¿Por qué los problemas de salud mental afloran en la adolescencia? Los padres tienen mucho qué ver

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Depresión, ansiedad, consumo de tabaco, alcohol y otras drogas ilegales, conductas sexuales de riesgo, intentos de suicidios o suicidios consumados, autolesiones, las llamadas crisis o brotes psicóticos, los trastornos alimenticios (anorexia, bulimia, atracones). ¿Por qué eclosionan como palomitas de maíz en microondas -por decirlo amablemente- durante la etapa de la adolescencia, cebándose especialmente en jóvenes entre 14 a 19 años?

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, los trastornos mentales representan el 16% de la carga mundial de enfermedades y lesiones en las personas de edades comprendidas entre 10 y 19 años. La depresión es una de las principales causas de enfermedad y discapacidad en los adolescentes de todo el mundo. El suicidio es la tercera causa de muerte en jóvenes entre 15 y 19 años.

Los cambios del cerebro adolescente ¿oportunidad o riesgo?

Que la adolescencia sea una etapa crítica se debe en gran parte a los cambios complejos de la transición desde la infancia hacia la adultez, como es el caso de la transformación del cerebro hasta alcanzar funciones y estructuras propias del cerebro adulto, la eclosión hormonal, entre otros aspectos físicos y psicológicos, pero sobre todo de la influencia del micro y el macro entorno en el que han estado inscritos, primero durante la infancia, y luego en la adolescencia misma.

(Getty Creative)
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El cerebro durante la adolescencia atraviesa una fase crítica de desarrollo que se completa alrededor de los 25 años. Se trata de un período de súper especialización que representa una gran versatilidad y una creciente instauración de redes neuronales. 

Los circuitos que gestionan las respuestas emocionales y los que gestionan las funciones racionales se están interconectando a gran velocidad. Al principio estas interconexiones estarán débiles y cambiantes mientras se van consolidando en la medida en que el adolescente los va utilizando en el proceso de maduración. En dicho trayecto ocurre lo que los neurocientíficos denominan la poda sináptica, que es la eliminación de aquellas conexiones que ya no serán útiles. Esta condición evolutiva constituye una gran oportunidad para fortalecer el sano desarrollo de la salud mental y física del adolescente, pero al mismo tiempo podría comportar un factor de vulnerabilidad psicopatológica. Dependerá en gran medida de la influencia del entorno familiar, escolar, social, económico que se de uno u otro resultado.

Se sabe que el estrés tóxico, por ejemplo, juega un papel contraproducente para el desarrollo cerebral sobre todo en etapas críticas, como la primera infancia (0 a 7) y la adolescencia y juventud temprana (14 a 25). También se sabe que en el contexto COVID-19, los niños y adolescentes aunque no son los principales afectados por la enfermedad provocada por el virus, son el sector de la población más afectada por el estrés asociado a las medidas globales frente a la pandemia.

Los problemas de salud mental en la adolescencia no aparecen de la noche a la mañana

La salud mental del adolescente se gesta a lo largo de su recorrido vital. Aunque los adultos en conjunto no logren registrar la conexión, una parte importante de las condiciones que favorecen la aparición de los problemas de salud mental en la adolescencia se explica a la luz de lo que se ha ido produciendo durante la crianza en la infancia y termina haciéndose visible cuando el niño o niña alcanza tamaño, fuerza e ímpetu para que se haga socialmente visible. 

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Los modelos autoritarios de crianza, la distancia afectiva, las experiencias habituales de abuso, desamparo, desconexión emocional, de sobre exigencias, de imposición sistemática, de quiebre de la voluntad y de las pulsiones vitales durante la infancia, la escuela obsoleta, aburrida, represiva que predomina en nuestro sistema educativo, la exclusión por razones de diversidad neurológica, sexual, étnica, económica, el consumismo, la violencia presente en nuestras sociedades…, van co-construyendo el resultado que se resume en las dramáticas cifras de salud mental adolescente publicadas por la OMS.

La patologización y medicalización en la infancia y la adolescencia

Si me preguntan qué es lo que más me preocupa de esta humanidad, les diría que la pedestre y generalizada ignorancia sobre lo que es un niño o adolescente y sus reales necesidades. Más inquietante me parece cuando los denominados profesionales especializados así como los responsables de decidir las políticas públicas son los portadores de tal inaudita falencia en cultura de infancia y adolescencia. 

En general los adultos sabemos poco sobre las reales necesidades de niños y adolescentes lo cual nos conduce a generar de forma crónica una ristra de interferencias en el desarrollo de la salud mental de las criaturas. 

