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RESEÑA | Thor: Amor y Trueno | Vida más allá del amor

RESEÑA | Thor: Amor y Trueno | Vida más allá del amor
RESEÑA | Thor: Amor y Trueno | Vida más allá del amor

Thor: Amor y Trueno (76%) no es una ruptura con el MCU y, sin embargo, está confeccionada para quedar mal con quienes anhelan más de lo mismo. Tampoco está editada para satisfacer a quienes desean lo opuesto a las comedias superheroicas. Esta entrega es lo que para Radiohead el Kid A: un hito inimitable e inclasificable. La apuesta menos canónica de Marvel Studios —de ahí su éxito formal, de ahí su posible fracaso material. Así que su lectura debe escapar a los comparativos convencionales.

No voy a contar nada de lo que pasa en esta historia. No es un relato clásico y el modo de narrarlo es tan aventurado que da traspiés. Para el marvelita tradicional o el degustador de narrativas dramáticas por encima de las comedias, esta película podría resultar un fiasco, así como confusa. No por mala, sino por anómala. Lo que quiero, en lugar de emitir juicios de valor rotundos, es proporcionar elementos para leer mejor su composición.

Comencemos por lo que no es.

Taika Waititi no es un director con estilo unívoco. Aunque el humor a la Les Luthiers es su principal estilete, poco repite su estructura narrativa. Por ejemplo, retrató a la niñez durante el período de la Alemania Nazi en Jojo Rabbit (75%). Ahí nos probó que podía abordar situaciones limítrofe con exceso de humor sin perder la tensión, el dolor y la miseria que embarga a quienes vivieron esta forma del fascismo. Convirtió a los vampiros infaustos en compas y roomies en Entrevista con unos vampiros (100%) con un falso documental, advirtiendo las distintas formas de concebir el vampirismo en clave bufa.

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En Thor: Ragnarok (92%) transformó al Vengador más ostentoso y teatral de Marvel, el poderoso Thor, en un superhéroe autocrítico, cáustico y fatídico a la Jenofonte, componiendo así la primera tragicomedia satírica del MCU. (James Gunn creó las comedias más icónicas y referenciadas del cine de superhéroes, mas Taika fue el primero en insertar la tragicomedia.)

La película no es un epígono del MCU. Taika abandona las pretensiones megalómanas de insertarse en una totalidad homogénea. Feige, formulario como buen mercadólogo, considera que para filmar (hoy) una buena (¿?) película superheroica de Marvel requiere un cúmulo de datos que abonen a una épica fantástica o guerra intergaláctica. No es que sea malo adoptar estas reservas –la cultura de los cómics aspira eventualmente a esta ficción quimérica de totum revolutum, recién parodiada por Todo en todas partes al mismo tiempo (91%)–, pero así fueron las películas de Marvel hasta Avengers: Infinity War (79%) / Avengers: Endgame (95%).

Taika no niega la megalomanía de su parroquia ni el MCU de fechas recientes, solo no los asume como hado indiscutible. Los usa como materia prima. Como decir: “una película en la Alemania Nazi” o “un documental falso de vampiros” y de ahí quebrar la forma.

No guarda relación formal con sus antecedentes directos. Sólo se emparenta con Thor (77%) y Thor: Un mundo Oscuro (66%) en los datos biográficos. De Thor: Ragnarok (92%) recupera la devoción por la plástica, sus personajes icónicos, cuenta los mismos chistes chafas de nuevo, los inserta con exceso de pantomimas y los deglute a veces con sorprendente equilibrio. Todo en medio de una retahíla de nuevos seres, aunque dejándose llevar por el tópico pop que importuna por momentos, dado que el centro de la trama es amargo.

Tiene a dos Thors en escena, uno que ya conocemos, otro que nos recordará la fragilidad humana. Incluso así escapa de la conservadora “bro-grafía” a la que nos acostumbramos con Thor (él y Loki –su hermano inestable y problemático–, Thor y sus amigos de chamba –Los Vengadores– o de lucha durante siglos –Los Tres Asgardianos–). Se aborda de un modo diferente la soledad, la pérdida y la reconstrucción de la vida íntima a como estamos habituados en estas películas —y al personaje.

