No es malacrianza o capricho, la "mamitis" es una angustia real de los niños que puede atenuarse

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Cuando no me ve, mi hija llora como si la estuvieran matando, no me deja ni siquiera ir al baño ni por cinco minutos… Cuando salgo a trabajar, a hacer alguna gestión y lo tengo que dejar con los abuelos o la niñera, se me pega al cuello y llora desconsolado, no sé si irme a escondidas para que no sufra… Mi peque se queda llorando desconsolado cuando lo dejo en el preescolar, las profesoras dicen que no me preocupe, que ya se acostumbrará, luego en casa se aferra a mí como si sintiera que lo fuera a abandonar…

(Getty Creative)
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Si te ha pasado algo así con tu peque, lo más probable es que te hayan dicho que está malcriado, que lo has vuelto demasiado dependiente, que está “enmadrado” o tiene “mamitis”, pero la verdad es que está manifestando angustia de separación por razones muy distintas a las que te han contado.

Para los pequeñines la relación con la madre es la más importante y cada vez que se tienen que separar de la persona más importante de su vida sienten mucha angustia.

Se trata de un comportamiento normal hasta los tres años aproximadamente. Hasta entonces las criaturas no han establecido algo que se llama la noción de permanencia objetal. Esto quiere decir que cuando una persona u objeto está fuera del ámbito inmediato de su percepción, el pequeño no tiene capacidad madurativa para entender o saber que esa persona u objeto está en otra parte ni tampoco si podrá volver a verla. Por eso los peques se desestructuran y lloran reclamando la presencia de su persona especial de confianza o figura de apego primaria.

A partir de los seis meses pero más hacia los ocho meses los niños comienzan a darse cuenta más claramente cuando su madre desaparece y protestan con intensidad. Lo cierto es que hasta los tres años (edad orientativa) un niño tolera muy mal la separación de su madre y la irá tolerando un poco mejor hacia los cinco años.

La cultura puede modificarse a través de la historia pero el patrón biológico permanece durante millones de años por encima de los cambios culturales.

Un niño nace absolutamente dependiente de los cuidados de un adulto para mantenerse vivo, con lo cual la necesidad de sentirse cerca de un cuidador de confianza que cubra sus necesidades es de base instintiva.

(Getty Creative)
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El niño pequeño siente miedo y protesta cuando no está cerca de su cuidador porque desde su percepción subjetiva, la diferencia entre que su figura de apego esté a su lado o no esté equivale a la diferencia entre sobrevivir o no.

El vínculo del niño con la persona privilegiada es un lazo afectivo súper especial que se llama vínculo de apego (teoría del apego del psiquiatra infantil John Bowlby). Si el cuidado que el niño recibe, en general es bueno, el vínculo de apego es seguro. Si el cuidado que el niño recibe se basa en malos tratos, el vínculo de apego es inseguro, pero siempre habrá un vínculo de apego.

El apego en la crianza es una necesidad básica, instintiva, es decir, no es cultural sino biológica. Nace con nosotros, es común a todos los seres humanos desde el principio de los tiempos. El apego es una necesidad pulsional que los cambios culturales no pueden suprimir. Al igual que no se puede suprimir la necesidad de comer o de respirar para vivir, al margen del avance tecnológico o cultural que hayamos alcanzado.

Lo que sí que puede hacer la cultura es no interferir favoreciendo así un apego seguro o interferir el vínculo con malos tratos provocando un apego inseguro. El hambre debe ser satisfecha oportunamente para sobrevivir, por eso desencadena respuestas adaptativas que nos permiten percibirla para atenderla y mantenernos regulados (nos sentimos mal hasta que comemos y nos calmamos). De la misma manera cuando un niño pequeño percibe que su figura principal de apego no está cerca, siente malestar y reclama su presencia para equilibrarse. La angustia de separación por tanto es una respuesta adaptativa, no es malacrianza.

Recientemente me escribió una lectora inquieta reclamando por qué siempre me refiero a la separación de la madre, ¿qué pasa con el padre?, preguntaba, ¿acaso el papel del padre en la crianza no tiene importancia?... De hecho son preguntas que me repiten con cierta frecuencia.

