Si son la versión irreal del cuerpo de la mujer, ¿por qué nos enamoramos de los ángeles?

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Bella Hadid tras bambalinas del desfile de Victoria's Secret en Nueva York, el 8 de noviembre de 2018. (Landon Nordeman/The New York Times)
Bella Hadid tras bambalinas del desfile de Victoria's Secret en Nueva York, el 8 de noviembre de 2018. (Landon Nordeman/The New York Times)

Desde que se conoció la noticia de que Victoria’s Secret, el gigante de la lencería y el Barnum & Bailey de los desfiles de moda, retiraba a su grupo de “ángeles” en favor de un grupo diverso de mujeres con currículos igualmente diversos, los medios de comunicación han estado llenos de respuestas alegres de “ya era hora”, así como de fotografías de antes y de ahora, que nos recuerdan una serie de escotes, disfraces y clichés de gatitas sexuales.

En este lado del movimiento #MeToo y de los recientes movimientos a favor de la justicia social, las imágenes que llevaron a Victoria’s Secret a acumular ganancias y audiencia —y que convirtieron a sus modelos favoritas en parte de la cultura pop— no solo parecen retrógradas, sino prácticamente inimaginables, como si se tratara de una civilización perdida que se encuentra enterrada bajo un polvoriento montículo de ligueros y medias que llegan al muslo.

Por ejemplo, hay una imagen de Heidi Klum de 2003 con unas alas blancas y esponjosas de 3,6 metros de altura, un sostén y calzones blancos con cristales y tacones de aguja blancos con tiras en los tobillos, con una gargantilla blanca a juego, una especie de collar de perro, alrededor del cuello; también están Gisele Bündchen, Karolina Kurkova y Alessandra Ambrosio con calzones blancos con adornos de piel fina, sujetadores, capuchas y botas de punta hasta la rodilla en 2005, encarnando a los pequeños ayudantes de Santa Claus.

Supermodel Heidi Kluml walks the runway in giant white feather wings during

the 2003 Victoria's Secret fashion show in New York, November 13, 2003.

REUTERS/Mike Segar - EDITORIAL USE ONLY   PP03110058



MS/GAC
Supermodel Heidi Kluml walks the runway in giant white feather wings during the 2003 Victoria's Secret fashion show in New York, November 13, 2003. REUTERS/Mike Segar - EDITORIAL USE ONLY PP03110058 MS/GAC

En 2008, Klum volvió a lucir un gigantesco lazo de lentejuelas en la espalda y cadenas de diamantes alrededor de su minúsculo conjunto de ropa interior carmesí; en 2010, Isabeli Fontana lució un mono metálico deportivo y un sujetador plateado, portaba un par de mancuernas. Karlie Kloss, como un sexy caballito de mar; Adriana Lima, como una sexi superheroína, y Joan Smalls como una sexy tigresa que salta a través de... ¿un falso aro de fuego?

Sin embargo, antes de descartar esta pompa como una vergonzosa mancha en la cultura colectiva, quizás deberíamos hacernos una pregunta diferente: ¿por qué ha funcionado durante tanto tiempo?

Al fin y al cabo, el desfile de Victoria’s Secret, que duró desde 1995 hasta 2018, se emitió en más de cien países, fue visto por millones de personas en todo el mundo y contribuyó a generar casi 7000 millones de dólares en ventas anuales. La empresa invirtió grandes cantidades de capital para comprar legitimidad ante el mundo de la moda y ante la mirada de los seguidores de la industria.

Antes de que los desfiles de moda de la temporada de crucero viajaran por el mundo, los de Victoria’s Secret también lo hacían; cuando la pasarela aterrizó en Francia en 2016, se celebró en el Grand Palais, el lugar normalmente reservado para Chanel. Olivier Rousteing (de Balmain), Clare Waight Keller (entonces de Chloé) y Riccardo Tisci (entonces de Givenchy) estuvieron entre el público. Lady Gaga y Bruno Mars se disputaron la actuación. El sujetador de fantasía y las alas fueron cubiertos como auténticas noticias de la industria por Harper’s Bazaar, Vogue y Elle (y, en ocasiones, The New York Times).

Adriana Lima en el desfile de Victoria's Secret en el Grand Palais de París, el 30 de noviembre de 2016. (Dmitry Kostyukov/The New York Times)
Adriana Lima en el desfile de Victoria's Secret en el Grand Palais de París, el 30 de noviembre de 2016. (Dmitry Kostyukov/The New York Times)

En una época en la que los actores estaban en auge como las estrellas de portada de las revistas, ser un ángel era uno de los trabajos más codiciados en el mundo del modelaje, no solo entre las modelos de lencería o de Sports Illustrated, sino para las que ya tenían un puesto cómodo en la portada de Vogue.