No es una conclusión del viaje del héroe. La historia es de crecimiento, madurez y reencuentro con un propósito en la vida que es más grande incluso que salvar al orbe. No tiene nada que ver con otras historias del MCU en ese sentido, aunque lo intentaron fallidamente en Iron Man 3 (79%). Se vincula más con películas como Up, Una Aventura de Altura (98%), Un Amor Para Recordar (27%), Nace una estrella (100%), Beaches (1988), La tierra de sombras (1993) o C'mon C'mon Siempre Adelante (97%), Seinfield o How I Met Your Mother (100%) que con cualquier serie o filme de la franquicia.

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Esta aventura no concluye con victorias. Taika sabe que Thor está enfermo por la derrota. Lo vemos, de inicio, recuperado física y emocionalmente por un exceso de triunfos que obnubilan su juicio sobre aquello que realmente importa. El propio Star Lord parece tener mayor claridad al respecto. La conclusión que uno esperaría, entonces, es que Thor se redima por medio de una gloria proverbial. Pues nanáis. El héroe logra salir avante en medio de OTRO fracaso descomunal y peligroso. Uno de esos que se asumen como una felicidad después de la aflicción de la pérdida.

Ahora lo que más destacaría de la película.

La composición audiovisual y fílmica es orfebrería pura para el cinéfilo. Desde Thor: Ragnarok (92%) apreciamos que lo más importante para Taika en este subgénero cinematográfico es la plasticidad. Tiene un amor por el cine en tanto forma de pintar movimiento con herramientas digitales y de producción. Y un filme basado en cómics lo tornó en un espacio gozoso para fotogramas y cuadros que recuerdan a las viñetas de Christian Ward y Pepe Larraz, pero con los colores originales de Jack Kirby .

En términos de continuidad, posee al menos el doble de maromas humorísticas; despliegue de fulgor figurativo y esmero por las texturas; detalle barroco en la composición gráfica; producción y edición de color finísimo y el triple de escenas de acción que Thor: Ragnarok (92%) con efectos que apuestan por la belleza y el juego con los colores vivos. Los efectos están padrísimos en muchas películas de Marvel, pero Taika los usa con una gracia espléndida, cargada de vivacidad que invoca una pátina impresionista.

Algunos detalles destacables: el Mjolnir con kintsugi mágico. Las armaduras de los dos Thors. La arquitectura de Ciudad Omnipotencia supera las expectativas de cualquier fan. El combate en blanco y negro es fascinante.

Los escenarios, vestuarios, paisajes, piezas escultóricas y fotogramas apelan a una propuesta estética cargada de dramatismo y exuberancia visual, dejando de lado la credibilidad a favor de la belleza, los matices y el movimiento de la fluorescencia, con muchos contrastes derivados de una interpretación, ahora mucho más clara, del arcoíris del Bifrost versus las sombras, la melancolía y las formas monstruosas que provienen de las pesadillas nocturnas.

Las actuaciones de Christian Bale, Natalie Portman y Russell Crowe se llevan las palmas y, probablemente, ningún premio de la academia. Los dos primeros entran a escena para imprimirle tormento y desconsuelo a la historia.

Gorr, presentado en un magnífico prólogo, es un ser con el que fraternizamos: un hombre en busca de destruir a los ídolos y dioses que le han fallado, que se han olvidado de los mortales. Gorr tiene una razón identificable para su furia. Carga el máximo pesar de un hombre al estilo de Job. A diferencia de aquel, Gorr sí toma las armas contra sus dioses. Te rompe el corazón, lo odias, lo comprendes y te infunde una desazón agria. La actuación fue mucho más importante que su caracterización como lo atestigua la gestualidad y la mirada del actor.

Jane Foster, tan empeñada en la ciencia y los hallazgos, enfrenta la fatalidad con un humor rancio e incómodo. La Poderosa Thor es de las cosas más adorables que Portman haya hecho, probando con qué agilidad puede pasar de un personaje triste y moribundo a uno jovial, lleno de ilusiones y amor casi adolescente. Ya no es sólo la científica dispuesta a salvar el mundo. Ahora viste la armadura de su ex, tiene nuevos sueños y lucha por la justicia, pasando de la pasión por el conocimiento a la vida heroica que sólo conocía por mitos y leyendas. Todo gracias al hechizo de amor que Thor infunde a Mjolnir para que la proteja.