Muchas conductas que son propias de la edad las convertimos en un problema, y los progenitores terminan peregrinando por las consultas de especialistas donde los niños acaban con diagnósticos bastante cuestionables de trastornos varios e incluso medicalizados con drogas farmacéuticas. Luego presentan cuadros de depresión, ansiedad, adicciones o brotes psicóticos en la adolescencia y no encontramos la relación con lo que se le hizo pocos días, meses o años antes cuando el adolescente era un niño.

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Casi a diario me escriben progenitores impacientes pidiendo que les recomiende algún psicólogo o terapeuta infantil porque ya no saben qué hacer para que su pequeño o pequeña obedezca sin rechistar, para que haga la tarea, para que duerma en solitario toda la noche sin molestar, para que coma, para que deje de pedir las cosas llorando, para que detenga las rabietas, para que respete... Siempre les contesto que somos los adultos los que necesitamos ayuda para redimensionar nuestras expectativas con los niños, para comprender apropiadamente sus necesidades o lo que subyace tras su comportamiento. 

Somos los adultos quienes necesitamos derribar mitos, cambiar nuestra percepción sobre el niño, la niña y adolescente sobre el modo en que creemos que debemos aproximarnos hacia ellos (generalmente unidireccional, distante, autoritario, desde arriba). Somos los adultos los que tenemos que mirar fehacientemente con qué recursos emocionales contamos para sentir a nuestros hijos, para mantenernos disponibles o no, para comprender porqué nos resulta tan difícil validar y responder a sus necesidades, empatizar con ellos. 

Somos nosotros los que tenemos que emprender la tarea de abandonar patrones insanos, reeducándonos, elaborando heridas arrastradas desde nuestros propios desamparos infantiles. En resumen, hacer un trabajo de formación y de autoindagación transformadora para mejorar nuestras competencias parentales, ensanchar nuestras fronteras emocionales, superar creencias limitantes, opiniones cuestionables sostenidas a lo largo de generaciones y dar cabida a una consciencia más amplia.

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Es así como, por añadidura, en la mayoría de los casos los niños y adolescentes mejoran. Ellos son nuestro más directo y descarnado espejo con lo cual siempre cabe preguntarse cuánto de lo que vemos, percibimos, juzgamos sobre nuestros hijos corresponde a ellos y cuánto a nosotros.

En general somos los adultos y no el niño o adolescente quien necesita buscar la ayuda psicológica o terapéutica porque la mayoría de las veces, la conducta de los niños y adolescentes comporta un síntoma de la problemática no resuelta de los adultos a su cargo, o una consecuencia de la sociedad enferma en la que están inmersos. Entonces mejorando el adulto, por añadidura, el niño mejora.

Decía el pedagogo Alexander Neill, que no hay niño problema, sino padres problema y una sociedad problema.

Prevenir es mucho más eficiente que reparar los daños

Los cimientos de la salud mental del ser humano se establecen durante los siete primeros años de vida. Como una acera de cemento fresco es en este período donde todo lo que pasa queda grabado y luego seca. 

Las bases de la salud mental y física se consolidan y sobre ellas se irán construyendo el resto de los pisos del edificio (infancia intermedia, adolescencia, adultez) Si dichas bases no son sólidas el resto de los pisos se tambalean. 

En este sentido toda la energía, tiempo y dinero puestos al servicio de proteger y apoyar una crianza de calidad, es decir, una crianza y educación que responda a las reales necesidades de los niños, es inversión segura en prevención de enfermedades mentales, violencia y una enorme cantidad de importantes problemas sociales.

Este artículo es parte de una serie de Yahoo sobre Salud Mental que se propone a ayudar a quienes hoy viven en las sombras a transitar el camino hacia la recuperación

Si tú o alguien que conoces está considerando quitarse la vida, contacta inmediatamente con tu Línea Nacional de Prevención al Suicidio:

México: (55) 5259-8121, o visita http://www.saptel.org.mx/

EEUU: 1-800-273-TALK (8255), o visita suicidepreventionlifeline.org

Argentina: 135 (línea gratuita) (011)5275-1135 o visita https://www.casbuenosaires.org.ar/

España: 911 385 385 o visita https://www.telefonocontraelsuicidio.org/ También 717 003 717 o visita https://telefonodelaesperanza.org/

Colombia: Bogotá 106, Cali 106, Medellín 125, Cundinamarca 123, Cartagena 125, Boyacá 106

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