"Pelo malo": la expresión racista que ha marcado la vida de muchas mujeres latinoamericanas

Adriana Terán
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Isabel cuenta que nunca sintió discriminación alguna por su cabello ensortijado. Nunca nadie en su familia le dijo que era malo o feo, pero agrega con inocencia que su mamá prefería mantenérselo muy corto cuando era niña, “porque era muy difícil de peinar”, mientras su hermana, que tenía el cabello liso, siempre lo llevaba largo.

Ella asegura que nunca sintió ningún tipo de trauma ni rechazo, pero paradójicamente recuerda con alegría el momento en que su mamá le regaló de cumpleaños su primer desrizador en el salón de belleza. “No porque no me gustara mi pelo, sino porque la moda entre las niñas del colegio era tenerlo liso. Y desde ese momento siempre me lo desricé hasta que, ya siendo adulta, decidí dejarlo natural para descansar de tanto químico. Ahora me lo aliso solo para cambiar de look”.

(Getty Creative)
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En Venezuela la diversidad se vocifera con orgullo. Por más que se pinten diferencias políticas, los venezolanos están mezclados. La gama de colores de piel es amplia. Así como los caracteriza esa capacidad de reír y de encontrar algo bueno en cada circunstancia, los venezolanos –como muchos otros latinoamericanos- se expresan sin temor sobre el colorido de la piel del gentilicio y, hasta por cariño, usan una palabra impensable en otras culturas: negro.

Sin embargo, escondida entre las risas, suele haber siempre una crítica hacia los rasgos étnicos. Si tienes el cabello rizado puedes escuchar más de una vez frases como “tienes ese pelo malo”; o si eres de piel oscura y llegas a la edad de tener novio te pueden decir “¡trata de mejorar la raza!”. Nada para morirse. Nada que en apariencia parezca muy traumático, pero que en realidad cala en la forma en que nos percibimos y en lo que transmitimos a los demás.

María Martha Mijares Pacheco, antropóloga de la Universidad Central de Venezuela, explica que los conceptos de descalificación de los rasgos fenotípicos de los afrodescendientes, surgen desde los tiempos en que predominaba el modo de producción esclavista en las Américas y el Caribe.

(Getty Creative)
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“El régimen esclavista tenía que justificar los secuestros de subsaharianos afirmando que no tenían alma, que no eran seres humanos, que tenían poca capacidad intelectual, que simplemente eran piezas de trabajo y, además, feas. Se descalificaba el fenotipo y se manifestaba que la conversión a seres humanos pasaba por la evangelización”.

El concepto de la discriminación de los rasgos, todos, no solo cabello, sino nariz, boca y color de piel, se implementó con éxito disminuyendo no solo físicamente sino emocionalmente.

“Estos conceptos discriminatorios acerca del fenotipo y las capacidades intelectuales fueron instaladas en ese momento de la historia cuando se comercializaban personas como piezas, se le decía piezas de ébano. Incluso con documentos se respaldaba y se legalizaba el hecho de secuestrar a los africanos. Más que con el látigo, esclavizaban desde la palabra. Esto se fue transmitiendo de generación en generación, al punto de que los mismos afrodescendientes comenzamos a creer que éramos incapaces, feos o sin alma. Se fue haciendo colectivo y, al abolir la esclavitud, con el paso del tiempo, ya era naturales y comunes estas valoraciones negativas”.

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Es así como nos encontramos, además, con el concepto endorracial, que es cuando la misma persona afrodescendiente discrimina a otros por sus rasgos: su cabello, su nariz achatada, su boca gruesa y, por supuesto, su piel oscura.

María Martha además puntualiza que los comentarios y acciones con relación al fenotipo nunca pueden considerarse solapadas, sino siempre agresivas y frontales, independientemente del lugar geográfico o cultura de donde provengan. Que no te den un empleo porque tus rasgos no coinciden con los patrones de belleza de una empresa, es una agresión.