El dios farolero de Russell Crowe, Zeus, obtiene también una escena que imprime comedia al más puro estilo de Aristófanes. Preside una reunión pomposa y visualmente impecable, llena de brillos, centellas y detalles hermosos, donde él es el principal protagonista y se da vítores de un campeón. Frase memorable: “¡Estás así de cerca de no ser invitado a la orgía!” Eso y el gesto del faldón cuando desciende la escalinata, tan de sátira grecolatina y teatralidad a la Monthy Python, dan suficientes elementos para apreciar al dios del relámpago —quien, además, se torna crucial para el futuro del dios del trueno en las próximas entregas.

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Otros elementos actorales también destacan sobremanera. Portman y Chris Hemsworth le dan a la película un peso emocional tierno, adorable. Los dos actores rebosan química. El dominio de Tessa Thompson en su personaje y el carisma de los niños asgardianos roban por momentos la atención y una sonrisa cómplice a la audiencia.

La composición narrativa experimenta con la comedia romántica, la tragedia y un final feliz. Si aquí hubiera semejanza nuevamente con la tragicomedia, tal vez sería con la francesa. La admisión del absurdo como cotidianeidad (un pueblo de personajes mitológicos transformado en destino turístico, dioses que caminan entre los hombres, dramas amorosos entre mortales y seres mitológicos, vikingos espaciales, un anuncio de Old Spice con el Rey Valquiria, etcétera) facilita que los personajes se vean naturales en sus interacciones, sin importar su naturaleza, lo cual lo emparenta con Samuel Beckett.

Taika Waititi declaró que él buscó exactamente esto: mezclar comedia romántica con superhéroes. El experimento, formalmente, trae como consecuencia una película que no pertenece a la tradición del MCU, sólo lo toma como excusa para contar esta historia, abonar en la cronología y presentar a personajes que darán lo suyo más adelante, lo cual ya es una delicia para el que busca algo más que entretenimiento. Es una historia que sí hemos visto muchas veces, que nos ha dolido, que hemos disfrutado a carcajadas en un formato ajeno al de estos personajes y donde no hay superhéroes, tal vez sí juliasroberts, hughgrants, sandrasbullocks, tomcruises y otros seres no mitológicos igualmente espantables.

En Thor: Amor y Trueno (76%) su leitmotiv narrativo está fuera de sintonía con las expectativas porque dista de los modelos previos que conocemos en este subgénero heroico. (Imagínense lo que podría hacer con Star Wars.) No es tragicomedia, aunque retoma las premisas de sketches y entremeses de acción que empleó en Thor: Ragnarok, esta vez con un enfoque más mesurado. Es decir, no repite el modelo.

No hay superación personal. No hay recuperación de lo perdido. No hay redención, tampoco un final “épico”, sólo un final digno de respeto. Es una historia conocida, pero en un lugar inusitado. Un ready made, por decirlo de algún modo.

La calamidad cantada desde el inicio se cumple. Lo inminente te roba una lagrimita y te deja triste cuando tiene que hacerlo. La vida mantiene su curso cruel. Taika ingresa a la intimidad de estos dioses y plantea preguntas diferentes que bien podrían haberse intuido, pero no se abundó en ellas: ¿se puede ser algo más que un superhéroe?; ¿se puede alcanzar la felicidad siendo superhéroe?; ¿cuál es mi propósito en la vida más allá de salvar al universo?; ¿qué hay antes y después de las batallas por lo cual valga la pena luchar? Y nos responde, sí, con amor, relámpagos y truenos.

La relación entre los infantes y los superhéroes se vindica. Sorprende que la inocencia pueril sólo haya sido un elemento contiguo, apenas sí colindante o meramente ornamental, en las historias de Marvel y DC, las mayores casas editoriales de este género dedicado a la fantasía, ciencia ficción y cuentos de hadas que han leído diez generaciones desde el siglo XX. De pronto pareciera que todos los directores y guionistas olvidaron que quienes más entronan a los héroes, se emocionan con sus aventuras, los toman como referencias y aprenden de los grandes infortunios de la existencia con historias jocosas y coloridas, son los niños. Por ellos es que vale la pena escribir muchas de estas historias.

