Pedir perdón a los hijos o cómo sanar las heridas del maltrato, sin importar su edad

Berna Iskandar
·Colaboradora
·6  min de lectura

Cierta vez, durante un fin de semana de formación presencial, se acercó una mamá para agradecer la experiencia del día anterior en el taller sobre límites. Me contó que apenas llegó a casa fue a abrazar a su pequeño de cinco años y le pidió disculpas por haber pensado que pegar o amenazar con la correa era una forma de educarlo. Se disculpó por el daño que le causó desde su confusión.

Después de un buen rato de conversación, tomó junto a su hijo la correa que usaba para “castigarlo” y fueron juntos hasta al cubo de basura. Se la dio para que él mismo la botara dentro sellando el compromiso de no volverle a pegar.

Horas más tarde se presentó una situación difícil en la que el pequeño quería un objeto que no debía tomar en ese momento, pero en lugar de regañar, amenazar, castigar o pegar, lo cargó alegremente, se echó con él en la cama y jugaron a las cosquillas logrando distraer al pequeño, disipar la tensión y evitar el conflicto.

(Getty Creative)
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Cuando se trata de cuestionar lo naturalizado, de mostrar puntos de vista radicalmente opuestos a los habituales, cuando invitamos a ponernos los lentes especiales que yo llamo “del darse cuenta” hasta vislumbrar las infinitas dosis de violencia implícitas y flagrantes que ejercemos en las aproximaciones diarias hacia nuestros hijos durante la crianza, ocurre con frecuencia que padres y madres terminamos por preguntarnos si todo lo que hemos hecho hasta ese momento en el que logramos conciencia de los errores cometidos, tendrá algún remedio, si tendremos una segunda oportunidad para resarcir el daño.

Cuando por fin logramos comprender la herida emocional grabada a fuego en nuestro hijo por haberle pegado, o haberlo dejado llorando hasta reventarse sin acudir a consolarlo, al sensibilizarnos frente a la humillación y el miedo que pasó nuestro pequeño tras las “nalgadas a tiempo” o la práctica de mandarlo al rincón de pensar en respuesta a su “desobediencia” o sus rabietas. Cuando por fin registramos desde el punto de vista de nuestros hijos y no desde nuestras interpretaciones, la violencia que hemos ejercido hacia ellos fruto de las imposiciones y sobre exigencias constantes. Cuando caemos en cuenta del desierto afectivo que han vivido a partir de la falta de mirada y de compromiso emocional que antes justificábamos con tantas excusas, creencias falsas, opiniones y argumentos… nos preguntamos angustiados si estamos a tiempo aún, si habrá o no caminos posibles para reparar los estragos que muchas veces –creyendo que hacíamos lo mejor– provocamos en nuestros hijos.

Ciertamente es mucho más eficiente prevenir que tener que reparar, sin embargo nunca es tarde.

Aunque nuestro hijo o hija tenga solo meses o tenga dos, cinco, quince, incluso veintiséis, cuarenta o sesenta años de vida; hoy, mañana y siempre será buen momento para disculparnos y estar dispuestos a reparar los daños. Nunca es tarde.

Lógicamente lo primero es darnos cuenta. Luego es importante hablar con ellos, explicar lo que pasó, cómo y por qué nos equivocamos, de qué manera les hemos causado daño.

Luego pedir perdón, escucharlos sin juzgar, validarlos incondicionalmente y comprometernos a resarcirlos.

Decirles por ejemplo, “hija, ahora me doy cuenta de que te he hecho daño cuando te castigaba en el rincón de pensar; cuando me pedías presencia, conexión, consuelo, pero yo te juzgaba de caprichosa, grosera o simplemente te ignoraba porque no estaba atenta para responder a tus demandas. Ahora me doy cuenta de las veces que no te percibía cuando me necesitabas, de las veces que te he desprotegido porque creía que tenía que hacerte una persona de bien y pensaba que debía ser severa contigo para conseguirlo. Pero ya puedo sentir que ha sido un error, que tú me has pedido siempre lo que legítimamente has necesitado y yo no lo supe ver, no lo pude sentir. A partir de este momento quiero cambiar y quiero darte todo el amor y el cuidado que no supe darte. De ahora en adelante quiero que recibas todo el amor, los cuidados, la presencia, los abrazos, la mirada, la escucha durante todo el tiempo que lo necesites hasta que sanen las heridas que pude haberte causado”.

