¿Por qué era importante que Japón no apareciese en ‘Oppenheimer’?

*Este artículo contiene spoilers*

Cillian Murphy es J. Robert Oppenheimer en 'Oppenheimer', escrita, producida y dirigida por Christopher Nolan. © Universal Pictures. All Rights Reserved.
Cillian Murphy es J. Robert Oppenheimer en 'Oppenheimer', escrita, producida y dirigida por Christopher Nolan. © Universal Pictures. All Rights Reserved.

POR Miguel Ángel Pizarro.- Christopher Nolan vuelve a la gran pantalla tras el ligero traspié que vivió durante la pandemia con Tenet. Lo hace con una de sus películas más ambiciosas, Oppenheimer, biografía cinematográfica de J. Robert Oppenheimer (Cillian Murphy), físico teórico estadounidense de origen judío considerado el “padre de la bomba atómica”. Sin embargo, uno de los aspectos que más llama la atención al ver la ambiciosa producción es la completa ausencia de escenas relacionadas con el único uso histórico de dichas bombas en Hiroshima y Nagasaki el 6 y 9 de agosto de 1945, que supuso la rendición de Japón el 2 de septiembre de ese año, poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.

No solo se omiten escenas del horror que causó la detonación en ambas ciudades japonesas, sino que la cinta, directamente, omite cualquier personaje de origen nipón en su metraje. En realidad, únicamente se muestra la perspectiva del físico teórico, contraponiéndola con la de Lewis Strauss, encarnado por Robert Downey Jr., filántropo y figura importante en el desarrollo de armas nucleares en Estados Unidos, así como uno de los máximos intrigantes que provocaron la caída y el descrédito de Oppenheimer.

En principio, me chocó la decisión del director Christopher Nolan de omitir cualquier referencia japonesa, especialmente cuando el propio estudio detrás de la cinta, Universal, lanzó el documental Oppenheimer: el dilema de la bomba atómica (solo en Estados Unidos) en su plataforma streaming Peacock, a modo de complemento para el film del cineasta británico. En este documental, sí que aparecen imágenes de archivo realizadas por el ejército estadounidense días después de los bombardeos y que muestran a los supervivientes cubiertos por terribles quemaduras, con cuerpos en carne viva y la ropa completamente carbonizada.

Las imágenes son dantescas y muestran el horror que perpetraron ambas bombas. Sin embargo, Nolan opta por omitirlas y, tras haber visto la película, puedo decir que no solo era la decisión más acertada, sino la más lógica. Según lo que explicó el propio director de El origen en un coloquio tras una proyección en Nueva York, la decisión de no mostrar nada de los ataques fue para no blanquearlos e incidir en que la cinta muestre la perspectiva de Oppenheimer y que, además, va más allá de analizar sólo los dilemas morales que tuvo tras la rendición nipona.

Cillian Murphy es J. Robert Oppenheimer en 'Oppenheimer', escrita, producida y dirigida por Christopher Nolan. © Universal Pictures. All Rights Reserved.
Cillian Murphy es J. Robert Oppenheimer en 'Oppenheimer', escrita, producida y dirigida por Christopher Nolan. © Universal Pictures. All Rights Reserved.

“Sabemos mucho más que él en ese momento”, explicó haciendo referencia al protagonista de su historia (vía Indiewire). “Se enteró de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki por la radio, como el resto del mundo”, añadió. Efectivamente, esto es algo que el cineasta expone en su película. Oppenheimer está presente en la reunión de seguridad en la que le informan que son 12 las ciudades que pueden ser objetivo de bombardeos (en esa conversación pasan a ser 11, dado el valor histórico de Kioto, villa en la que, precisamente, estuvo Henry L. Stimson, secretario de Guerra de Estados Unidos, de luna de miel y por la que él mismo la retiró de la lista).

Sin embargo, Oppenheimer no sabía cuál de esas 11 iban a ser las elegidas. Es más, la cinta incide en cómo el gobierno estadounidense se volvió profundamente opaco con los científicos que crearon las bombas una vez estuvieron creadas y terminadas. Por ese lado, lo veo lógico, pero hay más. En una secuencia, podemos apreciar que el físico teórico está viendo las imágenes que grabó el Ejército del país norteamericano, profundizando en su sensación de culpa, algo que Nolan termina de reflejar en la verídica conversación que tuvo Oppenheimer con el presidente Truman y en la que le dice que siente que tiene “las manos manchadas de sangre”.

El no mostrar a Hiroshima y Nagasaki ni a nadie japonés en la cinta deja otro mensaje: la doble moral de Oppenheimer. Una gran virtud de la cinta es que no glorifica al padre de la bomba atómica, pero tampoco lo demoniza. Muestra un carácter complejo, de un individuo sumamente ególatra quien fue consciente del dolor y horror que provocó, pero que tampoco quiso renunciar al reconocimiento de ser el inventor de la bomba atómica. Esa ambivalencia, en la que hay tanto culpa como cinismo, era complicada de trasladar a la gran pantalla.

Nolan, como maestro a la hora de resaltar los puntos grises de sus personajes (algo que ha mostrado sublimemente en cintas como Batman: El caballero de la noche y El origen), aprovecha para mostrarlo a través de la ausencia. Oppenheimer pudo sentir culpa por lo que causó, cierto, pero nunca pidió disculpas públicamente a la ciudadanía japonesa por haber masacrado la vida de millares de inocentes. De hecho, recuerda que ningún gobierno estadounidense ha pedido perdón a las víctimas, como se vio reflejado en el 75 aniversario de los bombardeos, al seguir abrazando la narrativa de que fue un acto “necesario y justificado”.

Es evidente que Nolan no la comparte. Justo por ello, opta por respetar la lógica de su protagonista. Haber mostrado los bombardeos o a las víctimas, incluso a una figura que representase a la población del país del Sol Naciente hubiera sido un acto de banalización de lo sucedido, puesto que su protagonista muestra su pesar, pero nunca hizo un acto que realmente fuese simbólico con la ciudadanía nipona. “También hay un motivo recurrente que tiene mucho que ver con él tapándose los ojos. Para mí, se trata realmente de estar dentro de su cabeza”, explicó también en el coloquio.

El film sí que reconoce la labor de Oppenheimer posterior, de cómo buscó que hubiera un control internacional del poder nuclear, para así evitar la proliferación de este tipo de armamento. La cinta también muestra el dilema moral de cómo los avances tecnológicos pueden ser un arma de doble filo para la humanidad, dado que la creación de más bombas atómicas puede llevar a la destrucción del planeta, algo de lo que somos muy conscientes en la actualidad. Pero, justo en lo relacionado con Japón, Nolan opta por la lógica de sus personajes, dejándolos también en evidencia.

De ahí, que vea muy lógico que los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki aparezcan, así como cualquier personaje japonés. De esta manera, Christopher Nolan nos muestra su respeto hacia las víctimas sin incluirlas ni banalizar con ellas como parte de una narrativa que habla de la creación que acabó con sus vidas. Y nos confirma esa genialidad que tiene como cineasta, pues sabe justificar la ausencia en una propuesta que ya era arriesgada en su planteamiento.

Este artículo fue escrito en exclusiva para Yahoo en Español por Cine54.

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