Si Ms. Marvel (100%) es la apuesta por la adolescencia, Thor: Amor y Trueno (76%) devuelve la mirada a la niñez. Este gesto, por alguna razón, sabemos que no agrada a los fanboys ni a los críticos ortodoxos y posiblemente le cueste mucho en juicios severos y detrimento crítico. Ahí tenemos el caso de Star Wars: Los Últimos Jedi (91%) de Rian Johnson, que ha sido juzgado con tremenda acritud por no cumplir con un canon como si de una religión se tratase. Y justo su acierto es tornar la mirada a la intención original de George Lucas (sin arremedarlo): son películas que le hablan a los menores de edad.

Thor: Amor y Trueno entabla una relación directa con los pequeños a través de los chiquillos asgardianos. Taika les cumple dos deseos: participar de la aventura con su héroe y contar con poderes para enfrentar a las pesadillas que los acechan en las sombras. Thor se manifiesta, así, como una persona preparada para asumir que sólo es un catalizador del futuro. Sin duda, uno de los momentos más conmovedores y cruciales de la película.

Ahora les digo un poco en lo que falla —y lo que insuflará el ardor de muchos críticos con monóculo.

El humor blanco de Taika raya en la tontada. Es adorable un rato con sus chistoretes y referencias al cine de acción, pero aquí el contraste que genera con las desventuras que se ciernen sobre personajes entrañables estorba en más de una ocasión. En Thor: Ragnarok también se volvía un poco difícil de digerir para los espectadores “serios” o en busca de profundidad. A pesar de ello, el exceso satírico era formalmente inherente a la composición tragicómica y eso lo justificaba, algo que aquí no pasa.

No estoy seguro, honestamente, de a qué género le podría adjudicar Thor: Amor y Trueno (76%). De ahí que llegue un momento en que las bromas no causen el mismo efecto (pues tornan demasiado bufonesco el ambiente de la película). No es un defecto la jocosidad o el anticlímax en sí, sino su abuso o el efecto “domingo siete” en la cantaleta. Las cabras gritonas son divertidas. Korg sobra muchas veces. Muchísimas. Sobre todo sus comentarios adyacentes.

Es cursi en momentos cruciales. Esos instantes tan duros, tan inclementes, ya son de suyo un golpe de frente al corazón del espectador. Evitar que los diálogos caigan en el lugar común incómodo de manual es complicado, todo un arte. Más cuando tienes un producto comercial tan presto a la lupa de productores y mercadólogos. Taika, al parecer, no puede evitar caer en ese tópico desvencijado de las frases prefabricadas y simplonas por manidas. Sale mal en cuatro ocasiones importantes para la narrativa y pierde la oportunidad de brillar cuando la película más necesita un drama romántico al estilo de Historia de amor (1970).

NOTAS:

Destacar que la inclusión forma parte de la película es un error innecesario. Porque no debería ser algo digno de aplauso, sino algo natural y común en las narrativas contemporáneas, ya sea en asuntos raciales, de género o sexualidad. Ya no estamos en esas décadas. Sería destacable aporrearlo si hubiese caído en ignorar este fenómeno de nuestros tiempos. Taika es hábil y experimentado como narrador, así que eso no le cuesta trabajo. Lo que merece mención es cómo lo cuenta.

En mi opinión, los traspiés de los que hablé al principio se deben, sobre todo, a la apuesta narrativa, que se ofrece complicada por todas las “reglas” internas del MCU y el fanservice al que está acostumbrado el público, que, por decir lo menos, suele tratar al espectador como tonto y fanático as hell. La película es digna de una antología de Marvel y le da al dios del trueno no un cierre, sino un futuro diferente al que tuvieron sus amigos Vengadores.

Desconozco, a mi parecer, si la película es buena o mala. Merecerá, eso sí, un segundo vistazo. Verla de nuevo. Con palomitas y sin prensa disfrazada de los personajes —porque claro, creen que uno va a verlos a ellos, no a la película. Sin gritos de emoción con el fanservice ni comentarios “ingeniosos” a mitad de la función. Mi recomendación es que vayan a verla. No tiene desperdicio.

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