Voy a aprovechar para aclarar lo siguiente: Los niños desde que nacen desarrollan apego hacia una persona especial que es su figura de apego primaria. Rara vez este vínculo de apego primario se establece con más de una persona. La figura de apego primaria podría ser la abuela, el padre o la niñera, pero en la mayoría de los casos es la madre, ¿por qué?. Otra vez por nuestro patrón biológico. Somos mamíferos. Es la madre la que pare, amamanta y está programada por la biología para establecer el vínculo de apego primario con la cría. Por eso casi siempre me refiero al vínculo con la madre, aunque excepcionalmente pudiera constituirse con otra persona (abuela, niñera, padre…).

Una vez establecido el vínculo de apego primario, desde una base segura, con mucho tiempo e interacción, las criaturas van desarrollando confianza con otras personas y estableciendo vínculos de apego secundarios con papá, abuelos, maestras, etc..

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Mientras la confianza se consolida, mamá debe estar presente, cerca, generando calma y reasegurando al bebé o niño hasta que sea capaz de quedarse tranquilo con la figura de apego secundaria cuando ella vaya a trabajar, etc., por un tiempo determinado que puede ser más largo o más corto según su edad, entre otros factores.

En sociedades com modelos de crianza que responden más a nuestro patrón biológico o natural, la manifestación de la angustia de separación es menos frecuente porque los niños pequeños están siempre pegados al cuerpo de la madre (lactancia natural a demanda, colecho, porteo o crianza en brazos con fulares, etc., las madres permanecen cerca de sus hijos, no se alejan durante horas o días de las criaturas para ir a trabajar en sitios distantes, no se escolariza en la primera infancia, etc.)

En nuestra cultura occidental, en cambio, la manifestación de angustia de separación es una constante en niños pequeños.

¿Qué podemos hacer frente a la angustia de separación de nuestros pequeñines?

Lo primero entender que el niño no lo hace por malcriado o caprichoso. Se trata de una respuesta adaptativa para busca garantizar su sobrevivencia, su bienestar, su equilibrio.

Si tenemos que llevarlos al preescolar es vital realizar un período de adaptación escolar respetado en el que figuras de apego primaria o secundaria (madre, padre, abuelos) permanezcan durante todo el tiempo que sea necesario en el aula o pasillos del centro escolar hasta que el niño establezca un vínculo de confianza con la profesora, se quede sin llorar y disfrutando de la experiencia escolar sin miedo ni retraimiento.

Si tenemos que ir a trabajar y dejar a nuestro pequeñín al cuidado de otro, debe ser una persona con la que ya exista una relación de plena confianza para los padres y obviamente para el niño. Si es un familiar cercano que esté en condiciones de cuidarlo bien y que quiera hacerlo, tanto mejor. Si hay que buscar a alguien fuera de la familia es preciso asegurarse de que sea una persona en quién confiar plenamente, que trate bien a tu hijo o hija, con mucho respeto y cariño.

El pediatra y autor Carlos González cierta vez escribió lo siguiente refiriéndose a este tema, “si no se atreve a dejarle a esa persona las llaves de su casa, las llaves de su coche o su tarjeta de crédito, ¿cómo se atreve a dejarle a su hijo?” Una frase que siempre que la cito genera bastante polémica pero que entraña una gran verdad, nos guste o no.

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La angustia de separación puede ser más intensa o llegar a ser traumática según sea la edad del pequeño y el tiempo o la frecuencia de la separación con la madre. En este sentido debemos entender que alejar a la madre de pequeños en la primera infancia (sobre todo menores de 4 años) durante varios días o tiempo prolongado por viajes de vacaciones, de trabajo, pernoctas de régimen de visitas… puede generar en las criaturas una huella somática de abondo. Ojalá entendamos la enorme importancia de poner el bienestar de los niños en el centro de nuestras decisiones.

Si se trata de ir a trabajar durante algunas horas al día y el niño queda bajo el cuidado de alguien con quien previamente ha establecido un vínculo de apego seguro, igual es fundamental que mamá y papá se ocupen de resarcir la espera, invirtiendo el mayor tiempo al regresar a casa cada día, los fines de semana, cada momento posible en permanecer conectados conscientemente con sus peques, dándoles todo el amor, cuerpo, pecho, mirada, juego, cariño, compromiso emocional que han estado esperando. En este caso, más es mejor.

Lo peor no es la separación (siempre que esta sea por períodos breves que el niño pueda tolerar según su edad). Lo peor es que las criaturas tengan que resignarse porque aprenden que su espera nunca será resarcida.

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