Elogiar a los niños, un arma de doble filo: cómo y cuándo debes usarlos con tus hijos

Berna Iskandar
·Colaboradora
·6  min de lectura

Cuando hago referencia a estos temas recuerdo la letra de la canción del grupo Aterciopelados que dice: No necesito su aprobación / Tengo por dentro, un medidor / Que va marcando grados de satisfacción / No necesito su aprobación / Que me censuren tiene su bemol / Pero mi metro va por dentro…

A partir del auge de modelos alternativos de crianza y educación, se están cuestionando creencias que asumíamos como formas adecuadas y deseables para conseguir determinados resultados en la conducta de los niños. En medio de este replanteamiento surge una suerte de debate sobre si es o no recomendable elogiar a los niños. Con bastante frecuencia padres y madres me hacen esa pregunta.

Veamos. Hay personas que adoptan un lenguaje crónicamente enfocado en elogiar o en criticar a sus hijos. En estos casos creo que estamos frente a una forma de comunicación nada saludable para la construcción de la autoestima positiva de los niños y niñas. Tras esta forma de dirigirse a los niños se pretende modificar la conducta con estímulos externos al igual que con el castigo y las recompensas, y ya he hablado bastante sobre los efectos perniciosos y poco éticos de estos recursos que se piensan son educativos pero que en realidad son de control y sometimiento.

(Getty Creative)
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Entre otras cosas, cuando elogiamos o reprobamos con intención de que nuestros hijos hagan lo que esperamos, conseguimos que se sientan merecedores o culpables de nuestro amor y aceptación según lo que hagan o dejen de hacer.

Sin embargo todo niño debería sentirse siempre seguro de que sus adultos de referencia lo aman, lo valoran, lo toman en cuenta y están disponibles al margen de lo que haga. Seguramente muchos se preguntarán ¿entonces nunca podemos decirle aquello que nos parece que está mal? Claro que sí, siempre y cuando mantengamos presente y les hagamos sentir que aunque existan conductas, hábitos o acciones en nuestros hijos e hijas que no nos gustan o que rechazamos, el amor y la aceptación hacia ellos se mantiene. Podemos comunicar lo que nos desagrada sin hacerlos sentirse expulsados de nuestro espacio afectivo, sin ignorar, sin retirarles nuestro amor y nuestra comunicación.

En el mismo orden de ideas va lo de elogiar o no. Elogiar a nuestros hijos no debería vincularse con el propósito de conseguir que hagan lo que esperamos.

¿Entonces, cuándo es deseable elogiar?

En todo momento, siempre que sean elogios espontáneos, genuinos, amorosos y especialmente cuando un niño o niña sufre de timidez o inseguridad. En estos casos elogiar constituye una fuente saludable de nutrición afectiva, bienestar y seguridad. Como dije antes no me refiero a prodigar elogios falsos. Se trata de observar las cualidades reales de cada criatura y enaltecerlas.

Por ejemplo, si un niño se siente apocado jugando fútbol porque no se le da bien, seguramente tendrá muchas cualidades o aptitudes. Los padres bien conectados sabrán reconocer los gustos, pasiones y virtudes de sus hijos y hacérselas ver y sentir, además de crear o facilitar las condiciones para que las desplieguen, siempre sensibilizados y conscientes sobre la importancia de permitirles ser ellos mismos.

Hay una dinámica para ayudar a nuestros pequeños a reconocer y reforzar sus propias cualidades que leí cierta vez en algún libro de la psicopediatra Rosa Jové. Se llama la caja de la autoestima y consiste en hacer un círculo en familia donde cada miembro escribe y lee en voz alta algo que admira genuinamente, de forma sentida, real sobre el niño o la niña que queremos homenajear. Luego se guardan los escritos en una caja que se abrirá en momentos en los que percibamos que el pequeño o pequeña necesite especialmente que le recordemos lo maravilloso que es.

Ciertamente los elogios pueden ser un arma de doble filo. Se vuelven perjudiciales cuando los usamos artificialmente con el objeto de manipular la conducta del niño y forzarlo a hacer lo que queremos: “eres un buen niño, así me gusta, todo el día tranquilito”; “esta niña es una maravilla, siempre obedece sin rechistar”; “un beso a la abuelita, así se hace, muy bien, eres una niña buena”.

Es muy distinto que, por ejemplo, notemos con sorpresa que nuestro hijo ya logró amarrarse los cordones de los zapatos por sí mismo y nos nace celebrar que está creciendo y aprendiendo o decirle lo mucho que lo queremos o cuando les decimos lo maravillosos y lo importantes que son para nosotros sin que hayan hecho nada especial, únicamente porque queremos exteriorizar nuestro amor inmenso por ellos.

(Getty Creative)
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Los elogios también podrían comportar interferencias sobre el sano desarrollo de los hijos cuando los usamos como un mecanismo para llenar nuestra propia necesidad de brillar a través de ellos y entonces creamos presión sobre las criaturas o las forzamos a ser competitivas o despuntar con la mejor imagen, las más altas notas del salón, el más destacado desempeño en deporte, etc.

Cada vez que manifestamos elogios con el objeto de que el niño responda a nuestro deseo, es decir, forzándolo a ser como esperamos, solo para agradarnos, y sin tomar en cuenta sus necesidades y sentires, inhibimos y vamos en contra de su sí mismo y le enviamos el mensaje de que es merecedor de amor solo en tanto que responda a nuestras expectativas.

Lo condicionamos para regularse con referentes externos, alejados de su propia brújula interior y esto, además de convertirlos en personas inseguras y bastante dependientes de la aprobación externa, es peligroso porque se vuelven fácilmente manipulables.

Así es como terminamos todos muriendo de miedo a que no nos quieran, creyendo seriamente que somos dignos de amor sólo si hacemos lo que esperan de nosotros y no sencillamente por haber nacido y ser quienes somos.

(Getty Creative)
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Aunque nos cueste porque venimos de crianzas donde hemos sido manipulados con elogios o reprobaciones constantes para sentirnos aceptados por nuestros padres y hacer lo que ellos esperaban, es importante registrar el modo en que esto nos ha afectado en la construcción de nuestra seguridad y autoestima, para evitar repetirlo ciegamente con los hijos.

Tus hijos necesitan sentirse amados y aceptados incondicionalmente. Recuerda que cada vez que de forma explícita o implícita obligas a tu hijo a complacerte para ser aceptado por ti, deberá desconectarse de lo que es, de lo que siente y necesita.

Los niños y niñas son perfectos, son valiosos y únicos, hazles saber y sentir que no les cambiarías ni un pelo de la cabeza y que merecen vivir libres de juicios, merecen ser amados tal y como son, que no necesitan hacer nada, llegar a ninguna parte, para ganarse tu amor o para lograr la aprobación de los demás. Haz que así lo sientan. Somos los adultos los que necesitamos reaprender a amarlos y a cuidarlos como ellos merecen y necesitan: incondicionalmente, sin juicios, con mucho respeto a sus necesidades, a su ser esencial, poniendo siempre en el centro de nuestras decisiones adultas su bienestar. Es la manera de lograr que crezcan alineados con su poder personal, su ser esencial y con una autoestima positiva robusta.

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