia hacia los demás. Experimentando en nuestra propia carne el bálsamo, la medicina de ser amables con nosotros, de amarnos incondicionalmente, nos permite por añadidura ser más amables con los demás de un modo genuino y sostenible. En nuestro ejercicio como seres humanos, pero especialmente como padres y madres, esta me parece una cuestión fundamental para revisar y cambiar.

Te invito a que te lo pienses como un propósito para practicar cada día durante un largo período de tiempo, a proponértelo como un reto de un día, luego de dos, luego de una semana, veintiún días, cuarenta días… hasta que logres convertirlo en un nuevo hábito que sustituya el patrón insano de crianza heredado generación tras generación.

El amor es la medicina más poderosa y el déficit de amor la peor pandemia de esta humanidad. Necesitamos más amor, no más sufrimiento ni más dolor.

Mi amor y gratitud a Cristina Romero por esta invaluable enseñanza.

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