“Precisamente es en las sociedades multirraciales en donde más se da con mayor fuerza el racismo/endorracismo y los conceptos de discriminación están dirigidos tanto a los afrodescendientes como a los pueblos indígenas”.

Mínimas acciones, grandes pasos

No solo en Venezuela, Cuba, México y otros países latinoamericanos se viven estas realidades. Estados Unidos cuenta con muchos ejemplos de esta descalificación.

La periodista Patricia Sulbarán, en una nota publicada en BBC, entrevista a dos mujeres comunes que cuentan cómo se sintieron discriminadas en entrevistas para empleos o situaciones sociales por el aspecto de su cabello. “Me han hecho sentir como si mi cabello fuese ofensivo”, afirmaba una de ellas.

Pero también hace referencia a la aprobación, en julio del 2019, de una ley en California que prohíbe la discriminación por el aspecto del pelo y cuya propuesta se tituló "Create a Respectful and Open Workplace for Natural Hair", C.R.O.W.N.

En 2017, la actriz Lupita Nyong'o se mostró indignada porque se editó su cabello para la portada de la revista Grazia sin su consentimiento. Literalmente suprimieron su cola rizada y ella demostró su molestia publicando la foto original en redes sociales.

Hace poco más de un año, el joven DeAndre Arnold fue noticia al aparecer en la alfombra roja de los premios Oscar acompañando a Matthew A. Cherry, director de Hair Love, cortometraje animado ganador del Oscar 2019. El motivo de su presencia en la gala era llamar la atención sobre su historia: fue discriminado en la escuela por su cabello.

Sin embargo, en la actualidad, propuestas en cine, música, y artes plásticas han representado constructivamente el valor de las diferencias en este sentido. De hecho, justamente el cortometraje Hair Love cuenta con simpatía, dulzura y sin etiquetas las complicaciones de un papá para peinar a su pequeña niña mientras mamá está hospitalizada.

La película venezolana “Pelo Malo”, ganadora de la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián 2013, cuenta la historia de un niño que sueña con alisarse el cabello para hacerse la foto del anuario, y esto queda en segundo plano al revelarse el verdadero drama de la historia que es el hecho de encontrar una verdadera identidad.

Canciones como “Put Your Records On” de Corinne Bailey Rae, o “Don’t Touch My Hair” de Solange Knowles, videobloggers dando sus testimonios sobre la discriminación por el cabello y, hasta retos de redes sociales exaltando la identidad no faltan. La inclusión en campañas publicitarias, en la industria de la moda y muchas otras representaciones creativas, incentivan la aceptación propia y ajena, con la esperanza de que cada vez sea mayor y se extingan las etiquetas.

Sin embargo, estos son solo algunos mínimos esfuerzos para lograr avanzar en una lucha muy difícil de librar. “Estos escenarios se repiten en toda Latinoamérica y todos los países multirraciales”, afirma Mijares.

Reconocernos desde lo positivo

La antropóloga, quien ha investigado a profundidad el endorracismo, considera que erradicar estos prejuicios se hace cuesta arriba. “Lo que he planteado en mis investigaciones es, precisamente, que los afrodescendientes y comunidades indígenas nos reconozcamos en lo positivo y reivindiquemos nuestra herencia”.

“Neutralizamos el racismo/endorracismo con el reconocimiento, con acciones constructivas. La red latinoamericana Mujeres Afro, por ejemplo, ha estado trabajando en destacar positivamente la textura de nuestro cabello, el color de nuestras pieles y, sobre todo, el aspecto intelectual, cuya descalificación ha sido una de las cosas más dañinas para nuestra cultura”.

Ser conscientes de cada palabra que usamos, de la manera en que nos dirigimos a otros, de los chistes que creemos que suavizan una opinión que no nos han pedido, nos hace más empáticos, responsables de nuestro lugar en el mundo y, definitivamente, portadores de un cambio de actitud que por muy pequeño que parezca representa un paso hacia un futuro de respeto.

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