“Era algo muy reconocido”, dice Ivan Bart, presidente de IMG Models and Fashion, la agencia que representaba a ángeles como Bündchen y Kloss. “Una modelo podía hacer su editorial de alta costura, su pasarela, una campaña publicitaria... y Victoria’s Secret”.

Sí, las mujeres realmente querían pavonearse por una pasarela con el aspecto del pájaro Abelardo si hubiera salido de un burdel. En realidad, querían ser reconocidas (o, al menos, les parecía bien ser conocidas) como ángeles, un término que la marca inventó en 1997 y que ahora parece totalmente deleznable, ya que hace referencia al estereotipo de Playboy de la chica buena que se porta mal en la recámara. Es un tropo que se extiende desde Stendhal y “Las amistades peligrosas” hasta la bibliotecaria que se quita los lentes y se suelta el pelo para revelar que en realidad es una mujer sensual. Y es uno que ignora el grado de esfuerzo que supone conseguir los cuerpos necesarios para participar en una pasarela que a menudo tiene un desconcertante parecido con el porno blando.

En 2004, cuando Paris Hilton demostró que una grabación sexual filtrada podía funcionar realmente como vía de acceso a la fama y la carrera legítimas, ya estábamos condicionados a asomarnos a las habitaciones de la gente gracias a “Big Brother”, que debutó en la cadena CBS en 2000.

Al mismo tiempo, Victoria’s Secret comprendió el atractivo de la marca personal, justo en el momento en que Instagram transformaría la noción de fama. Al nombrar a sus ángeles y promoverlas como personas y estrellas por derecho propio —en realidad, las entrenaban en medios de comunicación—, dieron a las modelos poder, perfil y seguridad. Todo ello prometía servir de trampolín para la siguiente etapa de una carrera, por no hablar de que las hacía más competitivas con los actores que ocupaban cada vez más las portadas de las revistas de moda.

From left, supermodels Karolina Kurkova, Gisele Bundchen and Adriana Lima model self-designed angel wings at a Victoria's Secret promotional event Wednesday, May 10, 2006 in New York.  The wings, crafted by Martin Izquierdo, will be auctioned off with proceeds going to a New York-area charity for at-risk youth.  (AP Photo/Jason DeCrow)
From left, supermodels Karolina Kurkova, Gisele Bundchen and Adriana Lima model self-designed angel wings at a Victoria's Secret promotional event Wednesday, May 10, 2006 in New York. The wings, crafted by Martin Izquierdo, will be auctioned off with proceeds going to a New York-area charity for at-risk youth. (AP Photo/Jason DeCrow)

Además, Victoria’s Secret pagaba bien: cuando Bündchen dejó la compañía en 2006, era la modelo mejor pagada del mundo y, según declaró a Refinery29, Victoria’s Secret suponía el 80 por ciento de sus ingresos. No es de extrañar que en las filas de los ángeles alguna vez estuvieran Karen Mulder (el primer ángel), Tyra Banks, Naomi Campbell y Miranda Kerr.

“Cuando empecé, solía conocer a mujeres jóvenes que querían firmar con IMG y cuyo sueño era salir en la portada de Vogue. Luego, en algún momento de la década de 2000, el sueño se convirtió en ser ángel de Victoria’s Secret”. Una de las modelos con las que trabajó, dijo, renunció a la oportunidad de desfilar en un importante desfile de prêt-à-porter de Milán porque había sido contratada para una sesión de fotografías de cinco días de Victoria’s Secret.

En 2013, cuando WME, la gigantesca agencia de talentos de Hollywood, compró IMG, la empresa de gestión de moda y deportes, parte de la razón fue que vio la oportunidad de desarrollar la moda como entretenimiento. En 2015, sus ejecutivos, Ari Emanuel y Mark Shapiro, estaban en la primera fila del desfile de Victoria’s Secret, tomando notas.

El efecto escondió el lado oscuro de la historia: las dietas locas (¡sin comida sólida durante días antes del desfile!) y los regímenes de acondicionamiento físico (al menos dos entrenamientos al día) a los que se sometían las modelos en busca del esquivo cuerpo perfecto. (Además de la conexión con Jeffrey Epstein). Impulsó una versión irreal del cuerpo de la mujer en el mundo.

Eso ya se acabó, lo cual no quiere decir que esa versión de lo “sexi” haya desaparecido por completo.

De hecho, el tipo de interpretación de la feminidad exagerada, con conocimiento de causa, para la que se crearon los ángeles, no ha ascendido a los cielos ni ha sido enviado al infierno, según la perspectiva desde donde se mire.

Más bien sigue existiendo en la comunidad “drag” (donde, posiblemente, se encuentran los antecedentes de los ángeles), empaquetada para el consumo popular y positivo en forma de programas como “RuPaul's Drag Race”. Y la fuerza de carácter ha recibido su merecido como una poderosa forma de seducción.

Una que realmente tiene alas.

© 2021 The New York Times Company

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