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No importa que nuestro hijo o hija haya adquirido o no el lenguaje. Podemos y debemos hablarles siempre con la verdad.

Nuestro discurso siempre ayuda a organizar su experiencia en la memoria consciente, a dar un orden que le permite mantenerse en conexión con la realidad que ha vivido o está viviendo en coherencia con su punto de vista, con sus verdaderas emociones y experiencias subjetivas.

Coincido plenamente con la perspectiva terapéutica de que al margen de la edad, sean niños o adultos, hablen o no, llamar a sus sentimientos y sus vivencias subjetivas infantiles por el verdadero nombre, es sanador, y que cada acto de reparación que por fin ofrecemos a nuestros hijos, será sanador.

Desmontar el falso discurso construido desde nuestra interpretación autoritaria, alejada de la verdad y distante del ser esencial del niño, entraña un poderoso potencial de reparación.

Por ejemplo, reconocer que nuestro hijo necesita moverse, jugar con libertad, explorar, treparse… que para él quedarse durante horas sentado atendiendo una clase online aburrida o haciendo deberes escolares absurdos supone una experiencia sufriente que debe soportar cada día para complacernos.

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Entonces si lo has juzgado de malcriado, flojo, desobediente y grosero cada vez que se distraía o rechazaba mantenerse tanto tiempo sentado atendiendo una clase o haciendo deberes que no le despertaban el mínimo interés o curiosidad, puedes reconocer su hastío, nombrar con palabras la experiencia represiva que ha vivido, pedir disculpas por haberlo juzgado y preguntarle qué puedes hacer por él para ayudarle a sentirse mejor.

Si no lo has hecho hasta ahora, siempre será buen momento para comenzar, no importa la edad presente de tu hijo o hija. Este ha sido solo un ejemplo. Te invito a preguntarte de qué otras maneras has podido desoír, juzgar, sobre exigir, maltratar a tus hijos.

Soy una convencida de que el propósito de andar por este camino que llamamos vida es hacernos más conscientes, reaprender a amar y hacer el bien a nuestro prójimo, dejar de hacernos y hacer daño a los demás. Aprender a tratarnos bien, con empatía y benevolencia unos a otros.

Los hijos siempre son una gran oportunidad, son de hecho la mejor escuela para alcanzar ese propósito trascendente que hemos venido a realizar.

La llegada de un hijo o hija, viene junto a la oportunidad de replantearnos el modo en que hemos encarado la vida, nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestros pensamientos, acciones y relaciones. El niño real que llega a nuestros regazo despierta al niño que fuimos.

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Atrevernos a mirar cómo fuimos amados o desamparados durante nuestra propia niñez y cómo desde ese amor o ese desamparo estamos criando en el presente, con mayor o menor disponibilidad emocional hacia nuestros hijos, es condición indispensable para tomar decisiones conscientes sobre la aproximación y trato hacia los pequeños a nuestro cargo. Cada niño o niña que traemos al mundo, que adoptamos o que nos toca criar por la razón que sea, nos abre una puerta hacia la transformación y el crecimiento. Dependerá de nosotros aprovechar o dejar pasar las señales.

Comprometernos a enmendar los estragos transgeneracionales de abusos, malos tratos, violencia y desamparo, significa honrar y sanar al niño, a la niña que fuimos, pero sobre todo, es una deuda urgente con el niño y la niña presente que es nuestro hijo, nuestra hija, y por añadidura, un regalo para los niños y niñas que algún día serán nuestros nietos y nietas.

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